miércoles, 29 de junio de 2016

Mensajes mediúmnicos en la práctica médica - Experiencia práctica del hospital psiquiátrico espírita "André Luiz", en Belo Horizonte, MG, Brasil.



“¿Los espíritus influyen sobre nuestros pensamientos y nuestras acciones?”
“A ese respeto su influencia es mayor del que creéis porque, frecuentemente, *son ellos quien os dirigen"
(Kardec, Allan – El libro de los Espíritus – p. 459) 

La práctica de atención integral del Hospital Espírita André Luiz, contempla el tratamiento del individuo en el nivel bio-psico-socio-espiritual. La terapéutica complementaria espírita, compuesta por el pase humano-espiritual, evangelio-terapia y actividad desobsesiva es ofrecida a todos los pacientes que ingresan en la unidad, sin embargo aplicada solamente a aquellos que la aceptan y firman los términos de compromiso autorizando la intervención.

Cuando es autorizado, el tratamiento es dispensado regularmente durante el periodo de internación por medio de voluntarios dados de alta en el Departamento de Asistencia Espiritual de la institución, que ya suman 350 personas. De entre las modalidades de asistencia, se incluye la actividad de captación espiritual. Se trata de reuniones semanales con médiums provenientes de casas espíritas de la capital minera, en régimen de voluntariado, que se dedican a la investigación y diagnosis de las cuestiones que están en la base o en el origen de la patología psiquiátrica del paciente atendido, a través de elucidaciones, recibidas mediúmnicamente, que auxilien el tratamiento médico y propicien el direcionamento en las aplicaciones magnéticas y mentalizaciones direccionadas al paciente durante el trabajo del pase.

Hay una sala reservada exclusivamente para reuniones mediúmnicas, con ambientación espiritual adecuada y preservada. En el horario citado, el paciente es traído a la reunión y, mientras se le aplica el pase humano-espiritual, los médiums, que ya habían hecho el trabajo natural de concentración y preparación para la tarea por medio del pensamiento y sentimiento elevado, con la oración y la voluntad de servir al prójimo en sufrimiento, se colocan a disposición de los orientadores espirituales, conforme su sensibilidad específica. La gran mayoría trae informaciones de la situación espiritual o del pasado del enfermo, por medio de la psicografía o de la inspiración de los coordinadores espirituales de la tarea y algunos, dotados de sensibilidad para ello, sintonizando con la mente del paciente regresan a su pasado espiritual, presenciando los hechos en archivo y narrándolos posteriormente. Los médiums no tienen contacto directo con el paciente, no lo conocen previamente y algunos no tiene ni siquiera contacto visual, puesto que se sientan de espaldas al mismo, en la mesa mediúmnica o mantienen los ojos cerrados en actitud de concentración y sintonía del pensamiento con el equipo espiritual que dirige los trabajos.

Los pacientes son traídos y acompañados a la reunión durante el tiempo necesario de la internación. Cuando reciben el alta, son sustituidos por nuevos pacientes. No todos los pacientes reciben ese tipo de tratamiento.

Al final de la atención de todos los pacientes, los médiums leen las anotaciones o psicografías y son anotadas las informaciones útiles, las descripciones del estado del cuerpo espiritual del enfermo, sus posibles relaciones obsesivas y kármicas, el estado energético que lo envuelve en detalle, conteniendo calidad y naturaleza del fluido, efecto físico, emocional y origen. Es hecho entonces una compilación de esa información, que da origen al tipo de pase específico que el paciente recibirá en adelante, incluido ahí la calidad de la onda mental que el pasista y el equipo irán a emitir consciente e intencionalmente durante la aplicación magnética, buscando la solución de los dramas que se presenten, con alivio de la sintomatología física, psíquica y espiritual.

Toda esa información queda disponible en el prontuario, para que los médicos y demás profesionales que atienden al paciente, tales como psicólogo, enfermeros, terapeuta ocupacional, etc., puedan tener acceso. El uso de esas informaciones, representando una verdadera anamnesis espiritual, debe ser siempre confidencial, como toda información obtenida en atención médica o psicológica, según los códigos de ética profesional, y no son entregadas de forma directa ni al paciente ni a la familia. El objetivo es que esas informaciones puedan auxiliar al profesional de las siguientes maneras:

1) Diferenciación entre disturbios psiquiátricos y síndromes mediúmnicos

Las informaciones mediúmnicas auxilian a esclarecer las dudas en cuanto a la posibilidad de la presencia de disturbios de tipo mediúmnico o distonías mediúmnicas simulando trastornos psiquiátricos o agravándolos, cuando se presentan.
Afirma el médico Vítor Ronaldo Costa:

“A medida que un mayor número de profesionales de la salud se familiarice con las cuestiones mediúmnicas, menor serán los desaciertos cometidos con los pseudo-pacientes (médiums perturbados), que peregrinan por los ambientes ambulatoriales y hospitalarios en búsqueda del verdadero lenitivo proporcionado por la asistencia espiritual adecuada. Mediumnidad no es asunto relacionado con patología mental, desde que es debidamente diagnosticada y conducida con la sabiduría necesaria dentro del contexto espírita” (fuente: http://www.ieja.org/portugues/ estudos/artigos/p_mediunidadeemedicina.htm)

