domingo, 23 de noviembre de 2014

La gratitud



La gratitud es uno de los sentimientos que menos nos trabajamos habitualmente. Tendemos a pensar que la gratitud es un sentimiento consecuencia de recibir un bien o un favor, pero pocos ven la gratitud como una actitud que necesita cultivarse en el día a día.

Muchas veces, no nos mostramos agradecidos pensando que no tenemos nada que agradecer, cuando realmente lo que ocurre es que nos falta la actitud de gratitud ante la vida.

La gratitud es a la vez un sentimiento que trae luz y calor a nuestro interior y una emoción exterior, que en ocasiones incluso es capaz de hacernos cambiar nuestras pautas de comportamiento con la finalidad de mostrar agradecimiento.

Reflexionemos sobre la gratitud y comprendamos su profunda influencia sobre la psicología humana, su relación con la alegría, la esperanza y la fe, su oposición al orgullo y al egoísmo, y la necesidad de cultivarla.

Gratitud y alegría
Todos los aspectos o sucesos que nos ocurren en nuestra vida tienen algo que debemos agradecer por nuestra parte. Ver esto es fundamental para cultivar la alegría a través de la gratitud en nuestro interior. De esta forma, no necesitamos nada material para tener gratitud en la vida. Únicamente debemos hacernos conscientes de todo lo que nos es dado y que todo lo que tenemos a nuestro alrededor empezando por nuestra vida, es todo lo que necesitamos realmente para nuestro adelanto espiritual. Realmente no poseemos nada, somos usufructuarios de todo lo que tenemos, puesto que nada es nuestro para siempre, salvo nuestras conquistas íntimas. Cada minuto de nuestra existencia es una victoria de la vida como generadora de experiencias sobre las tinieblas de la ignorancia y por lo tanto, cada minuto es motivo de alegría y gratitud. De esta forma, la gratitud muestra la capacidad de estar alegres sin motivo especial alguno.

La pérdida que nos genera tristeza de forma natural, no debe alterar nuestro estado de gratitud. Podemos estar tristes, naturalmente, pero agradecidos, puesto que de todo se aprende. Todas las pruebas de la vida tienen un porqué y un objetivo para nuestro adelantamiento moral, la mayoría de las cuales fueron programadas antes de nuestro nacimiento, en la fase de preparación de la actual encarnación, y nos fueron presentadas para nuestro consentimiento. Muchas veces, cuando renegamos de nuestra suerte, estamos renegando de aquello en que nos comprometimos y por tanto, estamos fallándonos a nosotros mismos y toda la espiritualidad que tanto esfuerzo realiza por nuestro adelanto. Debemos agradecer todo el bien y el mal que nos ocurre, porque el verdadero mal es no agradecer y despreciar todas las oportunidades de crecimiento. Desde este punto de vista, la ignorancia primero ataca a la gratitud, nos ciega ante la realidad y luego nos lleva al egoísmo.

Gratitud, orgullo y egoísmo
No se puede ser grato y egoísta a la vez en la misma circunstancia.

Si no ves la forma de dejar de ser egoísta piensa en cómo actuarías siendo agradecido, practícalo y aprende. Si tenemos necesidad de comportarnos egoístamente, es porque nos falta la seguridad que nos da el conocimiento espiritual de la gratitud por saber que estamos protegidos, apadrinados por la espiritualidad superior.
La gratitud, por los sentimientos de unión que genera, es contraria al orgullo. Nos cuesta ser gratos con quienes más orgullo desarrollamos hacia ellos. Nuestro orgullo se debilita cuando tenemos que agradecer algo y muchas veces nos cuesta tanto que casi somos incapaces de hacerlo. El orgullo puede no permitirnos recibir una ayuda simplemente para luego no tener que agradecer. La gratitud es por tanto un gran enemigo del orgullo porque tiene la fuerza de destruirlo desde dentro, por la fuerza del deber y su falta puede considerarse un buen indicador del nivel de nuestro orgullo. La gratitud es, por tanto, una demostración de humildad.

