domingo, 8 de diciembre de 2019

La glándula pineal

La glándula pineal



Mucho hemos oído hablar sin duda sobre lo que en lenguaje poético se suele llamar “el tercer ojo” a través de las diferentes corrientes místicas, pero aun no nos hacemos una idea aproximada de todas sus capacidades. Hoy hablaremos por tanto de la “glándula pineal” y sus diversas funciones.

La Glándula Pineal o Epífisis es una glándula neuroendocrina que regula el ritmo circadiano. Es una estructura cónica aplanada con forma de piña, de ahí su nombre.

En los seres humanos está ubicada en la pared posterior del tercer ventrículo, cerca del centro del cerebro y a la altura de los ojos.

Posee dos tipos de células denominadas: pinealocitos y células intersticiales. Además de estos dos tipos de células, también posee unas formaciones calcáreas conocidas como acérvulos cerebrales o arenilla cerebral. Estas formaciones parecen ser producto de la precipitación de fosfatos y carbonato de calcio: Cristales de Apatita.

Los cristales son detectables ya en la infancia y aumentan en cantidad conforme pasan los años.
La glándula pineal tiene varias funciones vitales, incluyendo la secreción de melatonina, la hormona que causa el sueño y regula varias funciones endocrinas.

Responde a las variaciones de la luz que se producen a nuestro alrededor y se activa ante la carencia de esta para segregar melatonina.

También segrega endorfinas que provocan una mayor tranquilidad y permite relajar los sentidos induciendo al sueño. Si hay una reducción de actividad se pueden dar casos de estrés, fatiga, mal humor, depresión, trastornos del sueño, rendimiento profesional disminuido etc.

Fisiológicamente, junto con la glándula del hipotálamo, la glándula pineal controla el deseo sexual, el hambre, la sed y el reloj biológico que determina el  proceso normal de envejecimiento del cuerpo.
En resumidas cuentas, la glándula pineal es algo más que nuestro tercer ojo. Es un pequeño director de orquesta inspirado por la luz del sol, ella es quien acompasa de modo sutil nuestros ciclos, nuestros instantes de relajación, nuestro despertar a la madurez…

Es ese vórtice energético que nos ofrecería un tipo de percepción que iría más allá del sentido de la vista.

Si echamos una mirada hacia atrás en la historia podemos constatar que hace más de dos mil años, la glándula pineal, o epífisis, ya era tenida como la sede del alma.

Sabemos que la glándula pineal fue descrita por primera vez en el siglo III a. C. Fue Herófilo de Calcedonia y le atribuyó unas funciones muy particulares; vio en la glándula pineal una válvula capaz de regular nuestro pensamiento.

Más adelante, Galeno de Pérgamo ya le dio una explicación un poco más ajustada y certera. La describió como una glándula del sistema nervioso.

La verdad es que el célebre Galeno no iba mal encaminado.

El filósofo y el matemático francés René Descartes en “Carta a Mersenne” de 1640, afirma que “existiría en el cerebro una glándula que sería el local donde el alma se fijaría más intensamente.”
Descartes decía de esta pequeñísima glándula, alojada justo en el centro de nuestro cerebro, que era el “asiento» del alma y el núcleo donde se gestaban todos nuestros pensamientos”.

Un estudio llevado a cabo en el 2016 en la Universidad de Shangai, se descubrió algo interesante: una relación directa entre nuestra salud cardiovascular y la glándula pineal.

La melatonina producida por parte de esta glándula excepcional tiene un impacto muy positivo en nuestra tensión arterial, en la fortaleza y elasticidad de nuestras venas y arterias y en la resistencia de los músculos cardíacos.

Este trabajo concluyó con algo que vale la pena tener en cuenta: la melatonina puede usarse para tratar enfermedades cardiovasculares.

Estamos pues, ante un tipo de glándula que, a pesar de estar ubicada justo en el centro de nuestro cerebro, es increíblemente sensible a nuestro entorno.

Es un pequeñísimo faro biológico en el ser humano y un órgano vestigial en algunos animales.
La glándula pineal es una llave maestra que traduce las señales de nuestro entorno en respuestas endocrinas.

La epífisis cerebral nos permite además potenciar nuestros instantes de calma para conectar mejor con nosotros mismos. Las personas que practican la meditación, por ejemplo, experimentan una sensación placentera gracias a que la glándula pineal segrega endorfinas, recompensándonos así con esos instantes enriquecedores donde cuerpo y mente se hallan en armonía.

En los estados de conciencia alterados, las dimensiones espirituales de la realidad pueden ser directamente experimentadas de un modo tan convincente como nuestra experiencia del mundo material, si no más aún.

El estudio detallado de estas experiencias demuestra que no pueden ser explicadas como productos de una enfermedad mental, sino que son reales.

Frecuentemente la glándula pineal surge como el centro de nuestra relación con otras dimensiones, esto es así en variadas corrientes religiosas y místicas desde hace millares de años.
No obstante, si recurrimos a la explicación de la “ciencia del espíritu” la amplitud de respuestas y conocimientos precisos se nos antojan más que suficientes al colocar en el “principio espiritual” (el alma humana, independiente del cuerpo) la base y el origen aparecen perfectamente lógicos sin anormalidad alguna, propios del desarrollo evolutivo del ser.

La mediumnidad, explicada por la filosofía de Kardec es, hasta la fecha, el mejor método explicativo de todos y cada uno de los fenómenos paranormales; esta extraordinaria ciencia del espíritu nos aclara como, entre el cuerpo físico y el alma, encontramos un cuerpo intermedio denominado periespíritu que es el origen de todos los fenómenos psicológicos, anímicos, espirituales, paranormales y mediúmnicos que se producen en el ser humano, siendo el responsable de los denominados estados de conciencia alterados.

Este cuerpo intermedio, de naturaleza semi-material, es capaz de conectar las moléculas físicas del cuerpo biológico con sus correspondientes moléculas periespirituales, y a través de un órgano biológico, situado también en el cerebro, se produce la interconexión que permite toda esta serie de fenómenos que ya dejaron de ser paranormales para ser totalmente normales y capaces de ser desarrollados en cualquier persona.

Este órgano no es otro que la glándula pineal, situada en la parte baja del cerebro, que tiene una importancia fundamental hasta la pubertad de los seres humanos, pero que a partir de la adolescencia restringe casi totalmente su actividad biológica. A través de este órgano se producen los fenómenos de la mediumnidad, la doble vista, la telequinesis, la telepatía, el éxtasis, el trance, etc.

Charles Richet, premio Nobel de medicina, definió la mediumnidad como “el sexto sentido del ser humano”. La ciencia viene a confirmar la realidad de la filosofía espírita, cuando Kardec en “El Libro de los médiums” pregunta a los espíritus sobre el mecanismo que posibilita la mediumnidad, y estos le responden  que a través de la glándula pineal se producen las manifestaciones mediúmnicas, pues en este área cerebral se interconexionan las moléculas del periespíritu del médium, con las del periespíritu del espíritu que comunica, traduciendo así los pensamientos y emociones de este último para el primero, a fin de transmitirlo por la palabra, la escritura , la vista etc...

“El fin providencial de las manifestaciones es convencer a los incrédulos de que no todo acaba con la vida física, y ofreciendo a los que ya creen ideas más exactas sobre el porvenir”. (Allan Kardec, “¿Qué es el Espiritismo?” Cap. II.)

Ahora ya sabemos un poco más sobre esta glándula tan importante, no solamente para regular nuestras funciones físicas, sino para posibilitar nuestra conexión con el plano espiritual.
Hagamos buen uso de nuestras capacidades psíquicas para fortalecerlas, desarrollarlas y ser cada vez espíritus mejores, más elevados y no desviarnos del camino que lleva al Padre.
Cielo Gallego
Centro Espírita "Entre el Cielo y la Tierra"

domingo, 1 de diciembre de 2019

El tránsito a la vida en espíritu ("Revista Espírita" de 1859)

El tránsito a la vida en espíritu ("Revista Espírita" de 1859)



Sabemos que tenemos un alma inmortal…Que como espíritus errantes tenemos necesidad de encarnación …

Que, igual que nacemos, hemos de morir… y volver a nacer…

¿Pero qué podemos decir del momento en el que dejamos nuestro cuerpo carnal y volvemos a la vida en espíritu?