También, Divaldo P. Franco, en el libro “Divaldo, Mais que uma voz, uma canção de amor à vida! - Miguel de Jesus Sardano.” Comenta lo siguiente:

“De inicio, por ser una facultad que coloca el hombre entre dos extremos, él puede propiciar determinados estados, confundidos con patologías, con enfermedades. Si ella se manifiesta en el área intelectual, puede presentar en el individuo determinados estados de aparente alucinación auditiva, visual, ansiedad, recelo, fenómenos claustrofóbicos, miedos injustificables de la noche y de la relación con las personas. Porque, propiciando al individuo una percepción que extrapola el fenómeno normal, le da una mayor dimensión que registrar que el tipo común. Y, no estando la persona preparada para conducir esas manifestaciones, es natural que experimente ciertas insatisfacciones, intranquilidades o sensación de malestar”

La derivación de pacientes con trastornos psiquiátricos hacia la actividad mediúmnica es indebida e indeseable, puesto que puede agravarles la patología y confundir al grupo mediúmnico. Entonces, esa diferenciación precisa estar bien establecida, con bases seguras. A partir de esa constatación y confirmación, por vía mediúmnica, el médico podrá orientar adecuadamente al paciente en el uso y direccionamiento de sus facultades anímicas y mediúmnicas a beneficio de la colectividad y de sí mismo, lo que le reequilibrará física y psíquicamente.

2) Comprensión del origen del trastorno psiquiátrico y sus raíces profundas

El paradigma de la reencarnación y de la inmortalidad del alma nos orientan a comprender los fenómenos psicofísicos del presente como consecuencia natural del pasado de equívocos morales, donde frecuentemente el ser hirió a sí mismo por medio de la violencia al semejante, lesionando los órganos de la cuerpo espiritual con la consecuencia de sus elecciones y el propio psiquismo que probablemente se encuentra hundido en la culpa y la auto-punición intensa. Esa realidad repercute hoy en su organismo físico, predisponiéndolo a la manifestación de la genética seleccionada naturalmente por la vibración del espíritu al reencarnar, que determinará patologías físicas y psíquicas diversas.

Las informaciones mediúmnicas clarifican ese origen y posibilitan al médico y demás profesionales la comprensión de los núcleos emocionales básicos, facilitando el tratamiento del paciente en el movimiento autocurativo.

3) Atención emocional del paciente y familia, envolviendo el contexto presentado

Las informaciones presentadas sobre el pasado espiritual del enfermo y sus circunstancias permiten una mejor definición de metas psicoterapéuticas en el trabajo con el paciente, estimulándolo en el camino del auto-perdón y de la superación de sí mismo, mitigando los efectos de los núcleos potenciadores de la enfermedad del psiquismo que estén en actuación constante. Si, por ejemplo, en la reunión mediúmnica surge el contexto de culpa intensa del espíritu por la realización de crímenes sucesivos en el pasado, abortos criminales, traiciones u otra falta moral cualquiera, el médico y demás profesionales pueden dirigir la atención de la familia y del paciente para las actitudes íntimas y exteriores que mitiguen el drama interno y reparen el mal causado. Ese direccionamiento puede darse por medio de conversaciones terapéuticas, películas, libros, actividades recreativas y educacionales, actividades ocupacionales, visualizaciones creativas, hipnosis y otras técnicas que alteren el registro interno, inconsciente, del paciente por medio de la potencialización del sentido opuesto y curativo.

4) Incentivo a la educación del pensamiento

El profesional de salud, en la intervención por la palabra y el gesto, debe actuar como un educador que auxilia el enfermo a promover el desligamiento mental de las fuentes de perturbación, estén ellas en el interior o en el exterior. La educación de las matrices mentales es de suma importancia, pues la mente gobierna el funcionamiento de la fisiología orgánica, dándole sentido, impulso y direccionamiento hacia la armonía o desarmonía, salud o enfermedad, conforme esté más o menos sintonizado con la fuente del eterno bien. Por las informaciones mediúmnicas se puede tener acceso a patrones mentales que el paciente abrigue en lo íntimo y que no comparta con el profesional, así como se puede percibir las irradiaciones de los espíritus a él vinculados, “hipnotizándolo” en determinado sentido, con objetivos malévolos o de venganza. De esa forma, el profesional puede actuar, no sólo emitiendo la onda mental contraria, portadora de la virtud y de la afirmación positiva que falte al enfermo, sino también principalmente, auxiliándolo e incentivándolo en la modificación de los patrones de pensamiento por la obtención de nuevas ideas e ideales.
André Luiz, médico espiritual, nos esclarece que:

“La mente reanimada reconstruye las vidas microscópicas [células] que la sirven” (Francisco Cândido Xavier– En los dominios de la mediunidad)

La irradiación del pensamiento renovado, actuando sobre las células del cuerpo espiritual, que son la base de las células del cuerpo somático, actúan reequilibrandolas y alterando incluso la expresión de la genética, modificando los cuadros de la enfermedad, aliviándolos o curándolos, en consonancia con la realidad del individuo. Muy importante todavía, es cuidar de los familiares de los pacientes en una acción terapéutica de igual tenor reeducativo, visto que el paciente respira el ambiente donde vive, compuesto de emanaciones mentales de todos los que allá con él habitan, lo que interfiere sobremanera en su condición física y mental. El culto del evangelio en el hogar, reunión semanal de oraciones y debates del Evangelio en familia, es un potente recurso de reeducación y reequilibrio. Además de sanear psíquicamente el ambiente doméstico, por medio de la acción de los espíritus amigos que visitan los hogares y las familias en oración, promueve el estímulo reeducativo para todos los componentes del hogar, con los efectos saludables de la evangelio-terapia.