El orgullo espiritual, tan difícil de descubrir a veces, se destapa claramente cuando somos incapaces de ser agradecidos ante un acto hacia nosotros de caridad, un buen consejo o una enseñanza que podamos recibir. Nuestro orgullo espiritual, ante una circunstancia o mensaje esclarecedor, a veces se siente agredido y hace que nos cerremos a su entendimiento para evitar que nos sintamos agradecidos.

Este orgullo nos hace pensar que sabemos todo y que poco tenemos que agradecer al que predica por el ejemplo. La capacidad de agradecer nos acerca a los demás y nos habilita para escuchar de forma más activa, con mayor implicación.

El orgullo que manifestamos en nuestro hogar también se descubre cuando analizamos los sentimientos de gratitud hacia nuestra familia. ¡Cuántas veces somos ingratos con nuestros padres porque nos creemos con derecho a recibir todo lo que nos dan! Somos ingratos con nuestros hijos cuando no valoramos su esfuerzo o nos imponemos sobre ellos en base a nuestra posición de adulto dominante.

El mandamiento de honrar a tu padre y a tu madre sólo se puede cumplir demostrando gratitud hacia ellos. Este agradecimiento nos permite ver el deber donde otros ven una carga. De la misma forma, la gratitud hacia Dios nos impulsa a cumplir nuestro deber ante las vicisitudes de la vida como la mejor forma de agradecimiento por todo lo concedido.

Gratitud y reforma moral
El sentimiento de cumplir con el deber como muestra de agradecimiento, es una verdadera palanca que nos impulsa hacia la reforma moral.

En ocasiones un espíritu endurecido en el error, alcanzando la hastiedad, no encuentra forma alguna de practicar el bien en su desesperación. El dolor llega a ser tal que en un momento de lucidez pide ayuda de corazón y es ayudado. Desde ese momento la gratitud será la palanca que le motivará para cumplir el deber como necesidad de agradecimiento. Sólo cuando se siente en deuda ayudado descubre la necesidad de ayudar, cuando siente la ayuda recibida se propone esforzarse para dar. Se siente en deuda y empieza a sentir el deber que le espera. La necesidad de cumplir el deber como agradecimiento empieza una espiral de buenas acciones que desembocará en su propia rehabilitación. El bien llama al bien en un circuito infinito que nos llevará juntos de camino hacia la eternidad.
Gratitud y esperanza
La gratitud es un remedio de muchos males porque nos permite cambiar el punto de observación desde una perspectiva más espiritual. Cuando nos quejamos mostramos nuestra falta de gratitud, porque si la queja demuestra un mensaje de insatisfacción a los que me rodean o hacia Dios, la gratitud es un mensaje de satisfacción que alimenta la esperanza.

Si no sabes dejar de quejarte, cambia de actitud y se agradecido. No es posible quejarse y dar gracias a la vez. La queja es un reclamo del que no tiene suficiente mientras que el agradecimiento muestra la satisfacción del que tiene esperanza.

La queja constante sobrecarga a los demás mientras que siendo agradecidos les damos fuerzas para que sigan cumpliendo con su deber.

Análogamente con la queja, no podemos criticar a quien me inspira agradecimiento. Agradezcamos y no critiquemos puesto que todos estamos justamente en la posición en que merecemos estar y nuestro futuro dependerá de la calidad que alcancemos en nuestras relaciones humanas.

Gratitud y Fe
Mientras que la Fe Ciega puede convivir sin la gratitud y sin amor, alimentada por el miedo y el desconocimiento que brinda la ignorancia, la Fe Razonada, al contrario, se desarrolla ante el asombro creciente que nos brinda el Conocimiento. Esta iluminación que produce el Conocimiento sobre la conciencia, despierta la gratitud hacia el Creador alimentando la Fe que llamamos razonada, al sustentarse completamente en la ciencia. Por lo tanto, la Fe no existe sin gratitud hacia el Creador. La gratitud a Dios es la palanca que nos eleva espiritualmente conforme interiorizamos la necesidad de cumplir nuestro deber como agradecimiento. Conforme más agradecidos nos sentimos hacia Dios mayor es el deseo de entregarnos a su causa, desprendiéndonos de nuestros intereses, posesiones, ego, etc.

