lunes, 21 de marzo de 2016

La Felicidad


Vivimos incesantemente en busca de la felicidad pero constantemente se nos escapa. A veces pensamos que la alcanzamos en determinados momentos pero estos nos duran muy poco. Su búsqueda es el impulso personal del individuo que desarrolla las sociedades en cada época de la historia, como consecuencia del instinto de progreso. La búsqueda de cubrir las necesidades es al instinto de conservación como la búsqueda de la felicidad es al instinto de progreso. El instinto de progreso no actúa con fuerza sin antes haber cubierto las necesidades del instinto de conservación, por ello, sin las necesidades primarias cubiertas, no podemos ser felices.

Una vez vislumbramos momentáneamente la felicidad, esta se nos escapa en seguida porque la felicidad absoluta no es de este mundo (1) y sin embargo, el hombre, "... en las vicisitudes que forman el cortejo inevitable de su vida, podría gozar, por lo menos, de una felicidad relativa ..." (2).
Comprendiendo que "la felicidad de los Espíritus es siempre proporcional a su grado de elevación" (3) o lo que es lo mismo: "...el estado de dolor, así como el de felicidad, son proporcionales al grado de depuración del Espíritu" (4), podemos concluir efectivamente que si bien la felicidad absoluta únicamente está al alcance de los espíritus puros que han alcanzado el más alto estado de elevación, el resto de espíritus, con grado variable de imperfecciones, disponen siempre de la felicidad relativa a su estado moral. Tenemos por tanto que centrarnos en alcanzar en cada momento la mayor dosis de felicidad relativa que tengamos accesible en nuestro estado de elevación, así como trabajar por aumentar nuestra moralidad de forma que aumentemos consecuentemente el rango de felicidad relativa accesible por nosotros.


Desarrollo moral aumenta la felicidad relativa

El estudio de "El Libro de los Espíritus" y "El Evangelio según el Espiritismo" nos dan la clave para alcanzar la felicidad mediante el desarrollo moral:

Nos indican donde no hay que buscar la felicidad: "...ni la fortuna, ni el poder, ni tan siquiera la florida juventud, son condiciones esenciales de la dicha" (1).

Nos hablan de instaurar la Paz en nuestras vidas puesto que la discordia es el origen de todos los males entre los hombres: "Todos los males de los humanos nacen de la discordia. En cambio, de la concordia resulta la felicidad completa." (5)

Nos permiten comprender que superando nuestras pruebas de la vida aumentamos nuestra percepción de la felicidad, haciéndonos más felices, puesto que esta, al ser relativa: "... la sentimos por comparación con un estado menos venturoso" (6). Cuando somos conscientes del camino realizado que dejamos atrás, una increíble sensación de satisfacción nos inunda debido al trabajo realizado.
Nos dan la fórmula de la felicidad, a través del cumplimiento de la Ley Natural: "La ley natural es la ley de Dios. Es la única verdadera para la felicidad del hombre. Le indica lo que debe hacer o no hacer, y sólo es desdichado porque de ella se aparta" (7).

Todo abuso de cualquier tipo nos aparta de la Ley Natural y consecuentemente implica una reparación dolorosa a través de la Ley de Causa y Efecto. Los pequeños abusos que escapan todavía al examen crítico de nuestra conciencia son origen de muchas infelicidades que nos asedian hoy en día. Los mayores abusos que realizamos hoy nos originarán grandes pesares mañana. La conciencia limpia se adquiere con amor, renuncia y compresión de las leyes naturales para un pensar, sentir, hablar y actuar lo más recto posible.

De esta forma, tomar conciencia y actuar a favor de los necesitados del mundo, de nuestro barrio, por la ecología o el sufrimiento en cualquier ser, por pequeño que sea, siempre va ir a favor de la Ley de Amor, Justicia y Caridad y por tanto nos reportará una satisfacción medible en términos de felicidad, gracias a conseguir una conciencia más limpia que conlleva una mayor paz y fe en el porvenir. Todo ello de acuerdo con las siguientes afirmaciones:

- "la persona sensible, como dices, es siempre feliz por el bien que realiza... La Naturaleza ha puesto en el hombre la necesidad de amar y ser amado" (8);
- "La suma de la felicidad futura está en razón de la suma del bien que se haya realizado" (9);
- "el amor y la justicia, que son la fuente del bien y de la felicidad" (10);
- "Sed buenos y caritativos, esta es la llave de los cielos que tenéis en vuestras manos, toda la felicidad eterna está encerrada en esta máxima (11).

De todas las leyes que nos impulsan hacia la felicidad, la mayor de todas es la Ley de Amor, Justicia y Caridad, puesto que "De esa ley derivan todas las otras, porque contiene todas las condiciones de la felicidad humana" (12). Además su aplicación es de utilidad esencial en nuestra vida puesto que "los efectos de la ley de amor son el mejoramiento moral de la raza humana y la felicidad durante la vida terrestre (13).

Dicha ley es la base de la doctrina que nos enseñó Jesús para ponernos en camino de la felicidad eterna, puesto que: "Toda la moral de Jesús se resume en la caridad y en la humildad, es decir, en las dos virtudes contrarias al egoísmo y al orgullo. En todas sus enseñanzas, manifiesta que estas virtudes son el camino de la eterna felicidad"(14).