Hemos oído a algunas personas, que tras haber experimentado un trauma que les llevó a un coma, o durante una sedación por una intervención quirúrgica, nos hablan acerca de un túnel y una luz al final de este, que no llegaron a cruzar… quedándose con el pensamiento de qué es lo que verán en el momento de la muerte y que tendrán que cruzar realmente …

¿Cómo es ese túnel hacia la luz? ¿Será largo, estrecho, cuesta arriba y doloroso?

Muchas personas se preguntan cómo será el tránsito a la vida espiritual. Los que estudiamos espiritismo, asociamos ese túnel con la turbación del espíritu al desprenderse de los lazos de la carne.
Según el artículo de La Revista Espírita de 1859, “Un espíritu que no cree que está desencarnado”, la transición a la vida espiritual y lo que sucede después de ella, tiene que ver mucho conforme a cómo hemos vivido, nuestros apegos y nuestros vicios, y cuánto hallamos trabajado por nuestra reforma interior.

En este artículo, encontramos el relato de un médium vidente, testigo en primera persona, acerca de los diversos estados del espíritu después de su separación del cuerpo.
Era un buen médium psicógrafo, que se ocupaba de las comunicaciones espíritas junto con varias personas, pero poco a poco fue desarrollando también la videncia durante el sueño, y esta facultad se haría extensiva gradualmente.

En el trascurso de un año pasó por el dolor de perder a tres de sus parientes. Uno de ellos su tío, que se le apareció en sueños algún tiempo después de su muerte. Tras una larga conversación le llevó al lugar donde habitaba, diciéndole que era el último grado que conducía a la morada de la felicidad eterna. No le fue permitido dar la descripción de las maravillosas bellezas que observó, que le causaron mucha alegría y felicidad, por temor a que estas influyeran en su imaginación y crearan cosas que no existen.

Su segunda visión fue la de otro de sus parientes desencarnados ese año. Era un hombre amable, virtuoso, buen padre de familia, buen cristiano, y aunque estuvo enfermo durante mucho tiempo, murió casi súbitamente y quizás cuando menos lo esperaba. Su semblante tenía una expresión indefinible, seria, triste y al mismo tiempo feliz. Él le dijo: Expío mis faltas, pero tengo un consuelo, el de ser el protector de mi familia, continúo viviendo junto a mis hijos y mi esposa y les inspiro buenos pensamientos. Orad por mí.

La tercera visión era la más característica; la del tercer pariente. Era un excelente hombre, pero impetuoso, encolerizado, orgulloso con los empleados y, sobretodo, apegado desmedidamente a los bienes de este mundo, además de escéptico, se ocupaba más de esta vida que de la vida futura.
Este médium nos cuenta: Algún tiempo después de su muerte, vino a la noche y se puso a sacudir las cortinas con impaciencia, como para despertarme. Cuando le pregunté si era realmente él, me respondió: - Si, vine a buscarte porque eres la única persona que puede contestarme. Mi mujer y mis hijos partieron hacia Orleáns, quise seguirlos, pero nadie quiere obedecerme. Le dije a (Pierre) que hiciera mis maletas, pero él no me escucha; nadie me presta atención. Si tú pudieses venir a atar los caballos a otro carruaje y hacer mis maletas, me harías un gran favor, porque así podría ir a encontrarme con mi mujer y mis hijos a Orleáns. - ¿Pero no puedes hacerlo tú mismo? – No, porque no consigo levantar nada; desde el sueño que experimenté durante mi enfermedad, me encuentro muy cambiado, ya no sé más donde estoy; es una pesadilla. – ¿De dónde vienes? – de B… - ¿Del castillo? - ¡No!, me respondió con un grito de horror, llevando la mano a la frente, ¡Vengo del cementerio! – Después de un gesto de desesperación, agregó: - Querido amigo mío, ¡dile a todos mis parientes que oren por mí, porque soy muy desdichado! – después de estas palabras huyó y lo perdí de vista. Cuando vino a buscarme y a sacudir las cortinas con impaciencia, su semblante mostraba un desvarío asustador. Cuando le pregunté cómo había hecho para mover las cortinas, - justo él que decía que no conseguía levantar nada-, me contestó bruscamente: ¡Con un soplo!

Esta última aparición es muy notable por la ilusión que lleva a ciertos Espíritus a creerse que aún están encarnados, y porque en este caso esa ilusión se había prolongado mucho más tiempo que en casos análogos. También hay experiencias de procesos que han durado mucho más. Lo más normal es que dure algunos días.

Esta situación tiene los mismos matices que se observan comúnmente. Él ve todo como si estuviera aún encarnado, quiere hablar y se sorprende al no ser escuchado, hace o cree hacer lo que haría si aún no hubiera dejado el cuerpo.

La existencia del periespíritu está aquí demostrada notablemente, haciendo abstracción de la visión. Puesto que cree que está encarnado, él se ve, pues en un cuerpo semejante al que dejó y ese cuerpo actúa como lo habría hecho el otro. Cree que es denso y material como el primero y se espanta al no poder levantar, ni coger nada. Se encuentra extraño, percibe su situación como si fuera una pesadilla, toma la muerte por un sueño. Esto se debe a que se encuentra en un estado mixto, entre la vida corporal y la vida espiritual, estado siempre penoso y lleno de ansiedad, ligándose a la una y a la otra.
Como ya hemos comentado en muchas ocasiones, es lo que sucede de un modo más o menos constante en las muertes instantáneas, tales como el suicidio, la apoplejía, los accidentes laborales o de tráfico, las peleas, las guerras …

Sabemos que la separación entre el cuerpo y el periespíritu, se opera de una forma gradual y no de forma brusca. Empieza antes de la muerte del cuerpo, cuando las fuerzas vitales se extinguen bien de forma natural por la edad o por enfermedad.

Sobretodo, en aquellos que presienten su fin aún encarnados, y que se identifican por el pensamiento con la existencia futura, de tal modo que, en el instante del último suspiro, la separación es más o menos completa.

Mientras exista un lazo entre el cuerpo y el periespíritu, este se encontrará en turbación, y si entra bruscamente en el mundo de los espíritus, ha de sentir un sobresalto que no le permitirá reconocer de inmediato su nueva situación.

Esto sucede a menudo, cuando la muerte sorprende a un cuerpo lleno de vida, la separación solo comienza en ese momento, y no acaba sino poco a poco.

Además de las circunstancias de muerte violenta, hay otras que vuelven más tenaces los lazos entre el cuerpo y el espíritu, porque la ilusión de la que hablamos se observa igualmente en casos de muerte natural, es cuando el individuo vivió más la vida material que la vida moral. Se concibe que su apego a la materia lo retenga aún después de la muerte, prolongando así la idea de que nada ha cambiado para él. Como es el caso de la persona que acabamos de comentar, el tercer pariente.

Encontramos una diferencia muy notable entre la situación de esta persona y la del segundo pariente: uno quiere todavía dar órdenes, cree que necesita sus maletas, sus caballos, su carruaje, para ir al encuentro de su esposa, aún no sabe que como espíritu puede hacerlo instantáneamente, o, mejor dicho, su periespíritu es aún tan material que cree que está sometido a todas las necesidades del cuerpo. El otro, que ha vivido la vida moral, que tenía sentimientos religiosos, que se ha identificado con la vida futura – aunque sorprendido de un modo más repentino que el primero – ya está desprendido, dice que vive junto con su familia, pero ya sabe que es un espíritu, habla a su esposa y a sus hijos, pero sabe que lo hace a través del pensamiento. Ya no tiene ilusiones, mientras que el otro se encuentra en turbación y angustiado. De tal modo tiene el sentimiento de la vida real, que vió partir hacia otra ciudad a su mujer y a sus hijos.