5) Incentivo al desarrollo de las virtudes que son tratamiento directo de las cuestiones morales que se encuentran en la base del proceso

No basta modificar el registro interior, es necesario auxiliar el paciente en la conquista de virtudes que sedimenten la cura. Toda cura, esencialmente proviene de Dios, fuente de todo amor, pero sólo se sedimenta en la vida del individuo si el estímulo curativo encontrar resonancia en el interior del enfermo. Toda cura, por lo tanto, es fundamentalmente un fenómeno de autocura. Las informaciones mediúmnicas nos dan acceso a las cuestiones morales más intensas que el paciente presenta, sus conflictos y dramas pasados que aguardan resolución. Por medio de ellas, podemos establecer metas terapéuticas que envuelvan el paciente en un guion seguro de auto-encuentro, auxiliándolo a desarrollar el auto-amor y a envolverse en el bien al semejante, tanto cuánto le sea posible.
El apóstol Pedro, inspirado en las palabras de Cristo, aseveró: “El amor cubre multitud de pecados” (I Pedro 4:7)

Es imperioso, por lo tanto, estimular el paciente en la vivencia de las virtudes que le sean posibles, estimulándolo a superarse cada día, venciendo a sí mismo, dentro de una postura profesional optimista y de confianza, que valore y afirme el potencial creativo y curativo del individuo. El espíritu Inácio Ferreira nos esclarece que:

“En abrumadora mayoría, los conflictos existenciales de la criatura son resultado de la egolatría; alguien que no recibió afecto, que no quiso renunciar, que nunca supo lo que es sacrificio por la felicidad ajena... De repente, la inseguridad, el miedo, el insomnio, la opresión, la pesadilla, el desánimo, la falta de motivación por vivir. Si los psiquiatras se dedicaran  a tratar el egoísmo de sus pacientes, podrían hasta errar en el tratamiento , pero acertarían en el problema de fondo. Y aquí va un consejo a los compañeros: ante la falta de diagnóstico más preciso, ¡tratad del egoísmo del enfermo! No les prescriban medicamentos que lo dejen aún más ensimismados – pónganlos para trabajar en una actividad voluntaria en una obra asistencial.” (Bacceli, Carlos e Inácio Ferreira – “Amai-os y Os instruí”)

Sabemos que la gravedad de los casos  muchas veces no permite al individuo envolverse en actividades de auxilio directo al semejante, pero él puede ser orientado hacia la confección de juguetes, artesanías, ropas, de entre otros, que sean entregados a aquellos que lo necesitan, en un movimiento de amor al semejante. Siempre que el paciente se encuentre en un estado de alteración de conciencia y de percepción sensorial que no le permita la interacción consciente con el mundo, o cuando la situación sea muy grave que no le faculte la interacción, la familia debe ser envuelta en vibraciones de amor y paz, por medio del amparo a los otros, granjeando simpatía y gratitud que envuelvan el paciente y su familia en un clima de armonía y salud.

6) Comprensión y atención del contexto obsesivo y auto-obsesivo que impide la acción médica eficaz, maximizando resultados y acelerando procesos

Frecuentemente observamos la ineficacia de medicaciones bien indicadas y prescritas, siendo necesario el uso combinaciones de fármacos y/o terapia electroconvulsiva. Las informaciones mediúmnicas nos auxilian bastante a comprender esa situación, cuando nos presenta el contexto de las decisiones y deseos inconscientes del paciente, imposibilitando la mejora. Muchas veces el paciente se encuentra inmerso en sentimientos de culpa, remordimientos y desvalorización personal, resultado de las acciones equivocadas del pasado, del presente y de la percepción de los efectos dañinos en sí mismo y en los otros de las elecciones realizadas, optando por la auto-punición. Ese sentimiento de culpa, direccionado de esa forma, genera un mensaje de desmerecimiento de la mejoría y de la salud, y el propio paciente “tira de la manta” bombardeando sus células con emisiones mentales-sentimentales de desarmonía, alterando la acción de los neurotransmisores, antipsicóticos y resto de substancias destinadas a aliviar los síntomas. En posesión de esta constatación, por medio de las informaciones mediúmnicas, el médico, el psicólogo y demás profesionales de salud deben intervenir para direccionar la reflexión y la vivencia del paciente para el autoperdón, la ternura y la aceptación de sí mismos, trasformando el remordimiento en arrepentimiento sincero. El remordimiento es fruto del orgullo, mientras el arrepentimiento es hijo de la humildad. El arrepentimiento no redime el paciente de vivir el fruto de sus elecciones, pero lo direcciona en la posibilidad siempre presente del recomienzo y modificación de la realidad, por el desarrollo del auto-amor y de la reparación de la faltas, por medio del bien al semejante. El auto-amor es manifestación del acogimiento de sí mismo e integración al “holo-amor”, síntesis de las leyes divinas. Es muy importante que los profesionales de salud se conciencien de esa realidad: sólo el amor cura y él representa el elemento terapéutico más profundo y efectivo en el estímulo curativo al paciente.