Vivir felices (psicología del día a día)

Ninguno de nosotros partimos de cero en el aspecto moral. Todos tenemos pequeños avances que nos pueden permitir, en este momento, disfrutar de la felicidad relativa a la que tenemos acceso. Normalmente no somos conscientes de que podemos afrontar nuestra vida desde un lado más feliz que va a modificar sensiblemente nuestra experiencia para bien.
Considerando que somos responsables de nuestros infortunios, también somos responsables de nuestra dicha y por tanto somos libres merecedores de disfrutar de la felicidad relativa a la que tengamos acceso, puesto que del hombre “… depende suavizar sus males y ser tan dichoso cómo es posible en este mundo” (15).

Para ello debemos estudiar la ciencia de la felicidad. Técnicamente la felicidad es un estado emocional que supone satisfacción personal, sentimientos y emociones positivas.

La sensación de felicidad, al pertenecer al plano emocional, se ve directamente influenciada por nuestros pensamientos, puesto que el pensamiento dirige a las emociones. Dejamos de estar felices en el momento en que empezamos a pensar en algo negativo, debido a que inmediatamente nuestra mente reacciona con preocupación, tensión, ansiedad, etc., estados todos ellos emocionales incompatibles con la felicidad. Por todo ello, si queremos acceder a un estado de felicidad relativa, debemos controlar nuestros pensamientos y con ellos podamos crear el hábito de la felicidad. Cuida tus ideas, tus sentimientos, tu lenguaje y tus decisiones porque ellos te modelan día a día, de forma lenta pero profunda.

La felicidad es un hábito, como lo son el optimismo, el saber compartir, o bien, el pesimismo, la falta de fe o la mala educación. Dicho hábito establece el filtro a través del cual vemos la realidad que nos sucede diariamente, por lo cual únicamente veremos cosas que nos hagan felices a nuestro alrededor si poseemos el hábito de ser felices. De otra forma los momentos de felicidad que consigamos serán tan efímeros que sólo podremos vivirlos en determinados instantes segmentados.

La forma en que vemos la vida define nuestros pensamientos que a su vez determinan la forma en que vemos la vida. Es ahí donde tenemos que entrar con la conciencia y empezar a dirigir nuestro destino.

Una vez cubiertas nuestras necesidades básicas, la felicidad depende mínimamente de circunstancias externas y superficiales. La felicidad nace de dentro, de la autoestima, de la fe, de la ilusión, de la seguridad, de la paz, etc., y tiene que alimentarse día a día como el amor y la salud.

Estudios estadísticos realizados sobre la felicidad muestran que tan sólo el 10% de nuestra felicidad depende de las circunstancias externas. Se atribuye el 50% de nuestra felicidad a la predisposición genética, y el otro 40% a nuestra psique, en otras palabras, a nuestra forma de pensar o hábito de la felicidad.

Por el lado de la genética, hay que considerar que hoy en día no se puede separar de la epigenética (factores no genéticos que modifican la actividad de la genética), puesto que se demuestra que la propia experiencia del individuo marca el comportamiento de su material genético activando o desactivando determinados genes que marcarán su futuro. Se demuestra por este lado nuevamente que la forma en que vivimos nuestra experiencia, a través del filtro de nuestros hábitos, marcan por partida doble nuestro destino. Somos por tanto los máximos responsables de nuestra felicidad.
El ser humano está predispuesto naturalmente hacia el amor, la salud y la felicidad. La felicidad y la salud surgen naturalmente cuando carecemos de conflictos. Ante un conflicto el cuerpo se estresa y abandona el equilibrio momentáneamente en busca de optimizar las funciones e impulsos de supervivencia. Detiene incluso determinados procesos curativos para no gastar energías que supone necesarias. Ante un conflicto surgen las emociones básicas como la tristeza, miedo, preocupación, asco o ira, posponiendo la alegría y la felicidad para después de su resolución. Si vivimos con alguna de estas cuatro primeras emociones no podremos ser felices. Son necesarias puntualmente en nuestra vida pero sus conflictos necesitan ser solucionados para que vuelvan a surgir la alegría y la felicidad.
¿Cuántas veces nos hemos sorprendido cantando de alegría sin ningún motivo? ¿Cuántas veces mostramos felicidad en momentos donde no había razón lógica para ello? La razón es que no necesitamos un motivo o una razón lógica o externa para mostrar felicidad. La felicidad brota espontáneamente ante la ausencia de conflictos, es decir ante la paz y la armonía.

Pero la armonía para ser completa debe cubrir multitud de factores:
- Armonía corporal (buen funcionamiento, salud)
- Armonía afectiva (salud mental, paz, autoestima, felicidad)
- Armonía intelectual (equilibrio entre conocimiento, experiencia y sabiduría)
- Armonía personal (equilibrio, madurez, desarrollo...)
- Armonía familiar (Amor, convivencia, paz...)
- Armonía social (convivencia, justicia, paz...)
- Armonía moral (principios, valores, honestidad, responsabilidad...)
- Armonía espiritual (fe, transcendencia...)

Si nos damos cuenta, cada uno de estos aspectos requieren de actitud y trabajo por nuestra parte. No hay armonía gratuita salvo la del Universo que se escapa a nuestra comprensión y radio de acción. Incluso la armonía de la Tierra es interrumpida por el hombre debido al abuso y a la carencia de sostenibilidad.

