sábado, 21 de febrero de 2015

El fenómeno de la vida



En el año 1 de nuestra era, Roma dominaba prácticamente medio mundo, bajo el mandato del Emperador Augusto. En Roma los ladrones y criminales eran enviados a luchar al circo romano para distraer gratuitamente a la gente y muchos eran destrozados por las fieras. Los gladiadores luchaban con el rostro cubierto con el fin de no reconocerse entre ellos mismos, a veces compañeros o familiares. Y años más tarde los cristianos fueron conducidos a la misma situación para poder distraer al pueblo romano.

Mientras tanto y dentro del ambiente “oficial” que tenía el favor de Augusto, el reinado más largo de la historia romana, aquellos que se enamoraban de “mujeres” eran mal vistos. Los historiadores cuentan que en cierta ocasión un Senador por abrazar a su esposa en público fue destituido de su cargo.

Aquellas niñas o niños que nacían enfermos, eran arrojados al vertedero. Eso sí, antes debían consultar hasta cinco veces a sus vecinos, para que esta decisión tuviese su conformidad. También del vertedero eran retiradas esas criaturas por matrimonios que no podían tener hijos.
Y los jóvenes estaban obligados a vengar hasta la muerte cualquier humillación que los padres hubiesen recibido.

En comparación con el año 1 hemos avanzado, sin embargo, la vida sigue siendo esa gran incógnita. Desde que tenemos conocimiento del paso del hombre por la vida, pensadores, científicos, fisiólogos y filósofos de todas las épocas opinaron e indagaron sobre sus orígenes en nuestro planeta, sin lograr mayores respuestas, por la carencia de elementos probatorios. Y como consecuencia de ello, sondas tecnológicas surcan el espacio sideral buscando similares a la Tierra, en nuestro sistema solar, que aporten datos que permitan afirmar, científicamente, cuándo y dónde  tuvo origen la vida en la Tierra.
¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué hacemos aquí en la Tierra?

El conocimiento de la prehistoria se resiente por la falta de documentación, no sólo por lo remoto, sino también por las destrucciones hechas de lo poco que, atravesando los siglos, llegó a las generaciones posteriores. La Biblioteca de Alejandría, por ejemplo, que reunió más de 700.000 volúmenes sobre el pasado de la civilización, fue arrasada, en parte por los romanos de Cesar en el año 45 a.C y por los musulmanes en el 641 d.C. Hubo destrucción en China en el año 240 a.C.; en Roma en el siglo II, en Méjico, Perú y España en el siglo XVI; en Irlanda y Egipto en el siglo XIII.
Por ello, son de lo más diversos los conceptos que existen en torno al fenómeno de la vida, variando de un autor a otro. Los diferentes investigadores discrepan entre sí, en la definición, considerando los factores causales de la vida, cuando son examinados bajo el severo rigor científico. Solo que, raramente, es precisa o definitiva la explicación presentada.

Aristóteles fue de los primeros pensadores que elaboraron una definición de la vida. En los tiempos modernos, Claude Bernard, el eminente fisiólogo francés, manifestó que era imposible poder definir la vida, por ser imponderable, abstracta. Ocurre que los estudiosos en general examinan la materia orgánica (viva) y la inorgánica (inerte), así que la pluralidad de los hechos recogidos y de los fenómenos observados por la Etnografía han sido muy difíciles de clasificar. De allí nació la Antropología, con el mismo objeto que la anterior, pero desde un punto de vista distinto, con la misión de que se apoya, principalmente, en la Anatomía, la Biología, la Filología, la Geografía, la Paleontología y la Arqueología, tomando como base el conocimiento obtenido de las exploraciones realizadas de los grupos humanos que viven en la superficie de la Tierra y lograr una acertada clasificación.