La gratitud es el impulso que nos empuja a desprendernos y a cumplir el deber en todos los niveles espirituales por los que vamos avanzando.
Demos gracias en todo momento.

José Ignacio Modamio
C.E. "Entre el Cielo y la Tierra"

viernes, 21 de noviembre de 2014

Depresión: visión médico-espírita



La depresión es la segunda enfermedad mental que más prevalece en el mundo, sólo superada por la ansiedad y afecta del 2 al 19% de la población mundial, representando el 30% de las consultas en las diferentes especialidades médicas, debido a los innumerables síntomas físicos que produce, que llevan a la persona al médico o a otro profesional de la salud, muchas veces sin sospechar de que se trata de depresión.

Emociones naturales
Normalmente se confunde tristeza con depresión. La tristeza es una emoción natural, que debe ser vivida y que produce un movimiento en el alma. Las emociones son como un río, que cuando fluye de forma natural nutre los márgenes y genera vida a lo largo de su flujo y recorrido. Pero cuando hay una barrera en el río, un lado sufre inundaciones y el otro se seca. Así ocurre también con las emociones. Cuando se viven con la comprensión de su función psico-afectiva, ayudan al movimiento del alma y pueden ser extremadamente beneficiosas. La tristeza, según la autora brasileña Marta Medeiros, es el “trastero donde revolvemos nuestras cosas guardadas”. El alma también tiene un cuarto donde guardamos pensamientos, sentimientos, sueños, experiencias traumáticas, idealizaciones y proyectos, entre otros, que nos requieren atención. Cuando miramos hacia lo que nuestra tristeza revela, estamos caminando en el sentido del autodescubrimiento, de la autosuperación y del autodominio, esenciales en el proceso evolutivo. Como en el luto, por ejemplo, en que la tristeza natural nos ayuda en el proceso de adaptación y desapego, fundamentales para el establecimiento de nuevos ciclos y fases de crecimiento personal.

Vivimos en una era de grandes desafíos emocionales. La crisis de valores éticos y la desconexión consigo mismo y con la vida, lleva al ser humano a sentirse desamparado y a encarar las emociones como enemigas, buscando formas de anestesiarlas. Muchas personas acuden al médico queriendo medicarse contra la tristeza, mediante antidepresivos y ansiolíticos, en un proceso de alienación de sí mismos.  Es cierto que hay medicamentos que pueden ayudar a pasar una fase de luto, por ejemplo. Sin embargo, la tristeza no es depresión y es necesario vivirla, sentirla y superarla, dando lugar a una nueva fase de alegría, que también pasará a su vez, dando lugar a otra fase de tristeza, así como la naturaleza tiene sus estaciones de verano e invierno que pasan, generando movimiento y vida.
Señales y síntomas:

La depresión es mucho más profunda que la tristeza y se caracteriza por los siguientes síntomas, según el CID10 (código internacional de las enfermedades) y el DSM4 (Manual de diagnóstico y estadística en salud mental):

- Estado depresivo: Sentirse deprimido la mayor parte del tiempo, por lo menos dos semanas.
 - Anhedonia: Disminución del interés o pérdida del placer de realizar actividades rutinarias.
- Sensación de inutilidad o culpa excesiva, que afecta a la mayoría de los pacientes.
- Dificultad de concentración: Habilidad frecuentemente disminuida para pensar y concentrarse.
- Fatiga o pérdida de energía.
- Trastornos del sueño: Insomnio o hipersomnia prácticamente diarios.
- Problemas psicomotores: agitación o retardo psicomotor.
- Perdida o aumento significativo de peso, en ausencia de dieta.
- Ideas recurrentes de muerte o suicidio (lo que caracteriza, por sí solo, depresión grave).