¿Y qué ocurre si no tenemos ningún conflicto que nos haga infeliz? Muchas veces tenemos el hábito de buscar conflictos. Tenemos interiorizado que la felicidad viene de fuera y la mente, en respuesta, repasa minuciosamente aquellas cosas que cree que nos faltan para ser felices. Esto crea conflictos puesto que no siempre tenemos acceso a esas cosas. Viaja al pasado para recoger información y nos proyecta al futuro para darnos expectativas pero el caso es no detenerse en el presente, salvo para preocuparse. La preocupación es un estado incompatible con la armonía y por tanto con la felicidad. Debemos ocuparnos de los problemas pero no pre-ocuparnos cuando, en esos momentos, no es de ayuda.

José Ignacio Modamio
Centro Espírita "Entre el Cielo y la Tierra"

Referencias:
1.  "El Evangelio según el Espiritismo”, cap. V, ítem 20
2.  "El Evangelio según el Espiritismo”, cap. V, ítem 23
3.  “El Libro de los Espíritus“, preg. 967
4.  “El Libro de los Espíritus“, preg. 1004
5.  “El Libro de los Espíritus“, preg. 298
6.  “El Libro de los Espíritus“, preg. 394
7.  “El Libro de los Espíritus“, preg. 614
8.  “El Libro de los Espíritus“, preg. 938
9.  “El Libro de los Espíritus“, preg. 987 
10.“El Libro de los Espíritus“, preg. 1018
11."El Evangelio según el Espiritismo”, cap. XI ítem 12
12.“El Libro de los Espíritus“, Conclusión IV
13."El Evangelio según el Espiritismo”, cap. XI ítem 9
14."El Evangelio según el Espiritismo”, cap. XV ítem 3
15.“El Libro de los Espíritus“, preg. 920 

La humildad



La humildad es el carisma que nos hace comprender nuestra propia esencia. Nunca sabemos tanto sobre las cosas como nos pensamos, nunca dominamos tanto un tema para sentirnos ofendidos si nos corrigen con fundamento, nunca estamos en posesión absoluta de ninguna verdad, ni tenemos todos los matices de la sabiduría, ni hemos subido todos los escalones que todavía nos aguardan en la escala de Jacob, verdadera metáfora bíblica sobre el crecimiento espiritual a través de los diferentes planos de la existencia cósmica. ¡Qué pequeños somos! ¡A qué tanta irritación por nuestra parte! “Padre, ¡perdónalos porque no saben lo que se hacen!”, nos ha llegado como tradición tal consigna dicha por Jesús de Galilea, momentos antes de su muerte. Y es cierto, ¡qué equivocados que estamos y cuánta soberbia nos domina el corazón, nos impregna el alma y nos envilece el espíritu; el sentimiento!

Nos enseñan los espíritus constantemente que somos apenas ápices en esta andadura celestial, seres pobres de espíritu que todavía buscan alcanzar la verdadera libertad, la verdadera conciencia de su existencia. Pobre de nosotros, tan atados como estamos a las ligaduras que nos ciegan y nos impiden ver más allá de la materia.

“Sólo sé que no sé nada”, y no decía cualquier cosa el frontispicio del templo de Delfos. ¿Hay algún alegato más sensato de lo que es la humildad? La humildad es constructiva, busca crecimiento, no quedarse estática. La humildad es fuerza para acatar y continuar, ilusión para persistir, grandeza para asimilar. La humildad no es pobreza de espíritu, ni tibieza del alma, qué equivocadas aquellas teorías que pregonan la rabia por encima del amor.

Hay planos superiores en donde todos los seres están hermanados y entre todos se apoyan y todos aprenden de todos, porque no hay más ciego que el que cree que con saber datos ya sabe algo. En la Edad Media en algunas vidrieras de las catedrales e iglesias principales se podía ver la figura de gigantes del pasado, con los nuevos estudiosos subidos a sus hombros; puesto que todo es un continuo construir con lo ya avanzado, nadie hace nada desde la nada. Pues bien, esta sublime idea en dichos planos es captada en toda su grandeza y puesta de manifiesto en todo su esplendor. Porque aprenden a amarse, a compartir. A saber hacer válido al que sabe menos en una cuestión técnica, siendo henchido su corazón de bendiciones y de sabiduría auténtica; que es aquella que trae consigo la felicidad y el reconfortamiento interior; no la vacua pesadumbre que en nuestro plano parecen acarrear aquellos a quienes los comités y las academias condecoran como sabios. Pobres sabios que sufren y anhelan un título en su despacho, muchas veces más, que una sincera contribución para el bien común y la humanidad.

Premio Nobel de medicina, año 1906: premio compartido entre Golgi y Ramón y Cajal por sus investigaciones en las comunicaciones interneuronales.

Auditorio pleno. Golgi propone la “comunicación reticular”, las neurona están unidas entre sí como un ovillo de lana. Cajal una teoría mucho más avanzada y compleja pero a la vez más original, es decir: que entre las neuronas existe un salto de información de las unas a las otras (no estando por tanto unidas); estamos por tanto ante el nacimiento de la neurociencia, pues el sabio aragonés intuyó genialmente la existencia de los neurotransmisores. Por consiguiente, la historia le daría la razón a él, en detrimento de Golgi, descubridor de otras importantes actividades biológicas, pero errado en dicha teoría.

Al salir al estrado y exponer el discurso que cada premiado ha de dar, Golgi defendió su premio frente a la teoría de Cajal. Se consideraba único merecedor de dicho galardón.
El sabio aragonés, al intervenir, en lugar de defender su teoría, o vanagloriarse, alabó durante todo su discurso la importante labor científica del profesor italiano.