Plinio con su “Historia Natural”, los anatomistas Leucipo y Demócrito, Linneo en “Sistemas de la Naturaleza”, Camper, Pichard publicando “Historia Natural del hombre” y otros más, nos fueron capaces de solucionar la problemática de la vida, pues dos teorías fueron presentadas con ese objeto: el Creacionismo y la Abiogénesis o Generación Espontánea. La primera, el Creacionismo, estribaba en conceptos filosóficos y religiosos, en un Dios Creador, que todo lo elaboró en forma definitiva organizada. La segunda, la Abiogénesis, sería una consecuencia de un mecanismo de que se valió el Creador para el surgimiento de las formas vivas y en cierto modo, complementando lo anterior.

Algunos científicos, Pasteur entre ellos, demostraron que no era variable la segunda, cuando probaron, mediante experiencias en las cuales se imposibilitó la presencia del aire y del polvo cargados de bacterias y gérmenes, que la vida no se originaba en tales organismos. El Creacionismo sufrió rudos embates por cuenta del materialismo, que ridiculizada la teoría de una vida de biotipos concluidos, definidos, estructurados en patrones exactos.

En 1807 Juan Bautista Lamarck al publicar su “Filosofía Zoológica”, dando lugar al Transformismo, expone en cierto modo, la teoría de la Evolución o Evolucionismo, y  aun cuando aclaraba las modificaciones de los seres vivos,  no consiguió establecer el origen de la vida, resaltando que  “somos espíritus en evolución, viviendo actualmente una experiencia carnal. Pero somos ante todo espíritus creados para nuestro progreso”.

En 1859 Broca, considerado uno de los “jefes” de la Antropología moderna, fundó en París la Sociedad de Antropología y en ese mismo año Darwin publica “El origen de las especies” después de 25 años de preparación, obra ésta que abrió una gran expectativa en el conocimiento científico, por cuanto la teoría de la Evolución o Evolucionismo estaba ya encaminada hacia el esclarecimiento de muchos puntos oscuros que existían sobre los orígenes del hombre sobre el planeta que le sirva de cuna y escuela.

Entre Lamarck y su obra ya citada - ya que era el fundador de las teorías de la generación espontánea y del transformismo-  y Darwin, con su concepto del evolucionismo, surge en 1857 el pensamiento de Kardec, como intérprete del conocimiento de los Espíritus, para informar que en el proceso de la Evolución Anímica o Espiritual, se encuentra encerrada la clave del misterio de la vida.

Juan Miguel Fernández Muñoz
Asociación de Estudios Espíritas de Madrid

Desigualdad de riquezas


Si nos paramos a pensar en la situación económica mundial en la actualidad seguramente nos parecerá que los ricos se hacen más ricos, y los pobres se hacen más pobres… mientras la clase media tiende a desaparecer.

¿Alguna vez os habéis preguntado por qué ocurre esto? ¿Será culpa de los gobiernos? Si enfocamos la cuestión desde el punto de vista material, puede que lo sea, pero si ampliamos nuestro campo de visión y lo miramos bajo un prisma más espiritual, nos daremos cuenta de que toda causa tiene su efecto y de que todo tiene su razón de ser.

Si no olvidamos aquello de que "Dios escribe derecho con renglones torcidos" caeremos en la cuenta de que todo forma parte del plan divino. De este modo "El Evangelio según el Espiritismo" viene a enseñarnos el porqué de esto que a nuestro corto entender y a primera vista puede parecer un sin sentido.

Todas las piezas del puzzle vuelven a encajar cuando comprendemos la información que nos brinda. Cuando entendemos que la riqueza es un instrumento usado por Dios para inducir a la humanidad al progreso y que la desigualdad de su distribución proviene de la propia desigualdad de caracteres de los hombres y de las necesidades de estos en relación a su posesión.

La desigualdad de riquezas es uno de los problemas que en vano se quieren resolver, si sólo se atiende a la vida actual. La primera cuestión que se presenta, es esta:

¿Por qué todos los hombres no son igualmente ricos?

No lo son por una razón muy sencilla: "porque no son igualmente inteligentes, activos y laboriosos para adquirir, ni sobrios y previsores para conservar".