Notemos una palabra de su parte que bien describe su posición. A esta pregunta: “¿De dónde vienes?” respondió primero, indicando el lugar donde él vivía; después a esta otra pregunta: “¿Del castillo?” contestó con espanto: “¡No!, vengo del cementerio”.  Esto prueba una cosa; que al no ser completo su desprendimiento, existía aún algún tipo de atracción entre el cuerpo y el espíritu, al contestar que venía del cementerio; pero en este momento parece que empezó a comprender la verdad. La misma pregunta parece haberlo puesto en camino, llamando la atención a sus restos mortales, pronunciando esa frase con espanto y terror.
Notemos las tres historias…

El primero, podemos decir que era dichoso, ¡En la última morada antes de ser un espíritu completamente feliz…!

Entendemos que anhelaba la vida espiritual, lejos de ser materialista y apegado a las cosas terrenales… conocedor de Dios y de sus obras.

Por tanto, caritativo y servicial, que se daba a los demás, con una moral alta y trabajada, tanto como su egoísmo y su orgullo, sin vicios y gran trabajador en el bien.
El segundo, era un hombre amable, virtuoso, buen padre de familia, buen cristiano…Como creyente en Dios, sabía de la vida espiritual antes de dejar su cuerpo carnal. No era perfecto, pero trabajaba por ser mejor.

El tercer pariente: Era un buen hombre en el fondo, pero muy impetuoso, siempre encolerizado, orgulloso con los empleados y, sobre todo apegado desmedidamente a los bienes de este mundo, además de escéptico.

Es por eso que la turbación será diferente, dependiendo de lo apegados a la materia que estemos o no, llegado ese momento.

Algo digno de destacar es la necesidad de que se ore por ellos. Aquí podemos practicar la caridad por los que sufren y se encuentran perturbados, fluidos consoladores que les pueden ayudar a darse cuenta de su estado y que puedan despojarse de la carne y la materia que les tiene apegados.
La materia no es solo las cosas materiales. También lo es el apego a las personas, al poder, a una posición encumbrada, a querer destacar, querer ser como los líderes de la política, el deporte o la canción, empeñando todos nuestros esfuerzos en ello.

Ejemplos de esta naturaleza son muy frecuentes, y alguno de los más impactantes son: El suicida de la samaritana, que queda descrito en el número de junio de la "Revista Espirita" de 1858. La experiencia y vivencias del espíritu Alfonso en “Crónica de un despertar” el cual estuvo en turbación por varios años, apegado a su cuerpo en descomposición, y notando como era roído por los gusanos, al igual que el anterior. No se trataba de un recuerdo del espíritu, sino de una vivencia dolorosa, ya que cuando estaban encarnados no habían sido comidos por los gusanos. Era un sentimiento actual, una repercusión entre el cuerpo en descomposición y aún unido por los lazos periespirituales, a través de la comunicación fluídica que aún existía entre ellos. Esta comunicación no siempre se traduce de la misma manera, pero si es más o menos penosa, para aquellos que cuando encarnados se identifican demasiado con la materia.

¡Qué diferencia con la calma, con la serenidad y con la suave quietud de los que mueren sin remordimientos –con la conciencia tranquila por haber empleado bien el tiempo de su permanencia en este mundo, y de los que no se dejan dominar por sus pasiones! Quienes trabajan día a día por mejorar su moral, quienes son desprendidos y utilizan sus bienes materiales a favor de los demás, los que intentan dominar el orgullo y el egoísmo, quienes son conscientes que a la vida espiritual solo nos llevamos todo lo que hayamos dado y hecho por los demás, y no las posesiones materiales.

De todo lo que aprendamos, la parte que más nos interesa es llevarlo a la práctica. La caridad nos aleja del materialismo. Si trabajamos por los demás, seremos menos egoístas. Con el trabajo en el bien nos trabajamos el orgullo, uno de nuestros mayores enemigos. De esa manera observamos la ley de justicia amor y caridad, teniendo en mente la verdadera vida, la espiritual, y nuestros desprendimientos futuros, tras la muerte del cuerpo serán liberadores agradables y muy anhelados, pues la vida espiritual es la vida que lo es realmente.

Estas son las enseñanzas que nos muestran las comunicaciones del más allá, cuyos aspectos varían al infinito, y de los cuales cada uno puede extraer la enseñanza que le sea más útil, porque hayamos ejemplos aprovechables, si nos damos al trabajo de consultarlos.

Un espejo donde se puede mirar todo aquel que no se deje cegar por el orgullo, el materialismo, el egoísmo y la vanidad, donde aparecen ejemplos y experiencias que nos enseñan.… Y las consecuencias que han tenido en sus vidas las actitudes acciones errores y forma de vida, de los que ya desencarnaron y han pasado por estas etapas, y mirar si nuestra vida se parece o no a la de ellos.
¡Un espejo para mirarnos a nosotros mismos!! …Y reflexionar…
Javier Campos
Centro Espírita "Entre el Cielo y la Tierra"

domingo, 24 de noviembre de 2019

El bien y el mal

El bien y el mal



Para poderlo explicar comenzaremos remitiéndonos al libro, "El Génesis", capítulo III, de Allan Kardec: "El origen del bien y del mal."

Dios es el principio de todo, y ese principio es una trilogía de cualidades: sabiduría, bondad y justicia. Por lo tanto, todo lo que de Él emane, debe estar impregnado de esos atributos. Siendo sabio, justo y bueno no puede producir nada irracional, malo o injusto. El mal que vemos no se ha originado en Él.
En "El Evangelio según el Espiritismo", se nos dice… Dios estableció leyes llenas de sabiduría, cuya sola finalidad es el bien. El hombre encuentra dentro de sí todo lo que necesita para seguirlas, su conciencia le traza el camino, la ley divina está grabada en su alma y, además, Dios nos trae a la memoria sin cesar, enviándonos mesías y profetas, espíritus encarnados que han recibido la misión de iluminar, moralizar y mejorar al hombre y, últimamente, una multitud de espíritus desencarnados que se manifiestan en todos los ámbitos. Si el hombre actuase conforme a las leyes divinas, evitaría los males más agudos y viviría feliz sobre la Tierra. Si no lo hace, es en virtud de su libre albedrío, y por eso sufre las consecuencias que merece.

Pero Dios, todo bondad, colocó el remedio al lado del mal, es decir, que del mismo mal hace nacer el bien. Llega el instante en que el exceso de mal moral se vuelve intolerable y el hombre siente la necesidad de cambiar. Aleccionado por la experiencia intenta encontrar un remedio en el bien, siempre de acuerdo con su libre albedrío, pues cuando penetra en un camino mejor es por su voluntad y porque ha reconocido los inconvenientes del otro que seguía. La necesidad le obliga a mejorar moralmente para ser más feliz, como esa misma necesidad le induce a mejorar las condiciones materiales de su existencia.

En "El libro de los Espíritus", se nos dice: Dios deja que el hombre elija el camino. Tanto peor para él si toma el del mal, pues su peregrinaje será más largo. Si no hubiese montañas, el hombre no comprendería que se puede ascender y descender; si no hubiese rocas, no comprendería que existen cuerpos duros. Es preciso que el espíritu adquiera experiencia, y para eso necesita conocer el bien y el mal. Por esa razón existe la unión del espíritu con el cuerpo.

Las circunstancias dan al bien y al mal una gravedad relativa. El hombre suele cometer faltas que son el resultado de la posición en que lo colocó la sociedad, aunque no por eso son menos reprensibles. No obstante, su responsabilidad se corresponde con los medios que posee de comprender el bien y el mal. Por consiguiente, el hombre instruido que comete una simple injusticia es más culpable ante Dios que el  ignorante que se entrega a sus instintos.