He aquí una grandeza de espíritu, que con escasos medios logró uno de los hallazgos más relevantes de la ciencia biológica de los últimos tiempos. Y que a su vez era sabio de verdad, porque en su humildad halló la fuerza para un continuo avance y construcción, en pro del bien de la humanidad.
Por tanto, ¿algo más inútil que el ego?

El aprendizaje es algo propio y de crecimiento personal, para el bien común, para compartir y ampliar el grado de vibración de la atmósfera que nos envuelve en nuestras relaciones. No para inútilmente jactarse de una posición, de la que sin nuestro entorno, nunca hubiéramos podido desarrollar. Por tanto devolvamos al mundo parte de lo que él nos ha dado, pues somos una simbiosis de lo que nos rodea.
Jesús Gutiérrez Lucas 

sábado, 19 de marzo de 2016

La escalera hacia la obsesión



El proceso de la obsesión observa grados, así como las enfermedades del cuerpo; pueden desarrollarse gradualmente o avanzar rápidamente en un grado determinado.

Para alcanzar el desequilibrio en la víctima, el obsesor se va acoplando, sintonizando y ajustándose poco a poco, en función de los desajustes y disturbios emocionales del “obsesado”. Son las “actitudes mutuamente asumidas”, como escribe Wallace Leal Rodríguez, en el prefacio que hace para el libro de Allan Kardec, “La Obsesión”.

Diversos grados o peldaños en los procesos obsesivos:

La contrariedad

Cuando una persona observa que algo o alguien no se comporta, piensa, reacciona o se expresa a su gusto, su contrariedad es notoria. El orgullo se manifiesta claramente en actitudes extremistas o de descalificación hacia los demás. Es en esos momentos, que nuestros hermanos inferiores, encuentran el medio o el “caldo de cultivo”, para sintonizar e influenciar a su futura “víctima”.

El enfado

Es la suma de contrariedades que, si antes se concentraba en distintos puntos, ahora se amplía al lugar de trabajo, al círculo de amistades o parientes.
La víctima cree que la razón está de su parte y piensa: “son los demás los que se equivocan.” La persona queda impregnada de esas bajas vibraciones, que le son enviadas constantemente, apoyadas por las entidades que planean “instalarse”.

De la irritación 

Por el enfado creado, los nervios comienzan a hacerle pasar malos momentos. El individuo nervioso, va perdiendo el control. Sus actos, palabras y actitudes pueden llegar a ser ofensivas, agresivas y coléricas. Se sienten humillados, tal vez, amenazados por los demás, algo que los obsesores incitan en la víctima. Su comportamiento comienza  a ser “extraño”.

El malhumor

Permaneciendo cada vez más en sintonía con el obsesor, la persona se siente malhumorada, irritada y contrariada. La continúa afinidad de bajo tenor vibratorio hace que el individuo “conecte” de continuo con sus perseguidores y aumente, aún más, su extraño estado, queriendo aparecer como “víctima” delante de los que son las víctimas reales, todos los que le rodean. El obsesado se queja de que “no le hacen caso” o no “le prestan oídos” etc. Al más mínimo llamamiento a la razón, el individuo explota con ira, que ellos aumentan desde el plano invisible.

El pesimismo

El obsesado jamás es optimista. Busca constantemente la negatividad que, en condiciones actuales de vida, halla sin dificultades. Le molesta el optimismo en los demás. Se vuelve receloso y desconfiado. Crece su estado de inseguridad y vive mentalmente situaciones y diálogos que nunca ocurren. El “no”, siempre está presente en su mente, y aquellos que le hostigan, le refuerzan sin compasión, aquello que él no controla, ni se esfuerza en superar.

La frustración

La frustración es un grado más en la escalera del obsesado. Sus verdugos van controlando, cada vez más un campo abonado. El frustrado revive, una y otra vez, todas sus frustraciones, viviendo en un círculo cerrado, que le convierte en un resentido, triste y, muchas veces, en un amargado.
Crece en él sentimientos negativos: envidia, celos y angustia.

La angustia

Está en uno de los mayores estadios. El estado de ansiedad le atormenta. Siente una gran angustia, que se convierte, en desesperación. Poco a poco, el individuo va perdiendo el sentido de la realidad. Su capacidad de juicio, va esfumándose. Y el obsesado se convierte en presa fácil, para aquellos que aún, no tienen o no quieren tener conciencia del bien. En esos momentos delicados y graves, él  casi nunca tiene capacidad de reaccionar por sí mismo; su mundo se va empequeñeciendo, a medida que va creciendo la influencia de “ellos, los invisibles”, para convertirlo en víctima entregada. La persona está imantada con sus perseguidores o verdugos, que harán todo lo posible por estrechar los lazos de afinidad; no dejaran que su víctima escape; de ahí a la subyugación hay un paso.

Es en ese momento cuando la víctima debe reaccionar o aceptar la ayuda que le venga del exterior; sea de los Amigos Invisibles o visibles. Su voluntad será su mejor aliada y, desde el momento que sea consciente del problema, de la  gravedad del problema, podrá ponerse a trabajar en su propia recuperación. La oración, el pensamiento elevado, la conducta positiva y el firme deseo de romper los lazos que le unen a sus verdugos, serán las mejores “armas” para luchar.