Además, está matemáticamente demostrado que la fortuna igualmente repartida, daría a cada uno parte mínima e insuficiente; que suponiendo hecha esta repartición, el equilibrio se rompería en poco tiempo por la diversidad de caracteres y de aptitudes; y que suponiéndola posible y duradera, teniendo cada uno apenas lo necesario para vivir, daría por resultado el agotamiento de todos los grandes trabajos que concurren al progreso y al bienestar de la Humanidad. Supongamos que se diese a cada uno lo necesario, entonces no habría ya el aguijón que empuja a los grandes descubrimientos y a las empresas útiles.

Admitido esto, os preguntareis por qué Dios se la ha concedido a personas incapaces de hacerla fructificar para el bien de todos. Esta es también una prueba de la sabiduría y de la bondad de Dios. Dando al hombre el libre albedrío, ha querido que llegase por su propia experiencia a diferenciar el bien del mal y que la práctica del bien fuese el resultado de sus esfuerzos y de su propia voluntad.
No debe ser conducido fatalmente ni al bien ni al mal, pues sin esto sólo sería un instrumento pasivo e irresponsable, como los animales. La fortuna es un medio para probarle moralmente; pero como al mismo tiempo es un poderoso medio de acción para el progreso, no quiere que quede por mucho tiempo improductiva, y por esto "la cambia incesantemente".

Cada uno debe poseerla para aprender a servirse de ella y probar el uso que de la misma saber hacer; pero como existe la imposibilidad material de que todos la tengan a un mismo tiempo, y como por otra parte, si todos la poseyesen, nadie trabajaría y el mejoramiento del globo sufriría las consecuencias, "cada uno" la posee en su momento, el que hoy no la tiene, la tuvo ya o la tendrá en otra existencia.

Hay ricos y pobres, porque siendo Dios justo, cada uno debe trabajar cuando le toca su turno; la pobreza es para los unos la prueba de la paciencia y de la resignación, y la riqueza es para los otros la prueba de la caridad y de la abnegación.

Nos lamentamos con razón al ver el miserable uso que ciertas gentes hacen de la fortuna, las innobles pasiones que provoca la codicia, y preguntamos:

¿Dios es justo dando la riqueza a semejantes gentes?

Cierto es que si el hombre sólo tuviera una existencia, nada justificaría semejante repartición de los bienes de la Tierra; pero si en lugar de limitar su vista a la vida presente, se considera el conjunto de las existencias, se verá que todo se equilibra con justicia.

El pobre, pues, no tiene motivo de acusar a la Providencia, ni de envidiar a los ricos; y los ricos tampoco lo tienen para glorificarse por lo que poseen.

¿Porqué Dios concede riqueza a quienes no la ponen al servicio del bien?

Dios da a estos oportunidades de, utilizando su libre albedrio, contribuir al progreso de la Humanidad y evolucionar espiritualmente.

El origen del mal está en el egoísmo y en el orgullo; los abusos de toda la naturaleza cesarán por sí mismos cuando los hombres se sometan a la ley de la caridad.

¿Cómo podemos contribuir para que sea menos injusta la sociedad en que vivimos?

Si nos fue dado poseer bienes, debemos utilizarlos en beneficio del prójimo. Generando oportunidades de beneficiarlo con el trabajo digno y recordando siempre que lo superfluo no nos pertenece.

Si nos encontramos privados de riquezas cuidemos de almacenar tesoros de paciencia y resignación. Buscando en el trabajo y en la oración la superación de nuestras dificultades, sin dejar de luchar con ánimo firme por las mejorías y progresos en nuestras vidas.

¿Cuándo conocerá la humanidad una distribución más justa de las riquezas?

Solamente cuando los hombres se regeneren por la caridad, eliminando de sus corazones el egoísmo y el orgullo, habrá mayor equilibrio en la distribución de las riquezas, desapareciendo de la Tierra los extremos de la riqueza excesiva y de la miseria absoluta.

Ahora que ya sabemos el motivo de las desigualdades, nos toca poner de nuestra parte aquello que nos corresponde, según nuestra posición social, ya que nadie hay tan pobre que no pueda dar nada a su prójimo, si no es en el plano puramente material, será en el intelectual o el moral. Todos somos hermanos y juntos hemos de caminar hacia un futuro más solidario y más justo en el que las diferencias se hagan cada vez más pequeñas.