El mal recae sobre el que lo ha causado. Así, el hombre que es conducido al mal por la posición en que sus semejantes lo han puesto, es menos culpable que estos últimos, que han sido la causa de ese mal. Cada uno será penado, no solo por el mal que haya hecho, sino por el que haya provocado. Sacar provecho del mal es participar de él. Tal vez haya retrocedido ante la acción, pero si al encontrarla realizada la utiliza, es porque la aprueba y porque la habría realizado él mismo si hubiese podido o si se hubiese atrevido.

En "El Libro de los Espíritus", hay una pregunta que me parece muy importante, la 642, sobre todo en la última frase de la respuesta. “¿Alcanza con no hacer el mal para ser grato a Dios y asegurarse una posición en al porvenir?” Y nos dicen. “No. Es necesario hacer el bien hasta el límite de las propias fuerzas, pues cada uno responderá de todo el mal que haya resultado A CAUSA DEL BIEN QUE NO REALIZÓ.”

También nos dicen... “El mérito del bien está en la dificultad. No hay mérito si se hace el bien sin esfuerzo y cuando no cuesta nada. Dios toma más en cuenta al pobre que comparte su único pedazo de pan, que al rico que solo da lo que le sobra”. Al estar en contacto todos los días con otras personas tenemos la oportunidad de hacer el bien, cada día de nuestra vida, a no ser que estemos cegados por el egoísmo. Me acuerdo de lo que se dijo en una clase, en el centro espírita: no solamente se hace el bien siendo caritativo, sino siendo útil, en la medida de nuestras posibilidades, cada vez que nuestra ayuda sea necesaria.

El hombre progresa, y los males a los que se halla expuesto estimulan el ejercicio de su inteligencia y de sus facultades psíquicas y morales, incitándolo a la búsqueda de medios para sustraerse a las calamidades. Si no temiese a nada, ninguna necesidad le empujaría a la investigación, su espíritu se entorpecería en la inactividad y no inventaría ni descubriría nada. Es sabido que muchas veces aprendemos, como se suele decir “a base de golpes” y pienso que es verdad, como yo digo… “Si es que no vemos el peligro” y al respecto nos dicen, el dolor es como un aguijón que impulsa al hombre hacia adelante por la vía del progreso.

Pero los males más numerosos son los que el hombre crea llevado por sus vicios, los cuales se originan en su orgullo, su egoísmo, su ambición, los que nacen de todos los excesos, son causa de las guerras y de todas las calamidades que ellas acarrean: injusticias y opresión del débil por el fuerte, así como la mayor parte de las enfermedades. Donde el bien no existe allí forzosamente reina el mal. No hacer el mal es ya el comienzo del bien. Dios solo desea el bien, el mal proviene exclusivamente del hombre. Si existiese en la creación un ser encargado del mal, nadie podría evitarlo. Pero la causa del mal está en el hombre mismo y, como ese posee el libre albedrío y la guía de las leyes divinas, lo podrá evitar cuando así lo desee.

Para que nos quede un poco más claro, nos dan un ejemplo simple. Un propietario sabe que en su campo hay un lugar lleno de peligros y quien en él se aventure podrá resultar herido o incluso morir. ¿Qué hace, pues, para evitar posibles accidentes? Coloca cerca del sitio un cartel con la prohibición escrita de no entrar en él, en razón del peligro existente. La advertencia es sabia y previsora. Pero, si pese al aviso, un imprudente hace caso omiso de la advertencia y entra, sucediéndole alguna desgracia, ¿a quién va a culpar si no es así mismo?

Lo mismo sucede con respecto al mal: el hombre lo evitaría si respetase las leyes divinas. Por ejemplo: Dios puso un límite para la satisfacción de las necesidades. La saciedad le advierte, más si a pesar de ella el hombre pasa el límite, lo hace voluntariamente. Las enfermedades y la muerte que podrían acaecerla son producto de su imprevisión y no un hecho que pueda ser atribuido a Dios.
¿Quién de nosotros no ha sido educado en valores de bien y mal, de correcto e incorrecto, de blanco o negro? La educación es la clave, que tenemos que tener en cuenta a la hora de transmitirles estas enseñanzas a nuestros hijos. Sabemos que los niños a partir de los 7 – 8 años, se empieza a despertar en ellos el sentido moral infantil, el espíritu a partir de esa edad comienza a tomar conciencia de lo que lleva en su ser y va aflorando en él. A partir de ese momento, comienza a sopesar y analizar los motivos y las consecuencias de sus acciones. Saber  cómo distinguir entre el bien y el mal, nos lleva a diferenciar que es lo bueno y que es lo malo y actuar en consecuencia. También desarrollan la capacidad de considerar varias alternativas para resolver un problema y la capacidad de mirar las cosas desde el punto de vista del compañero o del amigo. A partir de esa edad se produce un gran desarrollo en el sentido moral de los niños y niñas debido a varios factores: Por el desarrollo de su inteligencia, por el creciente poder de interiorización, es decir, de asimilación de lo que ve y se le dice, por el gran número de oportunidades de participación, son mucho más independientes y autónomos.

Para enseñar a los niños a reflexionar entre el bien y el mal, debemos empezar por enseñarles el equilibrio que existe entre el valor de la generosidad y la justicia. Explicarles lo que es justo e injusto y el porqué, enseñarles a pedir perdón y a rectificar, a ponerse en el lugar del otro, dar las gracias cuando se nos ayuda, etc. Para fomentar el crecimiento personal del niño, como sujeto que piensa, siente, decide y actúa libremente. Yo tuve la bendición de tener unos padres que me inculcaron estos valores, los cuales, tengo que decir, me han servido y me sirven, en el transcurso de mi vida.
Pienso que es necesario, como grupo social que somos y como comunidad, poseamos un código ético que defina de la mejor manera posible lo que todos consideramos bueno o malo. Solo así resulta posible vivir en sociedad pacíficamente. Si no hay una unanimidad mayoritaria acerca de lo que es el bien y el mal, nos encontraríamos en una situación en la que no sabríamos que esperar de las situaciones ni tampoco como valorarlas.

Lo que nosotros llamamos mal, no es más que la ausencia del bien. No estoy sugiriendo que no existe el mal en el mundo, lo que quiero decir es que no existe por sí mismo, así como con la luz y la oscuridad. La luz existe y se puede demostrar, como también puede ser medida y ser creada artificialmente. Sin embargo la oscuridad no existe. La oscuridad es lo que ocurre cuando no hay luz. La ausencia de cosas “buenas” siempre crea cosas “malas”.

Veamos ahora que opinaban, del bien y del mal, estos antepasados nuestros, como Platón, Aristóteles, Sócrates, San Agustín, Santo Tomás de Aquino.

- Platón nos dice, que el bien es la idea suprema y que el mal es la ignorancia.

- San Agustín pasó gran parte de su vida cuestionándose sobre la existencia del mal, hasta que leyó a Platón y a San Pablo y se pudo convencer que el mal no existe, que no es en sí, no tiene ser, el mal es la ausencia del bien.

- Aristóteles considera una acción buena aquella que conduce al logro del bien del hombre, o a su fin, por lo tanto, toda acción que se oponga a ella será mala. Para Aristóteles, la bondad es un atributo trascendental del ser.

- Sócrates identificaba a la bondad con la virtud moral y a esta con el saber. La virtud es inherente al hombre que es virtuoso por naturaleza y los valores éticos son constantes, por lo tanto, el mal es el resultado de la falta de conocimiento.

- Santo Tomas de Aquino, con respecto a la existencia del mal, nos dice que al crear el universo, Dios no deseó los males que contiene, porque no puede lo que se opone a su bondad infinita. Nos sigue diciendo que el mal no fue creado, el mal es una privación de lo que en sí mismo como ser, es bueno; y el mal, como tal, no es querido tampoco por el hombre, porque el objeto de la voluntad humana es necesariamente el bien.