Una vez que existe conciencia de lo que está ocurriendo y hay conocimiento de la causa de sus padecimientos, será más fácil romper el yugo y comenzar a luchar por la “liberación”. Pero siempre hay que tener mucha confianza en Dios, en los buenos espíritus, en uno mismo y, tener la mente y el corazón volcados hacia el bien: esa es la mejor cura. Cuando se pone en práctica, los verdugos intentan un ataque mayor y feroz, pero  la “víctima”, está cambiando de tono vibratorio y con su voluntad está sintonizando con los que le quieren bien y, de esa forma le resultará más fácil romper el yugo. Saldrá de la misma frecuencia ¡Sólo basta querer, para poder! Y se puede.
No nos ha de faltar la ayuda del plano espiritual elevado y de luz.

Isabel Porras

martes, 8 de marzo de 2016

Amor, perdón, cura y autocura - entrevista con Andrei Moreira




- Dr. Andrei, ¿qué es la salud, la enfermedad, la cura y la autocura en la concepción médico-espírita?

La salud es entendida como el reflejo del equilibrio del ser en relación a las leyes divinas. En la visión espírita el hombre es un ser inmortal, alguien que preexiste a la vida física, que sobrevive al fenómeno biológico de la muerte y, a lo largo del proceso evolutivo, a través de la reencarnación, va creciendo, desarrollándose en dirección a Dios. La salud del cuerpo físico es un reflejo del nivel de equilibrio de ese espíritu en el proceso evolutivo ante el amor, lo bello y el bien. Entonces, la enfermedad es una señal interior de reequilíbrio, invitando al ser a reconectarse  con el amor y con la fuente. Es un mensaje generado en lo más profundo de la realidad espiritual del ser y que se refleja en el cuerpo físico como una invitación a la reconexión con el amor, al desarrollo del autoamor y del amor al prójimo. En esa visión, la salud y la enfermedad son construcciones del propio hombre y nadie es víctima de nada, sino de sí mismo, de sus propias decisiones, de sus propias elecciones, de aquello que decide y determina en su vida. Por lo tanto, toda cura es también un fenómeno de autocura, porque para que ella se instale definitivamente, es necesario que haya no sólamente un alivio de los síntomas y una resolución del proceso biológico en el cuerpo físico, sino también una reformulación moral del pensamiento, del sentimiento y de la acción, haciendo que el ser sea transformado en profundidad, en consonáncia con la ley divina, es decir, más en sintonía con la ley del amor.

- ¿El amor es, entonces, el camino para la cura?

El amor es el gran medicamento, es la gran finalidad de la existencia. En verdad, caminamos en dirección a Dios como el "hijo pródigo" de la parábola de Jesús, reconectando nuestra relación con el Padre y retornando hacia la casa de Dios, que, en verdad, está dentro de nuestro propio corazón, donde Dios está. Poco a poco, vamos haciéndolo, descubriendo nuestras virtudes, la grandeza íntima que hay dentro de nosotros, todo aquello que Dios nos dio como posibilidad evolutiva y que puede realizarnos plenamente. En ese contexto, el amor representa el movimiento medicinal por excelencia, como movimiento de respeto, de valorización, de inclusión y de conside-ración. Él nos trata las enfermedades del alma, que son orgullo, egoísmo, vanidad, prepoténcia, arrogancia y nos coloca en sintonía con la fuente, que es Dios, auxiliándonos a reconectarnos  con el Padre. Desarrollar el amor es el camino más rápido, fácil y eficaz para la cura del alma y del cuerpo.

- En los seminarios, usted presenta también el perdón como el camino para la salud integral. 

Sí, el perdón es condición esencial para la salud. Sin el perdón, no hay paz interior, no hay salud ni física, ni emocional. Shakespeare decía que no perdonar o guardar rencor es cómo beber veneno deseando que el otro muera. El veneno actúa en aquel que lo guarda, que lo cultiva dentro de sí. Y el rencor actúa dentro de nosotros en semejanza a una planta que, una vez cuidada, cultivada, va creciendo, creando raíces, da flores, frutos y se multiplica. Y nosotros terminamos enredados en una serie de dolores emocionales, sin que ni sepamos, a veces, donde  comenzó todo, porque vamos guardando las cosas dentro de nosotros, sin trabajar, sin dialogar, sin metabolizar emocionalmente aquello que estamos sintiendo, vivenciando. Cuando nos damos cuenta, la situación está en una cuestión muy profunda y muy grave.

Para que tengamos paz, es necesario que abracemos el perdón como un proyecto. El perdón es una decisión por la paz, que se traduce en actitudes para el establecimiento de dicha paz, en la compren-sión de las cuestiones emocionales, de nuestras características personales, de las circunstancias que envuelven el acto agresor y de la responsabilidad y co-responsabilidad nuestra en el proceso. Él se produce como un proceso, porque no se da de la noche a la mañana. Él se construye a lo largo del tiempo y a través de actitudes sucesivas de búsqueda de esa metabolización emocional que, muchas veces, necesita de un acompañamiento terapéutico profesional, a través de un psicólogo que haga ese tratamiento íntimo y nos ayúde a encontrar nuestras respuestas, sentidos y significados más profundos.