7) Estímulo a la autocura del propio terapeuta que tiene contenidos afines con los del paciente, obtenidos por la vía mediúmnica

Dentro del paradigma de la reencarnación, comprendemos que todos aquellos que somos terapeutas somos espíritus enfermos, como la gran mayoría de la humanidad, y nos encontramos en proceso de reeducación, por medio del servicio al semejante y de la sensibilización ante el dolor ajeno. No existiendo la casualidad según la visión inmortalista espírita, comprendemos que recibimos en nuestras consultas y hospitales aquellos espíritus con los cuales tenemos no solamente compromisos del pasado, para reencuentro y rearmonización, sino sobre todo, aquellos que guardan afinidad y sintonía con nuestras necesidades internas, traídos por la misericordia divina para ofrecernos el estímulo de cura que necesitamos posibilitándonos auxilio siendo auxiliados.

Las informaciones obtenidas por la mediumnidad de auxilio colocan el profesional que está atento a la cuestión espiritual en contacto con su propia historia espiritual y sus propias necesidades de reeducación, ofreciéndole precioso recurso de auto-encuentro y mejoría personal, de cura de sí mismo.

Conclusión

Las informaciones mediúmnicas, obtenidas por la práctica fiel a los postulados espíritas, promueve el acceso a elementos importantes de diagnóstico y terapéutica para el tratamiento integral de la experiencia humana y, sobre todo, para el ejercicio de una clínica ampliada donde el espíritu inmortal sea considerado en toda su amplia realidad bio-psico-socio-espiritual, para la solución de los dramas internos y la conquista de la salud. Médicos y demás profesionales en el cuidado del paciente necesitan de este recurso sagrado para el auxilio al cuidado integral, que requiere grupos mediúmnicos serios, con médiums entrenados, disciplinados, y por encima de todo, sintonizados con la voluntad profunda de ser útiles al próximo, sirviendo a la vida en la mediunidad con Jesús.

Dr. Andrei Moreira
Médico de familia integrante de 
un equipo del PSF en BH/MG
Presidente de la Asociación Médico-Espírita de MG

Saber perdonar



Es muy fácil ver los defectos de los demás, antes de advertir los que tenemos nosotros mismos. Como dijo Jesús  “el que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella”, esta máxima hace de la indulgencia un deber, porque no hay persona que no la necesite para sí misma. Nos enseña que no debemos juzgar a los demás con mayor severidad que la que nos aplicamos al juzgarnos a nosotros mismos, ni condena en el prójimo lo que en nosotros disculpamos. Antes de reprochar una falta a alguien, veamos si la misma censura no se nos puede hacer a nosotros. Nos habla Jesús de la indulgencia, ¿sabemos por qué? es una de las formas de perdonar. La indulgencia que no ve en manera alguna los defectos de los demás, y si los ve, se guarda bien de hablar de ellos, de difundirlos, antes por el contrario, los esconde a fin de que solo él los conozca.

Nos dice el Evangelio: "Cuando criticáis, ¿qué consecuencias se deben extraer de vuestras palabras?, ¿acaso vosotros, que censuráis, no habéis hecho también lo mismo que estáis ahora reprobando, o valéis mas que el culpable?, ¿cuándo os dedicareis a juzgar vuestros propios corazones, pensamientos y actos, sin ocuparos de lo que vuestros hermanos hacen?, ¿cuándo aplicareis a vosotros mismos vuestra severidad? Sed, pues, severos con vosotros mismos e indulgentes para con los demás y el Señor usará de indulgencia hacia vosotros, como la habéis tenido vosotros con respecto a vuestros semejantes."

No olvidemos jamás pedirle a Dios, por medio del pensamiento y, sobre todo, de los actos, “Perdóna nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”. Tenemos que comprender lo valiosas que son estas sublimes  palabras. Su letra no es lo único admirable, sino además el compromiso que implican, ¿qué pedimos al señor al solicitarle que nos perdone?, ¿solo el olvido de nuestras ofensas? Olvido que nada nos reporta, porque si Dios se contentara con olvidar nuestras culpas, no nos castigaría pero tampoco nos premiaría. La recompensa no puede ser el precio del bien que no se ha obrado y menos todavía del mal que se ha cometido, aun cuando este último se olvide.
Al pedirle perdón por nuestras transgresiones, le solicitamos que nos conceda su gracia a fin de que no volvamos a incurrir en aquellas y la fuerza precisa para ingresar en un camino nuevo, senda de sumisión y amor en la cual podremos agregar la reparación al arrepentimiento. Reemplacemos la ira que mancha, por el amor que purifica. Practiquemos con el ejemplo esa caridad activa e infatigable que nos enseñó Jesús. Prediquémosla tal cual  Él lo hizo durante todo el tiempo en que vivió en la Tierra.