Si observamos lo que ocurre en el mundo, podemos ver todos los días hechos de violencia, agresividad, muerte y destrucción. Es difícil creer que no existe la maldad en forma absoluta.
Dios permite en razón de un bien mayor, que el hombre sea libre y pueda amarlo y servirlo por propia elección. No quiso el mal físico por si mismo sino en provecho de la perfección del universo.
Lorenzo
Centro Espírita “Entre el Cielo y la Tierra “

domingo, 17 de noviembre de 2019

Cuadro de la vida

Cuadro de la vida



Todos nosotros sin excepción llegaremos al final de nuestra existencia. Las preocupaciones de la vida misma nos distraen y nuestros pensamientos sobre qué encontraremos en el más allá se desvían, pero cuando el final se acerca, muy pocos son los que no se preguntan qué sucederá después de morir. La idea de dejar de existir es algo muy desconsolador. ¿Quién no sentiría vértigo al pensar que llegará el momento en que ya no pensará, ni reirá, ni podrá sentir cerca a aquellos a quienes ama? O ¿quién no sentiría espanto ante la perspectiva de la nada?

“¡Cómo!, después de mí, nada, nada más que el vacío, todo está borrado de la memoria de los que me sobrevivan, pronto no quedará ni huella de mi paso por la Tierra, incluso el bien que he hecho será olvidado por los ingratos a los que he servido y nada podrá compensar todo esto ¡ninguna otra perspectiva que la de mi cuerpo ser roído por los gusanos!” Este cuadro fue descrito por un Espíritu que había vivido con estos pensamientos toda su vida, pensamientos muy materialistas y extendidos entre muchas personas. ¿No tiene algo de terrorífico y espantoso esta reflexión?

La razón nos confirma que esto no puede ser así. Sin embargo, la vida propiamente dicha, nos engendra la duda.

La mayoría de nosotros estamos de acuerdo en que tenemos un alma, pero ¿qué es nuestra alma? ¿tiene una forma, alguna apariencia? ¿un ser limitado o indefinido?

Para unos el alma es un soplo de Dios, para otros una centella, otros creen que es una parte del gran todo, el principio de la vida y de la inteligencia. También se dice de ella que es inmaterial, sim embargo, una cosa inmaterial no podría tener proporciones indefinidas ¿no es así?

La religión por otra parte, nos cuenta que después de morir seremos felices o desdichados dependiendo del bien o el mal que hayamos hecho, pero ¿cómo es esta felicidad? ¿es una beatitud, una contemplación eterna, sin otra labor que la de cantar alabanzas al Creador? y si por el contrario vamos al infierno, ¿las llamas son una realidad o es figurado? La propia religión se decanta por esto último, pero entonces ¿cuáles son esos sufrimientos eternos? ¿dónde está ese lugar de tormentos y castigos imperecederos?

Se nos dice que nadie ha vuelto para contarnos y así contestarnos a todas estas interrogantes que la mayoría hemos podido hacernos en algún momento de nuestras vidas.
Sin embargo, esto es un error. El Espiritismo tiene precisamente como misión, esclarecernos todas estas cuestiones. Su propósito es el de hacernos comprender, no solo con el razonamiento, sino también a través de los hechos este futuro que a todos nos espera. El Espiritismo a través de los ejemplos que se encuentran en las comunicaciones con los que ya partieron, nos devuelve la esperanza que pudimos perder en algún momento de nuestra existencia. Por eso podemos decir que el Espiritismo existe porque Dios lo permite, y lo permite para reanimar nuestras vacilantes esperanzas y reconducirnos hacia el camino del bien.

Es a través de estos relatos que nos podemos acercar a la situación en la que los espíritus se pueden encontrar, revelándonos si son felices o desdichados, dónde se encuentran, además de cuáles son sus ocupaciones. Nos han servido también de gran ayuda para poder asimilar y comprender el destino inevitable que nos aguarda según nuestros propios méritos y nuestras faltas.  Con toda esta información recibida podemos hacernos un cuadro mental y animado de la vida espírita.
Veamos en primer lugar qué sucede en la transmigración del alma cuando deja este mundo. Cuando las fuerzas vitales se extinguen, el espíritu se desliga de su cuerpo material conforme la vida orgánica cesa. Esta separación no es brusca e instantánea, en ocasiones comienza antes de la interrupción completa de la vida, y no siempre es completa en el momento de la muerte.

Como bien sabemos, hay un lazo semimaterial entre el Espíritu y el cuerpo que constituye una primera envoltura, este no se rompe súbitamente y mientras este subsiste, el Espíritu está en estado de turbación, comparable al estado que acompaña el despertar. Puede incluso dudar de su muerte, siente que existe, se ve y no comprende que pueda vivir sin su cuerpo, del cual se ve separado. Los lazos que le unen a la materia le hacen sensible a ciertas sensaciones que él toma como físicas. Hasta que no está completamente libre, no se reconoce y es entonces cuando se da cuenta de su situación.
Este estado de turbación es muy variable, puede durar varias horas, meses, incluso en algunos casos años. Sin embargo, es raro que al cabo de algunos días el Espíritu no se reconozca más o menos bien, pero como todo es extraño y desconocido para él necesita tiempo para familiarizarse con su nueva situación y forma de percibir las cosas que le rodean.

Es maravilloso pensar en el instante en que el Espíritu es consciente de que su esclavitud ha cesado con la ruptura de los lazos que le unían a su cuerpo, siendo acogido por sus amigos que vienen a recibirlo a su regreso al mundo espiritual. Si su tiempo en la Tierra ha sido empleado de forma provechosa será felicitado por ello, reencontrándose con aquellos que ha conocido, reuniéndose con quienes lo aman y simpatizan con él, comenzando así verdaderamente su nueva existencia.

La envoltura semimaterial del Espíritu es una especie de cuerpo con forma parecida a la nuestra, pero no tiene nuestros órganos y por ello no puede sentir las mismas impresiones. Sin embargo, sí puede percibir todo lo que nosotros percibimos, la luz, el sonido, los olores, etc., siendo estas más claras, sutiles y precisas ya que llegan al Espíritu sin la barrera del cuerpo material. Estas le llegan por todas partes y no a través de los canales determinados.

El Espíritu ve sin la ayuda de la luz y escucha sin necesidad de las vibraciones del aire, por eso, para él no hay oscuridad. Ahora bien, si estas sensaciones no cesaran nunca, serían fatigantes. Es por ello que los espíritus tienen la facultad de suspenderlas a voluntad, pudiendo así dejar de oír, ver o sentir lo que no quieran.

Esta condición es difícil de comprender al principio por el Espíritu. En especial para aquellos cuya inteligencia aún está atrasada. Es esta imposibilidad de concebir, unido a la fanfarronería –compañera muy común de la ignorancia- lo que lleva a algunos espíritus a teorías absurdas que solo inducen al error si fueran aceptadas.

Hay muchas sensaciones que tienen su origen en el propio estado de nuestros órganos, y puesto que el Espíritu no los tiene, no pueden sentirlas, y es por ello que no puede sentir fatiga, ni necesidad de reposo o de comer ya que al no tener desgaste, no tiene nada que reparar. Tampoco padece las enfermedades que sufrimos cuando estamos encarnados. Al igual que está exento de estar atento a negocios, ni a la tribulaciones y tormentos superfluos de la vida. Los espíritus más inferiores sujetos a todas estas pasiones, y deseos como cuando estaban encarnados, sufren al no poder satisfacerlos. Siendo para ellos una verdadera tortura que en muchas ocasiones creen perpetua, ya que su propia inferioridad les impide ver el término, siendo realmente para ellos un castigo.

La palabra articulada también es una necesidad de nuestro organismo, al no precisar de vibraciones sonoras para impresionar sus oídos, los espíritus se comunican a través de la transmisión del pensamiento, como a menudo nos pasa a nosotros mismos cuando nos comunicamos con solo una mirada. Por otro lado, los espíritus hacen ruido, sabemos que pueden obrar sobre la materia y esta nos trasmite el sonido. Es a través de estos sonidos que se hacen escuchar, ya sea con ruidos o gritos, por lo que entonces podemos decir que lo hacen para nosotros y no para ellos.