La etiología (causa) de la depresión, de acuerdo con la Medicina, es multifactorial, involucrando factores genéticos, bioquímicos (deficiencia de neurotransmisores específicos), hormonales y factores psicosociales. Puede ser primaria, sin factores orgánicos que lo expliquen, o secundaria, cuando es resultado de alguna enfermedad como el hipotiroidismo, por ejemplo.
Entre las posibles causas biológicas de la depresión primaria podemos citar, una dieta deficiente en aminoácidos específicos necesarios para la formación de neurotransmisores, la falta de actividad física (que produce endorfinas, substancia responsable de la sensación de placer) y tomar el sol (responsable de la formación de vitamina D y de la vitalidad orgánica).

Desde el punto de vista psico-espiritual, sabemos que el espíritu controla el cuerpo por medio de las corrientes de pensamiento y sentimiento que operan en el universo subatómico, activando genes y controlando su funcionamiento, tal como lo explica benefactor Andrè Luiz. Esto ha sido confirmado por investigaciones recientes en el campo de la epigenética, que demuestran que una serie de moléculas presentes en la membrana celular y en el núcleo, así como en el citoesqueleto del citoplasma, actúan regulando la expresión de los genes y por lo tanto la vida orgánica. Sólo el 20% de los genes están permanentemente activados. El otro 80%, entre los cuales se encuentran los genes de la depresión, tienen que ser ligados y desligados por mecanismos biomoleculares complejos que controlan la célula. Moléculas que son formadas en el organismo por la interacción de los sistemas o derivadas de la dieta y de las substancias ingeridas o absorbidas por el organismo. De tal forma que el individuo no es esclavo de su genética, sino señor de su cuerpo, controlándolo a través de patrones de pensamientos y sentimientos conscientes o inconscientes que actúan en el universo atómico, regulando las moléculas organizadoras de la genética celular.

Causas psicoespirituales
Necesitamos, por lo tanto, conocer esos patrones psico-espirituales, que están en la base del proceso depresivo. Según la benefactora Joanna de Ângelis, podemos enumerar algunas posturas del alma que causan la depresión:

1.- Nostalgia debido a experiencias felices o a pérdida de bienes, dádivas de placer o alegrías.
Cuando nos quedamos presos de lo que ya pasó, negándonos a separarnos, adaptarnos o crecer, se puede establecer en el alma un proceso de fijación malsana con el pasado, de naturaleza autodestructiva, ya que la vida es crecimiento y expansión continuas. Esta va desde la fijación en las relaciones, etapas felices, vidas pasadas y experiencias traumáticas hasta negarse a dejar de lado patrones, en la tentativa ilusoria de mantener la permanencia en un universo imperante, en continua expansión.

Muchas veces lo que hay es una postura de rebeldía espiritual, en la que el individuo quiere vivir la vida a su manera, sin comprensión de las leyes del universo. Por detrás de esta postura hay una “voz consciente o inconsciente que le dice: ya que no tengo la vida que quiero, no acepto la vida que tengo”.

Gran parte de las personas tratan con la vida y con Dios como si el Padre fuese el mayordomo y tuviese que servir a sus hijos, al revés de educarlos. Exigen, chantagean, piden y si la vida no les ofrece lo que pidieron, de la manera cómo lo pidieron, entonces se revelan, a veces silenciosamente, cerrándose hacia el movimiento de expansión y adaptación necesarios al progreso. Se olvidan de que la vida es abundancia de amor y recursos, siempre lista para ofrecer lo necesario y lo esencial. Sin embargo, frecuentemente le pedimos a la vida lo que deseamos, lejos de lo esencial y así desconectamos de la propia alma. Desánimo, base de la depresión, significa desconexión con el alma (ánima, del latin, alma). Es necesario, por lo tanto, reconocer que la vida no se equivoca de rumbo y que estamos todos inmersos en el amor divino incondicional, que nos conoce íntimamente. Cuando las experiencias de la vida nos visitan, son atraídas por nuestras necesidades, deseos y posturas interiores (que están en la posibilidad de nuestro control) o establecidas por la sabia planificación reencarnatoria que objetiva nuestra madurez espiritual. Conviene que aprendamos esto a fin de aceptar la sabiduría de la vida y seguir el flujo de amor que nos quiere despertar hacia la vida infinita.