Dice un antiguo adagio y es una gran verdad: "lo que mucho vale, mucho cuesta". Por eso nos cuesta tanto olvidar las ofensas y amar a los   que nos hieren; y el caso es que no tenemos otro camino que recorrer más que el del olvido y el del perdón, si queremos asegurar nuestra dicha venidera.
Los que conocemos el espiritismo, debemos huir de ese peligro, el más terrible de todos, el odiar a nuestro padre, a nuestros hijos, hermanos etc. Hay muchas maneras de hacer daño consciente e inconscientemente, debemos estar vigilantes, ya que hay palabras que, depende como las digamos, son como un puñal, hay miradas que, como se suele decir, matan. Tenemos que intentar no tener ningún enemigo. Es bueno aconsejar el olvido de las ofensas, pero si el que aconseja, recuerda de continuo las que ha recibido y no es capaz de erradicárselas, solo es capaz de taparlas, se engaña a sí mismo. El recuerdo de las ofensas es la semilla del odio, y hay que arrancar de raíz tan maléfica semilla.

Muchas personas dicen de su adversario: “lo perdono”, mientras que en su fuero  interno sienten un secreto placer por el mal que les aqueja, pensando que él tiene lo que se merece. ¿Cuántos hay que dicen, "perdono pero no olvido?" y tenemos que preguntarnos, ¿es ese el perdón que nos dice el Evangelio? No, el auténtico perdón, el perdón cristiano, es aquel que arroja un velo sobre el pasado. El único que se nos tendrá en cuenta, porque Dios no se conforma con las apariencias, sino que sondea las profundidades de los corazones y los más secretos pensamientos, no se le engaña con palabras y vanos simulacros. El total y absoluto olvido de las ofensas es propio de las grandes almas. El rencor, en cambio, constituye siempre  un signo de bajeza y de inferioridad. No olvidemos que el verdadero perdón se reconoce con los actos mucho más que con las palabras.

En un pasaje del Evangelio, Jesús responde a Pedro; perdonarás, pero sin límites. Perdonarás cada ofensa cuantas veces te fuere inferida. Enseñarás a tus hermanos ese olvido de sí que torna invulnerable contra la agresión los malos procederes y las injurias. Serás dulce y humilde de corazón, no escatimando jamás tu mansedumbre. Harás a los otros, lo que deseas que deseas que el padre celestial haga por ti, ¿acaso no te está perdonando él, con frecuencia, sin contar el número de veces en que su perdón desciende para borrar tus culpas? Escuchemos, pues esa propuesta de Jesús y apliquémosla a nosotros mismos. Perdonemos, seamos indulgentes, caritativos, generosos, incluso pródigos de nuestro amor. Demos, porque el Señor nos devolverá, perdonemos, porque el señor nos perdonará, rebajémonos, porque el señor nos enaltecerá, humillémonos, porque el Señor hara que nos sentemos a su diestra.

Sabido es que la muerte no nos libera de nuestros enemigos. Los espíritus vengativos prosiguen muchas veces con su odio, más allá de la tumba, a aquellos a quienes siguen profesando rencor. De ahí que el proverbio conforme el cual “muerto el perro, se acabó la rabia”, sea falso cuando se aplica al hombre. El espíritu perverso espera  que aquel al que tiene ojeriza, esté encarnado en un cuerpo material, y por lo tanto, menos libre, para atormentarlo con más facilidad, atacándolo en sus intereses o en sus defectos, de ahí la mayoría de casos de obsesión y los más graves como son los de subyugación y posesión. El obsedido y el poseso son, pues, casi siempre víctimas de una venganza anterior, a la que posiblemente han dado lugar por su conducta. Dios permite que tal cosa suceda para castigarnos por el mal que han cometido o, si no lo cometieron, por no haber tenido indulgencia y caridad y no haber perdonado. En consecuencia, importa, desde el punto de vista de nuestra tranquilidad futura, que reparemos lo antes posible las injusticias que hayamos hecho al prójimo, perdonando a nuestros enemigos, antes  de la muerte. Así de un enemigo encarnizado en este mundo podemos hacer un amigo en el otro, o al menos ponemos de nuestro lado el derecho, y Dios no deja a merced de la venganza ha quien ha perdonado. Cuando recomienda Jesús ponerse pronto de acuerdo con el adversario, no es solo con miras a apaciguar las discordias durante la actual existencia, sino para evitar que las mismas se sigan perpetuando en las vidas futuras.

El espiritismo nos dice que los enemigos de una vida suelen encarnar juntos repetidas veces, formando familias para comenzar juntos el trabajo más difícil de realizar, el que se unan por medio del amor la víctima y el verdugo. Las familias formadas por enemigos  irreconciliables, abundan tanto en la Tierra que no hay números  suficientes  para formar la suma de ellas, los odios de los unos chocan con la indignación de los otros. Los lazos del espíritu son los que unen a los seres, estos sí que nunca se rompen, los de la carne se deshacen fácilmente. Lo más difícil para un espíritu es olvidar las ofensas que recibe y con su olvido perdonarlas. Por eso todas las comunicaciones de los buenos espíritus, y todas las obras espíritas que sirven de fundamento al espiritismo se ocupan del adelanto y del progreso de las personas, todos los escritores de aquí y de allá, dicen lo mismo. Sin el perdón de las ofensas no se puede escalar los cielos, hay que comprender a nuestros enemigos y hay que hacer más aun, hay que amarlos.