Los Espíritus se transportan sin fatiga ninguna de un lugar a otro, cruzando el espacio con la velocidad del pensamiento, pudiendo penetrar en todas partes, no siendo un obstáculo para ellos.
Pueden ver todo lo que nosotros vemos, y mucho más claro, ya que no tienen los sentidos tan limitados como nosotros. Al penetrar la materia pueden ver aquello que esta oculta a nuestros ojos.
Por todo lo dicho hasta ahora, los Espíritus no son seres vagos e indefinidos, si no reales, determinados y circunspectos, que poseen nuestras facultades y otras que nos son desconocidas, ya que son inherentes a su propia naturaleza.

Componen el mundo invisible que puebla el espacio, rodeándonos y codeándonos sin cesar. Si por un momento el velo material que los oculta desapareciera, nos veríamos rodeados de una multitud de seres que van y vienen, que se mueven a nuestro alrededor y que nos observan, como si nosotros nos encontráramos en una reunión de ciegos. Para los Espíritus nosotros somos los ciegos y ellos son los videntes.

Dijimos anteriormente que el Espíritu tarda algún tiempo en reconocerse y que todo le resulta extraño al principio. Podríamos preguntarnos cómo es posible esto si ya ha tenido otras existencias corporales, y por lógica, han estado separadas por intervalos en el mundo espiritual, luego entonces ya lo conoce ¿no?

Son varias las causas que contribuyen a que las percepciones le parezcan nuevas. Una podría ser que, como dijimos, el Espíritu sufre una turbación al desligarse del cuerpo carnal y según se va disipando esta, las ideas se le van aclarando poco a poco y el recuerdo del pasado le vuelve gradualmente a la memoria. Hasta que no está completamente desmaterializado no se desarrolla el pasado ante él, y es entonces cuando recuerda todos los actos de su última existencia, después de sus existencias anteriores y de sus diversos pasajes en el mundo de los Espíritus. Por eso es que durante cierto tiempo todo lo que le sucede le parce nuevo, hasta que lo reconoce completamente y el recuerdo de las sensaciones que ya hubiera experimentado vuelvan a él de manera más precisa.

Otra de las razones es que el estado del Espíritu, como Espíritu, varía extraordinariamente dependiendo de su grado de elevación y pureza. A medida que se eleva y se depura, sus percepciones y sensaciones son menos groseras, adquieren mayor fineza, sutileza, y delicadeza, viendo, sintiendo y comprendiendo cosas que no podía en una condición más inferior.

Ya que cada existencia corporal es una oportunidad de progresar, si ha aprovechado bien esta y ha progresado, se abrirá ante él un nuevo medio, encontrándose con Espíritus de otro orden, en el cual todos los pensamientos y hábitos son diferentes. Esta depuración le permitirá entrar en mundos inaccesibles a Espíritus inferiores.

Cuanto menos está esclarecido, más limitado es el horizonte para él, a medida que se eleva y se depura, este horizonte se amplía, y con él, el círculo de sus ideas y percepciones. Conforme progresan, sus ideas se desarrollan y la memoria se perfecciona, estando familiarizados con su situación de antemano. Su regreso entre otros Espíritus no tiene nada que les pueda sorprender, vuelven a encontrarse en su medio normal, y pasado el primer momento de turbación, se reconocen inmediatamente.

Hasta aquí hemos hablado de cómo es la situación de la mayoría de los Espíritus en lo que se denomina estado de erraticidad. Pero, ¿qué hacen? ¿cómo pasan su tiempo?

Al igual que ellos nos han desvelado todo lo que ya hemos expuesto, de nuevo nos revelan estas otras cuestiones. Sería un error por nuestra parte pensar que la vida espiritual es ociosa. Todo lo contrario, es activa y ellos nos han relatado sus ocupaciones.

Entre los que han alcanzado cierto grado de elevación, unos velan por el cumplimiento de los designios de Dios en los grandes destinos del Universo, dirigen la marcha de los acontecimientos y ayudan en el progreso de cada uno de los mundos.

Otros ponen bajo su protección a los individuos y se constituyen en sus ángeles guardianes, o guías protectores, acompañándolos desde el nacimiento hasta la muerte, procurando dirigirlos hacia el camino del bien, siendo una gran felicidad para ellos cuando sus esfuerzos son concluidos con éxito.
Algunos se encarnan en mundos inferiores para cumplir allí misiones de progreso, por medio de su trabajo, ejemplo, consejo y enseñanza, buscan hacer que avancen, unos en las ciencias, en las artes y otros en las virtudes morales. Sometiéndose voluntariamente a las vicisitudes de una vida corporal, con el único propósito de hacer el bien.

Y otros no tienen atribuciones especiales, simplemente van por todas partes donde su presencia es útil, dando consejos, inspirando buenas ideas, sosteniendo a los desfallecidos, o dando fuerzas a los débiles.

Considerando el número infinito de los mundos que pueblan el Universo y el número incalculable de seres que lo habitan, podemos tener muy claro que los Espíritus tienen en qué ocupar su tiempo, siendo estas ocupaciones motivo de alegría, haciéndolo voluntariamente, y su felicidad es lograr aquello que emprenden. Su vida nada tiene que ver con una ociosidad eterna, que sería más un suplicio que otra cosa. Aunque el espacio entero es de su domino, tiene preferencia por los globos donde están sus objetivos.

Descendiendo en la jerarquía, nos encontramos con Espíritus menos elevados, menos depurados, y por consiguiente menos esclarecidos, aunque esto no significa que sean menos buenos, y que en la esfera en la que se encuentran cumplan con funciones análogas. Su acción, no se extiende a los diferentes mundos, sino que la ejercen especialmente en un mundo determinado, estando relacionado con el grado de su propio adelantamiento, siendo su influencia más individual y como objetivo cosas de menor importancia.

Seguidos a estos nos encontramos con los espíritus más comunes, más o menos buenos o malos que pululan a nuestro alrededor. Ellos se elevan poco por encima de la Humanidad, siendo el reflejo de la misma, ya que tienen todos los vicios y todas las virtudes. Muchos de ellos siguen teniendo los gustos, ideas e inclinaciones que cuando estaban encarnados, sus facultades son limitadas, su juicio es falible como el de los hombres, a menudo erróneo y lleno de prejuicios.

En algunos el sentido moral está más desarrollado, sin tener gran superioridad ni profundidad, frecuentemente condenan lo que han hecho, lo que han dicho y pensado mientras estaban encarnados. Aun entre los más comunes los sentimientos son más depurados como Espíritus que como hombres, la vida espiritual les esclarece sobre sus defectos y lamentan el mal que han hecho, sufriéndolo más o menos. El endurecimiento absoluto es muy raro, siendo temporal, ya que tarde o temprano acaban sufriendo. Todos aspiran a perfeccionarse, comprendiendo que es el único medio de salir de su inferioridad. Instruirse, esclarecerse, es su gran preocupación, sintiéndose felices cuando pueden sumar algunas misiones de confianza, que los elevan a sus propios ojos.

Ellos nos hablan nos observan, y nos ven, entrometiéndose en nuestras reuniones, juegos, fiestas, así como en nuestros asuntos serios. Escuchan nuestras conversaciones, los más ligeros para divertirse y a veces para reírse de nosotros. Otros para instruirse, observan el carácter de los hombres y estudiar las costumbres con miras a elegir su futura existencia.

La necesidad de progresar es general entre los Espíritus, incitándoles a trabajar en su mejoramiento, ya que comprenden que es el precio de su felicidad. Pero no todos sienten esta necesidad, algunos se complacen en una especie de ociosidad, pero que dura tan solo un tiempo, ya que después la actividad se vuelve en una necesidad para ellos también, siendo impulsados también por otros espíritus que les estimulan a ello.

Y por último vienen aquellos Espíritus impuros, cuya única preocupación es el mal. Sufren y desearían ver a todos sufrir como ellos. Los celos les vuelve odiosa la superioridad de los otros, y el odio se convierte en su esencia. Y como no pueden sobreponerse a estos Espíritus lo hacen con el hombre, atacando a aquellos que sienten más débiles. Incitan las malas pasiones, siembran la discordia, provocan riñas, alimentan el orgullo, esparcen el error y la mentira, es decir intentan desviar del bien a todo los que pueden con sus pensamientos dominantes.