2.- Prisionero en el sentimiento de piedad por sí mismo, falta de fe en sí mismo y en Dios.
El victimismo es el camino más rápido hacia el fondo del pozo. Creer que los responsables de nuestra infelicidad son los otros y no nosotros mismos, nos lleva a un estado de paralisis del afecto y del crecimiento personal. Nadie nos puede perjudicar sin nuestro consentimiento, porque los otros actúan como quieren, pero nosotros interpretamos los hechos conforme a los valores y al significado que tiene para nosotros. Como decía Nietsche: “No existen hechos, sino interpretaciones”. Cuando cambiamos la forma de ver la vida, la vida se renueva. Si nos ofrecemos lo que es esencial y nos miramos con los ojos de amor del Creador, las circunstancias pueden abatirnos, pero nada nos puede paralizar. Hay que creer en sí mismo y verse como un digno hijo de Dios, lleno de posibilidades y recursos. Si la culpa se instalase, es fundamental evitar el remordimiento, hijo del orgullo, que paraliza el alma, conduciendo al sufrimiento innecesario y a la depresión, y acoger en el alma el arrepentimiento, hijo de la humildad, que lleva a la reparación por medio del bien y a la madurez.

3.- Encerrarse en sí mismo como defensa para no tener contacto con sus dolores.
Las heridas del alma duelen de todos modos. Huir de ellas no nos exime de sentir su efecto. Cuando no encaramos nuestras heridas, duelen profundizándose. Cuando las encaramos y cuidamos de nosotros mismos, duelen cicatrizando. Somos nosotros quienes elegimos el dolor que mata o el dolor que cura.

4.- Consecuencia de los movimientos de represión, tristezas, incertidumbres, miedos, celos, ansiedades, están en la base del proceso.
Los sentimientos de carencia, posesión y celos son expresiones del ego superficiales, para las que las la psicoterapia encuentra recursos de protección, promoviendo el perdón (sin el cual no hay cura) y el autodescubrimiento. Sin embargo, cuando miramos hacia lo que es esencial en el alma, sólo hay un lugar para un sentimiento: gratitud. Independientemente de lo que hemos vivido, tenemos todo lo que necesitamos, somos capaces de conseguir la autosuperación y el autodominio. Si honramos la vida que vibra en nosotros, nos inclinamos agradecidos delante de las fuentes que nos la ofrecieron, nuestros padres biológicos, y percibiendo su amor podemos abastecernos de lo que es esencial. Cuando el árbol tiene raíces en el suelo soporta tempestades y produce en abundancia. Nuestros padres son el suelo de la vida, amor que representa el amor de Dios junto a nosotros. Incluso cuando nos hayan hecho daño, nos han dado la vida, que es infinita y suficiente. Si nos fijamos en esta vida y en este amor, tenemos lo que es esencial y dejando la crítica y el victimismo, encontramos la fuerza, el vigor y la alegría de vivir.  

5.- Negación del amor y exigencia de ser amado.
La carencia afectiva es la consecuencia de la desconexión con nosotros mismos y con Dios. El amor que nos hace falta no es el amor que no se tiene y sí el que se guarda en la intimidad del alma. El amor es la estructura de la vida. Vibra en nosotros como la Naturaleza. Está oculto en lo más profundo de nosotros como el diamante en el seno de la tierra. Hay que cavar en las capas del ego que lo esconden permitiendo que salga a la superficie y haga brillar la luz de Dios que hay en nosotros, de manera singular y efectiva. El amor que viene de fuera es atraído por el amor que nace de dentro.
Además de estas (y muchas otras) causas, añadiremos los fenómenos obsesivos espirituales, que pueden causar o agravar la depresión. Como la mente es una antena que emite y capta ondas específicas, de acuerdo con el libre albedrío del espíritu, estamos en todo momento conectados con aquellos que afinizan y sintonizan con nosotros, no sólo mediante la onda mental irradiada, sino sobre todo por el sentimiento cultivado en el alma. Estos funcionan como ganchos psíquicos que nos conectan a los espíritus que se sienten de la misma manera que nosotros o que manipulan nuestra mente y vida emocional, al servicio de la venganza, envidia o deseo de poder. Para vencer la obsesión, el camino es el del autoconocimiento y el de la renovación moral que modifican nuestra sintonía con la vida.