Muchos dirán ¡Esto es imposible! ¡imposible del todo!  Y los buenos espíritus nos dicen ¿a qué pensáis que vino Cristo? a enseñarnos el camino que debíamos seguir, a servirnos de ejemplo, su misión no fue otra que demostrarnos con hechos  la virtualidad de sus palabras. Porque si las palabras no van acompañadas de las obras, de nada sirven, son como la lluvia que cae fuera de tiempo, que no beneficia a los campos.

Dios sabe lo que hay en el fondo de nuestros corazones. Sintámonos dichosos al ir a dormir todas las noches diciéndonos “no tengo nada contra mis semejantes”. Repasemos lo que hemos hecho en el día y estemos vigilantes al día siguiente en no repetir las imperfecciones que tenemos, si creamos el hábito, llegará un momento en que nos sorprenderemos de que todo fluya, como tiene que ser.
Alguien dijo: Perdona todo y a todos sin cesar, porque los ofensores cualesquiera que sea su condición, son portadores del remordimiento como una espina de fuego clavada en su propio ser. Cada ser humano necesita del perdón, como precisa del aire, pues el amor es el sustento de la vida. No permitas, entonces, que el perdón sea nada más que un sonido musical en los movimientos de la lengua. Reflexiona acerca de cuantas veces has cometido equivocaciones también tú, que reclamas comprensión y tolerancia, y olvida las ofensas para comenzar otra vez el servicio junto a tus hermanos. Recuerda por encima de todo que cuando se perdona la bendición de Dios consigue descender hasta los debates del alma y solamente mediante el perdón, el alma consigue elevarse hacia la bendición de Dios.

Nunca subestimes el poder de tus acciones. Con un pequeño gesto, puedes cambiar la vida de otra persona, para bien o para mal, Dios nos pone a cada uno frente a la vida de otros para impactarlos de alguna manera.

Lorenzo

sábado, 4 de junio de 2016

¿Qué habéis hecho del hijo que confié a vuestros cuidados?



“¿Qué habéis hecho del hijo que confié a vuestros cuidados?”
San Agustín, 
(El Evangelio según el Espiritismo, cap. XIV, ít. 9)

En una sociedad en la que se valora el tener en detrimento del ser, lo natural es que se dé más importancia a tener hijos que a ser padres y madres.

El tener hijos está relacionado con la posesión y el dominio. Según esa visión, el hijo debe satisfacer las expectativas de sus progenitores, quienes lo consideran como un prolongamiento de ellos, un proyecto para realizar sus intereses o superar sus frustraciones.

Con el fin de lograr afecto, el hijo intenta atender a la voluntad de sus progenitores y, en ese proceso, tiene dificultad en desarrollar su identidad y puede perder la capacidad de decir no, de poner límite a las demás personas así como la espontaneidad en ser coherente con lo que piensa y siente.
Cuando no logra cumplir con las expectativas de sus progenitores o busca tomar decisiones según su propia voluntad, el hijo, aunque ya sea adulto, puede sentirse culpable, como si ello constituyera un fracaso, una falta de respeto o hasta una traición. Los progenitores, a su vez, pueden dejar de considerarlo como un buen hijo, pasar a tratarlo como un ingrato y cobrar por todo lo que le hicieron.
En esa relación de posesión y dominio, a la vez que el hijo pierde su individualidad, los progenitores no sólo conservan la suya, sino que no abren mano de su individualismo. Desean que los hijos estén a su disposición, pero ellos no están a disposición de los hijos. El tiempo de los progenitores es escaso para los hijos, pues ya está ocupado por otros compromisos y responsabilidades. De ese modo, los hijos se transforman en huérfanos de progenitores vivos.

Hay progenitores que se justifican diciendo que no tienen tiempo porque trabajan mucho para poder garantizar el bienestar de sus hijos. Aunque se trate de familias que pasan por necesidades, no de progenitores más interesados en sus carreras profesionales y en sus ambiciones personales, se debe tener en cuenta que el bienestar no se limita a lo material: los objetos no pueden sustituir el afecto. La mayor necesidad del ser humano es el amor.

La propuesta de la Doctrina Espírita con relación a este tema no es simplemente tener hijos, sino ser madres y padres. Para ello, es necesario comprender que el ser confiado a nuestros cuidados es hijo de Dios, no nuestro, lo que, lejos de eximirnos de nuestra responsabilidad, la resalta. Como madres y padres, tenemos el deber de orientar a los hijos en el camino del bien, y responderemos ante Dios por el modo como hayamos cumplido ese deber, que es una verdadera misión.