El perdón pasa también por la acogida y aceptación de nuestra humanidad y de la humanidad del otro, sobre todo, en la superación de los traumas, porque sólo aceptando la condición fundamental del ser humano, de estar en un proceso continuo de error y acierto, es que la gente se da cuenta de convivir con los equivocaciones del otro que nos hiere e incluso con nuestros mismos. Naturalmente, nosotros sólo hacemos por el otro aquello que hacemos por nosotros. Entonces, tan sólo conseguimos aceptar la humanidad del otro cuando aceptamos nuestra propia humanidad, cuando acogemos en nosotros nuestra capacidad de errar y recomenzar, abrazando el auto-amor como una propuesta de vida. El autoamor es hijo de la humildad, una de las representaciones magníficas del amor divino, aquella decisión interna de acogernos, de tratarnos con ternura, compasión y con la benevolencia que nosotros necesitamos, aunque con la firmeza necesaria para domar nuestras pasiones y renovarnos de nuestros defectos que juzguemos necesarios. Entonces, el perdón es una actitud de conquista de ese estado de paz interior, a través de la comprensión de las circunstancias que nos envuelven y de la decisión por el amor.

- En la actualidad, es muy importante el número de personas adictas a anti-depressivos, ansiolíticos, bebidas, etc. ¿Qué podría decir a esas personas?

Toda dependencia es una búsqueda de aplacar el vacío interior a través de cosas externas. Pero ese vacío interior, que todos nosotros tenemos, sólo es aplacado por la presencia del autoamor. El vacío es un vacío de amor, pero ese amor que nos falta no es el amor que viene del otro, es el amor que viene de dentro, es el amor que la gente puede darse. Entonces, para el tratamiento y la profilaxia de cualquiera proceso de dependencia, es importante enseñar a las personas a valorarse, a gustarse y respetarse. Estableciendo relaciones familiares honestas donde las personas dialoguen, conversen, estén atentas unas a las otras y compartan sus emociones, mostrándose, no de forma idealizada, sino de forma honesta, real, enseñando cada uno a ver, en todos nosotros, luz y sombra, belleza y fealdad, cosas positivas y negativas. Nosotros necesitamos aprender a acoger esos dos lados, aprendiendo a transformar aquello que no amamos en nosotros y a valorar y desarrollar aquello que hay de bueno, de positivo.

La depresión pasa por la no aceptación de la vida. Hay un mensaje subliminal en el depresivo que es: "como no tengo la vida que deseo, no acepto la vida que tengo". Hay también un mensaje de la arrogancia, de prepotencia de creer que, hiriendo a sí mismo, hiere a la propia sociedad, hiere al mundo. Muchas veces, por detrás de la depresión, hay culpas y procesos autopunitivos profundos, en virtud de la ausencia de la humildad, sin permitirse aceptar la vida como es y recomenzar cuántas veces sean necesarias para alcanzar la felicidad.

En el tratamiento de la depresión, es importante tratar la cuestión del desarrollo de la aceptación de la vida, del sometimiento activo a Dios. Eso significa "aceptar la vida tal como es, pero haciendo todo lo posible para alcanzar aquello que se desea", sin abandonar el placer de vivir, sin entrar en aquella tristeza patológica, aquella tristeza excesiva que se configura como estado depresivo.

Los antidepresivos son muy útiles cuando están bien indicados durante un correcto período, pero no pueden convertirse en un muleta, no son la píldora de la felicidad, no pueden ser la fuente que nos da la realización íntima, que aplaca nuestro dolor. Nosotros tenemos, hoy, en nuestra sociedad, una medicación excesiva, un uso abusivo de medicamentos, porque no aprendemos a lidiar con naturalidad con nuestras emociones. El miedo, la tristeza, la rabia, la alegría son emociones básicas, y nosotros tenemos que aprender a lidiar con ellas. Cuando no lidiamos de forma natural con ellas enferman transformándose en rencor, en pánico, en euforia o en depresión.

En nuestra sociedad, observamos que hay un exceso de medicación de las emociones naturales. Tan pronto la persona se encuentra triste, enseguida toma un antidepresivo o un ansiolítico para evitar trabajar su ansiedad o su tristeza. Pero la ansiedad y la tristeza son situaciones naturales de la vida, que hasta un determinado nivel son muy positivas y que nos hablan mucho acerca de nosotros mismos. Es importante que el autoconocimiento guíe el proceso, para que entendamos lo que está sucediendo en nuestra alma y en nuestra vida. Marta Medeiros habla, de una forma muy bella, que la tristeza es el cuarto profundo donde la gente analiza su vida. Y eso es lo que nosotros tenemos que aprender: a estudiar nuestras emociones, nuestras características, para retirar de ellas enseñanzas preciosas acerca de nosotros mismos y del prójimo y, con eso, nos hagamos mejores personas.

- ¿El suicidio puede ser visto como una enfermedad del alma?

El suicidio es un acto de desesperación en que el sujeto intenta matar el dolor que hay en él y que, muchas veces, envuelve a la familia y a otros en una situación de dolor aún mayor que aquella que era el dolor original. Por eso, también es una manifestación de egoísmo. Nosotros debemos evitar el suicidio en nuestra sociedad, estableciendo la acogida del dolor emocional de las personas, a través de servicios competentes en que las personas puedan ser escuchadas, oídas, acogidas y donde puedan ser bien orientadas a través de un acompañamiento terapéutico con profesionales competentes, que puedan ayudarnos a metabolizar los dolores y las dificultades que vivimos. Necesitamos, sobre todo, de una enseñanza moral que nos de base y subsidio para entender quienes somos, lo que vinimos a hacer y hacia donde vamos. Una base moral que nos suministre elementos de estímulo al desarrollo de las virtudes que son potencias del alma y verdaderos profilápticos contra el suicidio.