Tratamiento  
El tratamiento para la depresión consiste en una dieta equilibrada, tomar el sol de 10 a 15 minutos diarios, ejercicio físico (muchas veces supone un gran esfuerzo para la persona con depresión, que no consigue ni siquiera salir de la cama o de su casa y necesita el apoyo de la familia y amigos para conseguirlo), uso de medicamentos específicos y psicoterapia, así como tratamiento espiritual.
Los fármacos antidepresivos actúan en el sistema nervioso central, afectando a las sinapsis, la comunicación entre las neuronas, provocando que el nivel de neurotransmisores se altere modificando el humor. Son recursos necesarios en la depresión de moderada a grave (la leve se puede tratar sólo con psicoterapia), que alivian y aportan al enfermo condiciones para beneficirse del bienestar físico que posibilita aprovechar mejor el trabajo psicológico de autoconocimiento y autosuperación, para lograr la cura.

La psicoterapia deber ser la que ayude al individuo a salir del victimismo y asumir la vida con consciencia de su poder real, el del afecto, ayudándole a conectarse con el amor real y esencial.
El tratamiento espiritual consiste en la renovación moral, además el individuo pude beneficiarse de la fluidoterapia a través de los pases, que renuevan las energías del cuerpo físico y del periespíritu, del agua fluidificada, que se transforma en un medicamento saludable ofrecido por los buenos espíritus en nombre de Dios.

Beneficiándose de todo esto, la persona podrá comprender que la depresión es un estado pasajero de desconexión con el alma y con el amor, que invita al ser a la autotransformación por el poder del amor. El estado natural del hombre es el de la alegría de vivir, en sintonía con la abundancia del universo y el amor incondicional del Padre. Ante esto solo cabe el esfuerzo de hacer de la vida la mejor posible, en el cumplimiento de los deberes y en el crecimiento continuo albergando en el alma la postura de la gratitud, con humildad y alabanza, diciéndole a la vida: “Sea hecha, Señor, tu sabia y amorosa voluntad”.
Andrei Moreira
 Andrei Moreira es médico formado en la Faculdad de Medicina de la Universidad Federal de Minas Gerais. Especializado en homeopatia. Presidente de la Asociación Médico-Espírita de Minas Gerais, desde 2007.

martes, 18 de noviembre de 2014

Espiritismo sin fronteras


Las voces del infinito vinieron a dar tea a nuestra oscuridad. Con sus voces de fuego, reavivaron la chispa de nuestra eternidad. Como un nuevo Pentecostés, libre de la censura eclesiástica, libre de su intento de dominio, como si sólo fuera cosa de santos o propio del genio maligno. Estas voces amigas, hermanas, queridas, son las de los seres que abandonaron esta vida antes de nosotros. Que nos aguardan.

Ellos hablaron a los corazones, trajeron luz al siglo de la incertidumbre, de la incredulidad, el de la muerte de Dios, la muerte del dios que ya no servía, pues es el fin de la época de sumisión y vana servidumbre. La humanidad ha crecido y se rige por su propio raciocinio. Tiene cultura, cosa que no tenía antes. Tiene posibilidad de verificar lo que les dicen, cosa que antes era imposible; el dogma acampaba por todas partes.

Estas voces queridas, libres ya para la comunicación continua, trajeron a la humanidad el clamor de la nueva esperanza. La que tanto había sido sepultada y que sólo unos pocos conocían. Fuera logias, fuera secretismos. ¡A plena luz del día!