Estos Espíritus están en la Tierra porque encuentran simpatías en ella. Por eso, consolémonos en pensar que por encima de ellos se encuentran seres puros y benevolentes que nos aman, que nos sostienen, alientan y nos tienden sus manos para llevarnos hacia ellos, hacia mundo mejores donde el mal no tiene ya lugar. Esforcemos pues, para llegar cuanto antes a estos mundos. De nosotros depende.
Conchi Rojo
Centro Espírita "Entre el Cielo y la Tierra" 

domingo, 10 de noviembre de 2019

La evolución del alma

La evolución del alma


“Todo se eslabona en la naturaleza” (“El Libro de los Espíritus”, preg. 540), nada permanece estacionario, todo evoluciona cumpliendo la Ley de Progreso, a través de los mecanismos de adaptación y herencia a nivel material y reencarnación a nivel espiritual.
Cada nueva encarnación nos permite adquirir a nivel físico la herencia de nuestros padres, sumándola a nuestras conquistas fisiopsicosomáticas de existencias pasadas almacenadas en nuestro periespíritu, preparándonos para nuevas metas evolutivas.

El espíritu se va abriendo camino en la evolución gracias a las experiencias adquiridas en el cuerpo físico, a través del periespíritu, como mediador energético entre espíritu y la materia.
Gabriel Delanne, nos dice en su libro “La evolución anímica”: “Todos los cambios que se observan en la Naturaleza no tienen sino un objeto: el progreso del Espíritu”.

La Ley de Progreso, explicada en “El Libro de los Espíritus” cap. VIII, nos ayuda a comprender que no existe la casualidad en la evolución del espíritu. La inteligencia y la moral evolucionan al principio con ritmos diferentes y el cuerpo físico, en cada encarnación, incorpora los elementos necesarios para continuar evolucionando gracias s los mecanismos de adaptación dirigidos y proyectados desde el plano extrafísico, siempre en armonía con la Ley Natural y para el bien de todas las criaturas en cumplimiento de “la gran Ley de Unidad que rige la Creación”.
En la Creación nada permanece estático, todo evoluciona, tanto lo material proveniente del Principio Material o Fluido Cósmico Universal, como lo espiritual, proveniente del Principio Inteligente que anima a su vez todas las creaciones de acuerdo a sus posibilidades evolutivas.

La atracción es la expresión del Principio Inteligente en el reino mineral, la sensación en el reino vegetal, el instinto en el reino animal, el razonamiento en el ser humano y lo divino en ser evolucionado hasta la perfección (ver apartado “Automatismo y herencia” en libro “Evolución en dos mundos”, Chico Xavier). En el vegetal, el Principio Inteligente aprende a desarrollar los instintos, en el animal, desarrolla su inteligencia de camino a alcanzar la razón, en el hombre continua en busca de lo divino a través del desarrollo de sentimientos elevados y en el ser superior, ¿quién sabe dónde detendrá su evolución en la inmensidad del infinito en plena unión con el Creador?

La inteligencia, el instinto y el sentimiento de los animales y los del ser humano comparten la misma naturaleza, diferenciándose únicamente en el grado de desarrollo y su alcance, pero con la misma esencia.

En su libro “La evolución anímica”, Gabriel Delanne dice: “la naturaleza pensante de uno y del otro es del mismo orden y no difieren en esencia, sino en grado de manifestación, y esto es, precisamente, lo que evidencian ciertas facultades de los animales, tales como la atención, el juicio, el raciocinio, la asociación de ideas, la memoria y la imaginación” (Pág. 59). Además, demuestra también "que los sentimientos morales, tales como el remordimiento, el sentido moral, la noción de lo justo y de lo injusto, etcétera, se hallan en germen en todos los animales” (Pág. 70).

Basados en la Ley Natural, los instintos, predominan en las etapas primitivas de la evolución de la humanidad por encima de la inteligencia, la cual vamos desarrollando gracias a la adquisición de nuevas experiencias, vida tras vida, reencarnación tras reencarnación, mejorando las aptitudes intelectuales y doblegando los instintos con ellas. Instintos que en su origen son buenos y nos llevan seguros por el camino evolutivo hasta el despertar de nuestra conciencia e inteligencia, necesarios para volvernos responsables de nosotros mismos y de nuestros actos. Instintos que se pueden desvirtuar, modificados por la inteligencia en desarrollo, en ausencia de la moral, a través del abuso, dando origen a nuestras pasiones. Por eso los instintos, como el de conservación, son comunes a todo ser humano, pero no sus pasiones, las cuales hemos ido alimentando en base a nuestras decisiones pretéritas, que nos acompañarán en el transcurso de muchas vidas hasta que podamos superarlos con el desarrollo de la moralidad. El ego, y su expresión el egoísmo, originado desde el instinto de conservación, aparece en paralelo a la inteligencia de la cual se alimenta, pero se desarrolla en función del camino que tomemos con nuestras elecciones y sus consecuentes experiencias. El sentimiento de separación, el orgullo, determinará en gran medida el desarrollo del ego, estableciendo el círculo bajo su protección. Todo ello de una forma natural salvo cuando la inteligencia, sin la supervisión de la moral, considere únicamente la realidad material sin connotaciones espirituales que la clarifiquen y alejen del error.

Por ello, en los animales, todavía carentes de una inteligencia completamente despierta, se pueden ver los instintos en estado más puro, con menos distorsiones y normalmente alejados de las pasiones. Vemos en ellos actos de amor, dedicación y renuncia que muestran el germen de su humanidad y demuestra, todo ello, la necesidad de un plan superior y elevado que le dé sentido a su existencia, muy por encima de la simple creencia de están aquí a nuestra disposición solo para servirnos.
El proceso de creación de los espíritus está todavía muy lejos de las posibilidades de nuestro entendimiento y solo podemos aproximarnos a comprenderlo, a grandes rasgos, observando y estudiando las Leyes Naturales y el Principio Inteligente en sus distintas formas de manifestación, evolucionando a través de los tres reinos, antes de mostrarse como una inteligencia humana, con plena conciencia de sí misma.

La ciencia espírita nos aporta del conocimiento sobre el periespíritu, el cual nos ayudará en la tarea de comprender el proceso material y espiritual de la creación del espíritu.

El Principio Inteligente, evolucionando a través de los tres reinos, va conformando el periespíritu como cuerpo espiritual que vincula el espíritu con el cuerpo físico, transmitiendo la experiencia física al espíritu para su aprendizaje y albergando todos los componentes energéticos y funcionales necesarios para la vida física y espiritual, incluyendo los aspectos relativos a la mente como la memoria, las emociones y los sentimientos, en función de las aptitudes alcanzadas en cada etapa evolutiva.

El periespíritu reorganiza a nivel celular el cuerpo físico y es el vehículo de toda sensación e información que le llega al principio inteligente a través de las múltiples encarnaciones en el mundo físico en un proceso de individualización progresiva hasta conformarse como único en el universo e indivisible, alcanzando a la par el reino hominal, la conciencia de sí mismo y la responsabilidad de sus actos frente a la vida, otorgándosele en ese momento la chispa divina o Principio Divino (ver capítulo III de “Evolución en dos mundos” de Chico Xavier) y empezando una nueva etapa de responsabilidad y libre albedrío, donde el sentido moral, la conciencia de sí mismo y la búsqueda de las facultades espirituales serán su más alto objetivo en la lucha de sí mismo en la nueva etapa en camino hacia siguiente reino, el angélico.

“El Libro de los Espíritus”, preg. 115, nos dice que los espíritus son creados simples e ignorantes, es decir, carentes de ciencia, por lo que todos en un principio tenemos idéntica aptitud para progresar individualmente sin recibir privilegios o dones especiales que nos diferencien a unos de otros. Siendo todos hijos del mismo Creador, se establece, por tanto, la universalidad de la igualdad y la necesaria fraternidad entre todos los seres, sea cual fuere su estado evolutivo puesto que todos a la vez somos herederos de la Creación.