En la visión espírita, el suicidio es un acto muy infeliz, porque el individuo se reconoce vivo en el otro lado de la vida, matando solamente el cuerpo físico. Y aquel dolor original, además de no quedar resuelto, es aumentado por la circunstancia del acto agresor a la propia vida. Ese es un derecho que ninguno de nosotros tiene. Solamente a Dios compete dar y retirar la vida. Entonces, delante de aquel que cometió el suicidio, nosotros debemos actuar con compasión y misericordia, enviándole nuestras plegarias. Las oraciones sinceras de aquellos que les aman o incluso de aquellos que tienen buena voluntad y desean auxiliarles llegan hasta el corazón de aquellos que están en sufrimiento en el otro lado de la vida como verdaderos bálsamos, alivios y medicamentos que suavizan su sufrimiento y los auxilian a proseguir. Como la vida es eterna, cada uno tendrá la oportunidad de renovarse, de recomenzar, aunque teniendo que lidiar con los resultados infelizes que, a veces, son sufrimientos innecesarios de esos actos de desesperación.

- En la educación de los hijos, ¿qué podríamos decir, sobre todo a los padres que tienen dificultad en imponer límites, en decir no a sus hijos, con graves consecuencias a veces? 

Nosotros sabemos que, hoy, es muy difícil para las familias aprender a colocar límites, porque vivimos procesos educativos que dan mucha liberalidad a los jóvenes, sin el proceso educacional que los enseñe a usar la libertad con responsabilidad. Entonces, los padres, como educadores morales, no pueden eludir su papel. Deben utilizar varios instrumentos, buscar ayuda profesional si fuera necesario. Necesitan ser, aquellos que buscan todos los recursos y medios para suministrar al individuo el elemento educacional, que viene, sobre todo, por el ejemplo, porque los adolescentes aprenden mucho más viendo lo que sus padres hacen, que escuchándo lo que sus padres dicen. El ejemplo de la familia es extremadamente importante en el proceso educacional.

- Incluso, con internet, ¿no es así? Hay juegos de internet que habría que limitar también...


Juegos viciantes, agresivos, que desarrollan la agresividad en el individuo y que, muchas veces, alienan al individuo de la vida de relación. Nosotros hemos visto adolescentes viciados en juegos de internet que no priorizan la relación con el prójimo, el estar fuera de casa, el convivir. Con eso, acaban haciéndose adultos cerrados, reprimidos y con dificultades de establecer lazos afetivos profundos. Aunque, todos los instrumentos de la vida son positivos, también tienen que ser moderados. Los padres tienen que limitar el uso de Internet, consesuar un acuerdo con sus hijos. No actuar simplemente de forma autoritaria, si no establecer acuerdos para los procesos educativos que lleven al joven a relacionarse con el deporte, con la sociabilización, con la educación moral, con las actividades sociales y con la responsabilización con el bien hacia sus semejantes. El joven puede ser dirigido hacia actividades voluntarias, caritativas, que son extremadamente educadoras y hacen al joven conocer otras realidades, vislumbrar otras perspectivas y, muchas veces, resignificar la propia vida y el propio contexto. Es deber de los padres establecer los límites y las reglas de la convivencia sin abandonar ese derecho y obligación moral que ellos tienen.

- ¿Puede hablarnos de su libro “Cura y autocura”?


"Cura y Autocura, una visión médico-espírita", es una publicación de la AME editora, el órgano editorial de Asociación Médico-Espírita de Minas Generales, y trata la salud y la enfermedad dentro de la visión espírita. Son 16 capítulos, tratando diversos aspectos como, por ejemplo, el perdón como camino de cura, la caridad como instrumento de cura, la acción del pensamiento en la salud y en la enfermedad, las curas de Jesús, la salud y la enfermedad en la visión espírita, terapéutica médico-espírita, así como el terapeuta como sanador y otros asuntos, con la presentación de casos, de trabajos prácticos, y también en ese sentido, sobre todo el amor y el auto-amor como caminos de encuentro del ser consigo mismo y de cura del cuerpo y del alma.

- Para finalizar, deje un mensaje de Navidad para nuestros lectores.

El mensaje de Navidad que os dejo es que todos nosotros aprendamos a reconocer en Jesus al guía y modelo de nuestras vidas. Él es la síntesis del amor universal, es el gran representante de la ética transpesonal del amor, de lo bello y del bien. Nosotros tenemos que entender que su mensaje no es un mensaje religioso para ser vivido en las iglesias, en los centros, en los cultos, sino es un mensaje para todo día, para todo y cualquier instante y lugar. Es un mensaje de transformación y renovación del alma, de reconexión con el Padre, con el Creador dentro de nosotros, de ligarnos con la fuente del eterno bien y de lo bello que hay dentro de nosotros. Las virtudes predicadas y vividas por Cristo son la gran referencia de vida para que nosotros conquistemos un patrón de comportamiento que sea superior y ejemplar, que vuelva pacificas nuestras almas y realice a nuestros espíritus. Debe ser un mensaje que esté sobretodo más en la práctica antes que en nuestros labios. Este mensaje tiene que estar en nuestras acciones, siendo esfuerzo y vivencia del día a día. Es la fuerza que puede renovar y transformar nuestra sociedad.
 