Cielo Gallego
C.E. "Entre el Cielo y la Tierra"
Extraído de "El Evangelio según el Espiritismo" de Allan Kardec

Editorial número 31

¡Estamos de vuelta!

Una vez más, como en las anteriores ediciones, renace nuestro “Ángel” para seguir con la labor para la cual nació, que no es otra que la divulgación de la doctrina espírita.

En el pasado queda el 2014, con sus penas y alegrías, habiéndonos transportado hasta este nuevo día donde la esperanza debe volver a brillar en nuestros corazones, tan sólo por seguir en pie, por poder respirar o bien porque al mirar a nuestro alrededor encontramos a todas esas personas que nos quieren y están a nuestro lado día tras día.

Hijos, padres, hermanos, amigos y enemigos encuentran en esta época un punto de reconciliación para volver a caminar juntos, dejando atrás los rencores, producidos por el orgullo de querer sobresalir siempre o querer agradar a todo el mundo, cuestión muy complicada y peligrosa. 

A nadie le gusta pasar por malos momentos, los disgustos no son para nada agradables, la ingratitud de las personas que en algún momento quisimos o apreciamos y que hoy nos traicionan, sólo deben ser herramientas que nos impulsen a reflexionar y a crecer. Debemos estar por encimar de las mentes maliciosas que buscan su felicidad a costa de la infelicidad que crean en los demás. Las enfermedades, los problemas, los contratiempos y reveses de la vida, son otras tantas oportunidades para reforzar nuestro trabajo en el bien, que implica nuestra reforma interior si queremos hacer lo correcto.

Los espíritas somos muy afortunados en cuanto a estos asuntos. Con esto no queremos decir que no suframos, que no pasemos malos momentos, enfermedades, crisis, etc. Los espíritas estamos hechos de la misma pasta que el resto de los habitantes de la Tierra,  pero nuestra filosofía, que se basa en la razón y la observación de los hechos, nos enseña a ver la vida desde un punto más alto. Nos ayuda a sustraernos de los problemas y analizarlos con su importancia real.

Al estudiar espiritismo y ponerlo en práctica en la vida diaria, vemos como poco a poco vamos entendiendo la finalidad de nacer, vivir y desencarnar en este planeta. La Tierra no es más que una escuela, lugar necesario para los aprendices de la vida, donde reparamos errores de vidas pasadas, reencontramos a personas muy queridas, conocemos otras nuevas, volvemos a cruzarnos con enemigos del pasado, etc. Aquí ponemos orden a miles de años de instinto de superviviencia, saqueos, destrucción e invasión cometidos por la forma de vida que hemos tenido y que podemos ver en la historia del planeta. También construimos, crecemos y aprendemos. Colaboramos con el progreso y con el desarrollo de la conciencia empezamos a Amar a nuestros seres más cercanos y poco a poco lo vamos haciendo extensible a aquellos que según la sangre no son familia, pero como nada es por casualidad, sino por causalidad y como existe la gran ley de acción y reacción, debemos en algún momento recoger los beneficios de nuestro amor y los réditos de nuestro mal comportamiento y proceder, de ahí la base de los sufrimientos particulares. Pero no desesperemos, a partir de aquí vemos que todo es justo y útil en la Naturaleza y que dándonos una razón al porqué de las cosas y sabiendo que el camino final es el Amor, todos los problemas disminuyen, se desarrolla la resignación y aparece en nuestros corazones la semilla de la solidaridad hacia los demás.

El Espiritismo es la herramienta perfecta para llegar a la felicidad, porque su camino es a través de la razón, la comprensión y el Amor, imprescindibles y necesarios para alcanzar la perfección. Por ello, si estas páginas de nuestro Ángel del Bien, llegan a diversos hogares y un uno por ciento logran conocer nuestra doctrina e iluminar sus corazones, nuestra labor habrá alcanzado el éxito.
¡Gracias a todos, nuestros queridos lectores, por esparcir la luz del Espiritismo por el mundo!

La Redacción.