La herramienta fundamental para conducir a los hijos al bien es el amor. Solamente amando verdaderamente a los hijos es que podremos educarlos para que aprendan a amar, lo que favorecerá su perfeccionamiento y, por lo tanto, su bienestar, no sólo en la existencia presente, sino también en la vida futura.

Cuando hay verdadero amor, no hay espacio para la posesión y el dominio. Los hijos no están sometidos al autoritarismo de los progenitores, sino que deben cumplir con la voluntad de Dios, que los creó para ser Espíritus puros y, por ende, para desarrollar todas sus potencialidades. Les corresponde a las madres y a los padres colaborar, en todo lo que esté a su alcance, para que los hijos puedan alcanzar el nivel de progreso espiritual planeado para la existencia física actual.

Libres de la posesión y del dominio, los hijos maduran psicológicamente, desarrollan la capacidad de tomar decisiones y de asumir responsabilidades y, al tener respetada su identidad, cuentan con mejores condiciones de profundizar su proceso de autoconocimiento, indispensable a la transformación moral.  

A pesar de que padres e hijos preservan su individualidad, en la educación para el amor no hay lugar para el individualismo, sino se demuestra, por el ejemplo, el bienestar que generan la abnegación, la renuncia, la paciencia, la ternura y especialmente la caridad en su triple aspecto de benevolencia, indulgencia y perdón.

La educación para el amor se dirige, pues, a la conquista de las realizaciones interiores, a diferencia de otros patrones educacionales que tienen como objetivo la adquisición de las realizaciones exteriores: una posición relevante en la sociedad, posesión de bienes materiales, triunfo político, artístico o cultural, entre otras. Las realizaciones exteriores pueden generar placer, que es siempre efímero, pero, sin la base de las realizaciones interiores, suelen desarmonizar al individuo, llevarlo al vacío existencial en la vida presente y comprometer desfavorablemente su futuro espiritual.  

A fin de educar para la conquista de las realizaciones interiores,  es necesario comprender que los hijos, como todos nosotros, son Espíritus inmortales, que tuvieron existencias corporales anteriores y que, por lo tanto, traen, al renacer, experiencias y tendencias propias. Desde pequeños, los niños manifiestan inclinaciones malas y buenas, provenientes de vidas pasadas. Debemos estar atentos y hacer todo lo posible para que los hijos superen las malas inclinaciones, sin esperar que ellas echen raíces profundas, a la vez que los ayudamos a fortalecer y a desarrollar las buenas tendencias.
Si, por nuestra responsabilidad, los hijos no progresan espiritualmente, los veremos entre los Espíritus que sufren, cuando podríamos haberlos ayudado a ser felices. En esa situación, torturados por remordimientos, solicitaremos reparar esa falta en una nueva existencia física, durante la cual envolveremos a esos hijos en mayores cuidados y sobre todo en amor.

Por otro lado, si hacemos todo lo posible por el adelanto moral de los hijos y no obtenemos el éxito deseado, nuestra conciencia puede estar tranquila. A pesar de la natural amargura que podamos experimentar por el fracaso de nuestros esfuerzos, Dios nos reserva el consuelo que proviene de la certeza de que ese fracaso es solamente una postergación, pues podremos concluir, en otra existencia, la obra que empezamos en esta, hasta que los hijos sigan por el camino del bien.

¿Qué he hecho del hijo que Dios confió a mis cuidados? Es una pregunta que siempre debemos hacernos, sin esperar el término de la existencia corporal, a fin de que podamos, desde ahora, cambiar, si es el caso, la educación que le estamos dando. Si es necesario cambiarla, debemos, ante todo, cambiarnos a nosotros mismos –educarnos a nosotros mismos para el amor–, pues, para educar a los otros, es fundamental nuestro propio ejemplo. En el proceso educacional de los hijos, por lo tanto, no sólo ellos pueden progresar espiritualmente, sino también nosotros, madres y padres.
Que, en lugar de tener hijos, seamos madres y padres a servicio de Dios, cocreadores de la obra divina, instrumentos de auxilio para que los hijos confiados a nuestros cuidados cumplan fielmente con el planeamiento establecido para su existencia física actual y sean hombres y mujeres de bien. Si así lo hacemos, también avanzaremos en el camino del bien y, juntos con los hijos, formaremos una familia unida por los lazos indestructibles del amor.

Simoni Privato Goidanich

Referencias bibliográficas:
- El libro de los Espíritus, Allan Kardec.
- El evangelio según el espiritismo, Allan Kardec. 
- Serie Psicológica de Joanna de Ângelis

Terapia desobsesiva


"¿Cómo te llamas? Y respondió: Legión me llamo, 
porque muchos somos" (Marcos 5:1-19)


De entre toda la terapéutica espírita: atención fraterna, estudio, fluidoterapia, desobsesión, etc., esta última, conlleva expresiva relevancia tanto por su importancia intrínseca como por su delicada práctica.

Allan Kardec describe la obsesión espiritual (en su fase más simple) como la influencia que ejerce un espíritu sobre determinado individuo que se afina con él a nivel mental. Y como convivimos en un universo de ondas pensamiento y vibraciones mentales que se interpe-netran, todos, en mayor o menor medida, participamos sino de obsesiones en su sentido pleno, sí de interferencias e ideas fijas que no nos hacen nada bien.