Dr. Andrei Moreira
Médico de familia integrante de 
un equipo del PSF en BH/MG
Presidente de la Asociación Médico-Espírita de MG

martes, 1 de marzo de 2016

El espírita como elemento educativo (y educable)



Sabemos que el Espiritismo es una propuesta de educación universal: del ser intelectual, social y espiritual… Por lo mismo, no podemos configurar una educación integral si no existe en paralelo una autoeducación propia. El espírita que piense que por asistir a un centro o leer a Kardec, etc., está preparado para las labores de divulgación, se equivoca. No basta: nuestro compromiso espiritual nos exige (antes que nada) la labor constante de autoedificación personal… y, para esto, la teoría no es aval suficiente.

No queremos decir que cada cual no pueda hablar y dialogar sobre Espiritismo cuando lo sienta y toque: con amigos, familia y/o gente interesada en general, desde su posición y adquisiciones culturales propias, sean cuales sean (puesto que el Espiritismo no es elitista en cuanto a capacidades intelectuales), pero si lo hacemos con sensatez y sabiduría interior, mejor que mejor… Si esto que decimos es vital en un ámbito más discreto, no hablemos cuando, además, decidimos acometer empresas de más envergadura: como publicaciones, hablar de cara al público, puestos de responsabilidad, etc, etc… entonces sí que debemos reforzar aún más el proceso de autoeducación. Ojo: no estamos hablando de cultura (aunque esta siempre será un hándicap), sino de educación íntima… esto incluye principalmente las habilidades sociales básicas.

Lanzándonos al exterior, sin remodelación personal previa, dominados por un exceso de celo o emoción (ya sea por lo mucho que nos ha calado ciertas lecturas o por lo que, en lo personal, admiremos a tal o cual figura pública), podemos ser más un obstáculo que un referente positivo. Y de hecho, esto ocurre.

Por lógica, pero sobre todo por prudencia, antes, no debemos obviar elementos imprescindibles para incorporar en nuestras intervenciones: como la mesura, el tacto, capacidad de escucha, la imparcialidad, etc. Con las prisas o por falta de reflexión, podemos dejar atrás estas cosas que, no lo olvidemos, van hablar mucho más alto (aunque no lo percibamos) que aquello propiamente espírita de lo que estemos tratando, por interesante que sea. Si descuidamos aspectos de actitud correcta, imparcialidad y enriquecimiento íntimo, de cara a la galería podemos pasar por poco más que unos nuevos iluminados.

Se percibe con nitidez el espírita que hablando de Espiritismo pretende antes que nada ilustrar, abrir un proceso de diálogo nutritivo (consolar, si tal es el momento), de aquel otro cuyo interés es convencer y/o adoctrinar. Esto es un hecho.

Las habilidades sociales, la asertividad, la autoestima, el pensamiento positivo, resolución de conflictos, etc., son aspectos educa-cionales hoy cada vez más deman-dados en contextos diversos como la escuela, la empresa, la intervención comunitaria, etc. A los espíritas nos vendría muy bien incorporar estos recursos en nuestra trayectoria personal (charlas, talleres, lectura especializada, etc.), a la vez que serviría para optimizar la labor del centro espírita y también de puertas afuera para resultar más creíbles.

El aprendizaje de destrezas sociales e interpersonales serían un refuerzo valioso para el comunicador espírita (sea cual sea su nivel cultural), a la vez que enriquecería  la organi-zación propia del colectivo espírita, aportándonos habilidades y fortalezas que facilitarían la creación de estrategias comunicativas, integración de propuestas organizativas, etc…, y esto no solo favorecería a nivel espírita, sino también en el ámbito familiar y personal.

El espírita consciente no solo debe prepararse en el aspecto teórico, pues si no lo hace a nivel autopersonal, carecerá de la renovación imprescindible que se espera de nosotros, y haría mejor no hacerse portavoz de ninguna escuela de crecimiento como es el Espiritismo. Debemos ser sensatos, honestos y valientes en cuanto a nuestros puntos flacos, recono-cerlos y trabajarlos; no dejarlos ahí disimulados con una cobertura de conocimiento doctrinario, entre otras cosas porque están ahí… (y se nota).

No es tanto lo que estamos diciendo (por elevado que sea), sino como lo estamos diciendo.

Pensamos que en el ámbito actual de nuestra coyuntura sociocultural, hay en el movimiento espírita necesidad de una revisión de patrones internos… Si deseamos ser creíbles, es indispensable desembarazarnos de modelos impostados que, en las últimas décadas, se nos han ido adhiriendo poco a poco (pero que no son oriundos del Espiritismo), pero sobre todo, el espírita precisa exteriorizarse de otra manera: más racional, y al mismo tiempo, más natural y cercana.

Hay tantas formas de acercar el mensaje espírita a los demás, como maneras de hacer que se alejen en cuanto abrimos la boca…

Esto es muy importante, yo diría que imprescindible para el espírita actual y los diversos contextos educativos formales e informales en los que nos movemos. No es necesario esperar que lo proponga un orador de renombre o que un autor desencarnado lo refleje en una comunicación para saber que (por lógica), es positiva, saludable y necesaria esa remodelación educativa íntima y, dentro de esta, las maneras que tenemos de llegar a los demás.

Juan Manuel Rúiz