Las religiones que violaron su mensaje de amor fraternal, cerniendo muros insondables, se desquebrajaban ante las verdades que ellas en sí contienen. Recordadas por los seres de ultratumba.
Nació el espiritualismo moderno, Espiritismo bautizado por Allan Kardec, el codificador de los mensajes que llegaban por doquier. Y las viejas pasiones reprimidas rompieron los yugos que las mantenían subyugadas. Europa se cernía en múltiples revoluciones y guerras. Pues todo era cambio en el siglo XIX, el siglo de su nacimiento.

Se habló de la religión de los espíritus, craso error, nada nuevo traía el espiritismo, sino desbancar las falsedades añadidas a los credos ya existentes, debidos a la mano humana, interesada en mezclar los intereses políticos con las directrices de sus religiones. Los espíritus hablaron del fin de la esclavitud, del fin de la pena de muerte, de verdadera igualdad entre hombres y mujeres, de la necesidad de un mundo más justo a través de la educación universal, la cual había de asentarse más en la comprensión y estimulación emocional, que en la adquisición alocada de conocimientos impersonales.

No habló de un credo superior a ninguno, ni de la necesidad de ser religión; filosofía espiritualista puso Kardec en el frontispicio del libro clave: Libro de los Espíritus; y dijo que era ciencia, pues los nuevos tiempos ya eran llegados.

Cualquier persona, sea cual sea su credo o no credo, podía abrazar los postulados base del espiritismo. Pues su voz era clara y contundente, maciza; lejos de la melifluidad de otras doctrinas.
Hoy día hay corrientes que se engañan y tratan de hacer religión al espiritismo. Cuando éste es de todos y todas, no sólo de un credo, sea el que fuera. Jesús es un modelo a seguir según la respuesta 625 del Libro de los Espíritus, pero ello no indica nada más al respecto. Para el espiritismo no es Dios, sino un enviado. Y se nos presenta su doctrina depurada de los intereses mundanos, como una base racional para guiar nuestra conducta. No como la única posible, sino que en ella, tal cual la explicaban los espíritus, se halla la esencia de todas las demás habidas. Pues se va a la pureza de la enseñanza: la pureza del mensaje de Jesús, la del profeta Mahoma, la de las máximas de Confucio, o de la sabiduría de Buda, etc. Sin ser ninguna tal cual las conocemos lo que el espiritismo nos revela. Siendo todas respetables, pero con la mira puesta en la existencia clara de un mundo extracorpóreo; que el espiritismo demostraba con fehacientes hechos y datos, dado su carácter científico: en los investigadores serios que no se arredraban ante las inconveniencias de un paradigma científico todavía precario, para poder abarcar toda la riqueza que nos proponían los efectos investigados.

Dados estos hechos, la posibilidad de la comunicación con nuestros seres queridos, éstos se comunicaban según habían sido, pero con su concepción un tanto maravillada ante los nuevos hechos que vivenciaban en el otro plano. Ahí al comunicarse, seguían con sus antiguas creencias, pero con matices diferenciados. Algunos se sentían engañados, por su falso celo en actitudes premiadas por los humanos, pero no acordes con la “justicia divina”; justicia muchas veces de sentido común, que cualquiera lejano del fanatismo sabe aprehender cabalmente. Y muchos sentían liviandad, al ver que era todo mucho más hermoso de lo que pensaban. O sentían pesar si su actitud había sido mezquina para sus allegados.

He aquí la grandeza de esta gran enseñanza espiritual. El Consolador Prometido, en palabras de Jesús. Pero no únicamente para los cristianos, sino para todos, sean cuales fuera su credo. Pues la hermandad más allá de la muerte, la libertad de elección del libre albedrío, la posibilidad de comprender, conocer y estudiar, hacen esta filosofía espiritualista, todo un compendio que aglutina el buen hacer de todo librepensador/a.

Corazones listos para el amor, mentes dispuestas para la comprensión. Ser humano en evolución.

Jesús Gutiérrez Lucas