El abordaje científico y moral del Espiritismo enfatiza este asunto de la obsesión espiritual como siendo una pandemia psíquica que acompaña al mismo ordenamiento íntimo y social del hombre de todas las edades. Y es que en el pensamiento contemporáneo el Espiritismo es la primera escuela filosófica que saca a dominio público esta realidad consustancial a la psicología humana y al vasto y a veces sutil entramado de las relaciones, así como, además, ofrece la profilaxis más integral para su tratamiento.

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Cierto que este asunto de la parasitosis psíquica no es de planteamiento exclusivo del Espiritismo (pertenece a la noche de los tiempos)… En los mismos Evangelios ya existía esta terapia desobsesora mencionada como “echar fuera demonios” y que no era practicada solo por Jesús y sus apóstoles, sino que formaba parte del culto general de los primeros cristianos, antes de la hegemonía católica y el ordenamiento del clero romano. Es interesante anotar que se le llamase “espíritus inmundos” o “demonios”, siendo este último adjetivo una demo-nización de la expresión griega daimon, es decir; “espíritu”, que podía ser positivo o negativo (el propio Sócrates hablaba abiertamente de su daimon o espíritu guía).

De tal manera, en el medio espiritista, echar o expulsar demonios podemos traducirlo tranquilamente como “conducir” o “tratar” espíritus…

Sea como fuere muchos de los seguidores de Jesús (apóstoles, pero también judíos convertidos a la nueva fe, gentiles, gentes ilustradas, pueblo llano, etc.), se educaban durante un tiempo razonable para desarrollar estas prácticas de la manera más conveniente y dentro del marco del mensaje de paz y amor del Nazareno…

“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad antes si son de Dios” (I Epístola de Juan 4:1)
Los cristianos de la primera hora instruían a las almas inferiores que influían mentalmente haciendo daño a sus víctimas encarnadas, ayudándoles a romper sus resistencias psíquicas y trascender a regiones más elevadas del plano espiritual.

Dieciséis siglos más tarde, el espiritismo (afín por esencia al mensaje original del primer cristianismo) recupera esta terapia denostada por el totalitarismo religioso de los siglos posteriores, y lo hace por mediación de los Espíritus Superiores que inspiraron la Revelación espírita del siglo XIX, sabedores del flagelo que la obsesión produce en los escenarios del mundo, y de la paz y la luz que la terapia desobsesiva puede otorgar a determinados tormentos del psiquismo humano domiciliado en uno u otro lado de la existencia.

Los espíritas, carentes como el resto de la humanidad de la magnitud espiritual del Galileo, pero, a semejanza de sus seguidores de otrora, imperfectos pero voluntariosos, conscientes del papel libertador del servicio desinteresado, continúan hoy realizando esta terapéutica del diálogo y el amor, tal como exhortaba el mismísimo Galileo, pero también personajes de la talla de Pablo de Tarso (en sus recomendaciones de la I Epístola a los Corintios), Juan el discípulo amado o Hermas.
Hay un motivo más para contribuir en este tipo de tratamiento del psiquismo colocado al servicio de la caridad, y es que todos, en esta o en pasadas existencias, hemos sido verdugos encarnados o desencarnados, todos en mayor o menor medida hemos andando por las sombras y necesitados de luz y apoyo sin condiciones. Por esto, casi todos, podemos ser candidatos y prepararnos para este servicio inmemorial que el Espiritismo trajo de nuevo, rescatado de los pliegues del tiempo y de la persecución de los felices y poderosos… y lo hizo de manera fraternal y didáctica en 1861, dentro de la configuración del inmortal: "El libro de los Médiums".

Kardec, el pedagogo, pero también el iniciado y benefactor de la Humanidad, inspirado por “las Voces de los Cielos” (los Espíritus Superiores guías de los hombres), retoma la terapia desobsesiva en la 2ª obra de la Codificación ya mencionada, y lo hace no para una minoría de escogidos (como en los Misterios del pasado), sino para los buscadores e iniciados de los nuevos tiempos que inspirados por la luz bendecida del Espiritismo, deseen colaborar en la obra de regeneración y liberación de las conciencias.

El maestro de Lion, asesorado por el Espíritu de Verdad, aborda las prácticas esotéricas de los primeros cristianos y de los gnósticos, y lo hace dentro de una óptica positivista, racional y moral, configurando una de las terapias más esenciales de la Doctrina de los Espíritus, donde obsesor (espíritu) y obsesado (hombre o mujer) tienen un encuentro con su yo interno y les es facilitado el despertar de sus conciencias cristalizadas en el tiempo.

Los espíritas (siempre cuando reúnan las condiciones mínimas para ser respaldados por los Hermanos superiores), en reuniones especiales de contenido íntimo, acogen a las entidades atrapadas en las fajas vibratorias del bajo astral, y ateniéndose a las directrices de la psicoterapia espírita pueden ayudar a las almas a recobrar su cordura y trascender al Mundo Superior que Jesús llamó el “Reino de los Cielos”.

Juan Manuel Ruíz 
"Asociación Espírita José Grosso", Córdoba