Todo ello, muestra a su vez, la gran bondad y grandiosidad del Plan Divino que ha sido preparado para nosotros y todas las criaturas a la vez, a través de “la gran Ley de Unidad que rige la Creación” (capítulo XI, ítem 23) con base en el Amor, verdadera esencia del Creador.
José Ignacio Modamio
Centro Espírita “Entre el Cielo y la Tierra”

miércoles, 30 de octubre de 2019

La oración

La oración


Supongo que la mayoría de las personas hemos pasado por momentos de recogimiento en los que reflexionamos sobre algún suceso y parecemos mantener una conversación con nosotros mismos buscando la solución a nuestros problemas o explicaciones a nuestras preguntas. Es muy normal que estas conversaciones sean reales entre desencarnados y encarnados a través de nuestro pensamiento que es la forma habitual de comunicación en el mundo espiritual. Esta comunicación puede establecerse con espíritus de todo tipo dependiendo del nivel de vibración que mantenemos.

La oración es una conversación con Dios. Consiste en elevar nuestro pensamiento hacia nuestro Padre y mantener un momento íntimo con Él. El lugar, momento y situación no tienen por qué ser determinadas, pero cuanto mayor sea nuestro recogimiento y concentración en la comunicación, junto con voluntad de un corazón humilde y puro, más intensa y profunda será nuestra comunicación con Dios. La oración modifica el fluido que nos rodea al igual que una piedra arrojada al agua genera una vibración que se expande, en este caso hasta el límite que le permita el recipiente y su intensidad, en el caso de la oración llega hasta los confines de la creación pudiendo ser recibida por cualquier Espíritu al que vaya destinada.

La oración debe de ser sincera y debe de salir desde lo más profundo de nuestro “corazón”, pues las oraciones realizadas recitando estructuras repetitivas y sin sentimiento no tienen ningún efecto.
En nuestra conversación con Dios podemos abrir nuestro interior y reconocer la grandeza de nuestro Padre admirando todas las maravillas que nos rodean, su creación y sus cualidades, pedir por motivos útiles para nuestro desarrollo tales como fuerza para superar nuestras pruebas, paciencia, aceptación y conocimiento. Pedir por otros Espíritus más atrasados, desfavorecidos y en situaciones más penosas. Y también dar gracias a Dios y a los Espíritus que cuidan de nosotros y velan por nuestro crecimiento espiritual.

La oración eleva nuestro estado de vibración si se realiza correctamente y es la herramienta más útil a nuestro alcance para ayudarnos en nuestras pruebas. Pues Dios siempre nos escucha y nunca deja sin asistencia a aquel que pide ayuda con humildad, respeto y partiendo de una voluntad pura. La consecuencia primera es precisamente establecer conexión con una espiritualidad elevada que va a tratar de ayudarnos a través de la intuición, transmitiendo confianza, fuerza y esclarecimiento que nos permita pasar nuestras pruebas de forma más liviana, pues las pruebas son ineludibles para nuestra mejora y evolución y no podemos evitarlas.

Si pedimos por otros, podemos hacer que reciban la misma ayuda y en situaciones críticas donde los Espíritus están muy encerrados en bucles negativos de pensamientos podemos hacer que, por un momento, tenga cierta lucidez que le permita el camino hacia el arrepentimiento. La oración siempre supone un alivio para cualquier Espíritu que actúa como bálsamo a los padecimientos. Es, pues, un acto de caridad para con nuestros iguales. A través de la oración establecemos una conexión entre el que emite la oración y el que la recibe, siendo ésta de alta vibración, lo que despierta el agradecimiento del que la recibe en el momento que sea consciente del acto de caridad que otro Espíritu ha ejercido sobre él.

La oración conlleva el ejercicio de nuestra voluntad creando los más puros pensamientos de los que un Espíritu es capaz ya que nace de la parte más pura del Espíritu y se dirige a los más altos niveles de vibración. Si se realiza de forma correcta, es la herramienta más potente para cambiar el estado de vibración de un individuo, una sociedad o un planeta, si todos sus integrantes sintonizasen a través de la oración con estas vibraciones más elevadas. Cuantos más Espíritus se encuentran en sintonía a través de una oración profunda y sincera, más fuerza tiene y más grandes los efectos que puede producir.

Dios, Nuestro Padre, está siempre pendiente de nosotros, y nos escucha y ayuda siempre si lo que le pedimos es conveniente para nosotros. Él sabe cuáles son nuestras verdaderas necesidades. Al orar conectamos con la espiritualidad más elevada, siendo ellos quien mejor nos puede ayudar y cuidar. Son nuestros familiares más evolucionados y por tanto quien mejores consejos nos pueden dar. Ellos están siempre dispuestos a ayudarnos y se sienten felices de prestarnos esta ayuda. Si de una medicina estuviésemos hablando, ésta no tiene ninguna contraindicación y sí múltiples beneficios. Además, tan sólo requiere de nuestra voluntad, concentración y recogimiento. La oración también es buena para romper el ritmo de trabajo y automatización de comportamientos que tenemos programados diariamente. Dentro de nuestros hábitos diarios es una práctica saludable para nuestro Espíritu y por tanto para todos los ámbitos de nuestra vida.

Por todos estos motivos invito a todos a orar, a hablar con nuestro Padre, a contarle nuestras preocupaciones, nuestros más íntimos sentimientos y anhelos. ¿A qué Padre no le gusta que su hijo quiera hablar con él?, tanto en los momentos buenos, para agradecer, como en los malos para pedir ayuda. Pues como hemos comentado Él siempre escucha y nos ama, deseando nuestro crecimiento y adelanto. Por voluntad suya, todos somos hijos de un Padre cuya cualidad superior es el Amor hacia toda su creación y su deseo es que todos alcancemos la perfección que potencialmente llevamos dentro.

Diego Garcia Carretero
Centro Espírita "Entre el Cielo y la Tierra"

domingo, 27 de octubre de 2019

La comedia "El trato de Argel" de Miguel de Cervantes

La comedia "El trato de Argel" de Miguel de Cervantes





En dicha comedia, que pertenece a sus primeras producciones, es curioso cómo podemos ver un caso claro de obsesión a través de la «hechicería».

El caso es el que sigue: Fátima, sierva de Zahara le promete a su dueña que logrará que Aurelio se enamore de ella cueste lo que cueste.

Aurelio es un esclavo cristiano en poder de Izuf y su esposa Zahara, que como cautivo apresado y vendido en subasta, espera que por él den rescate desde España. Zahara, la señora de la casa, se enamora de él y le hace múltiples declaraciones para que consuman el acto sexual, mas Aurelio basándose en su fe cristiana y la fidelidad a su esposa -la cual también cayó cautiva-, se niega en rotundo.

Cervantes con su sutileza literaria nos plantea la situación casi con el tono de una égloga pastoril. Pues aquí tenemos el viejo tema bíblico del esclavo judío José y la mujer de Putifar que trata de seducirlo. Zahara no quiere lograr por la fuerza, lo que pretende que sea por grado, y constantemente le regala los oídos con ofrecimientos materiales y de posible libertad.

Y he aquí la parte que desde el punto de vista espírita nos interesa:

Fátima, como habíamos dicho, conjura a un demonio para que le ayude a conquistar a Aurelio. Y el demonio le dice que ante tan fuerte voluntad es perder el tiempo, porque le mueven sentimientos nobles, ante los cuales no puede hacer nada. Vemos por tanto el consejo que siempre nos dan los espíritus, de elevar el pensamiento y tener aspiraciones elevadas que nos pongan en un estado vibratorio óptimo que nos haga inmune a las bajas influencias. 

Hacemos un inciso para explicar el tema de los pactos, copiando a continuación la cuestión 549 del Libro de los espíritus. Recomendamos la lectura de las siguientes cuestiones (550-557) para una mejor comprensión del punto de vista espírita.
549. ¿Hay algo de cierto en los pactos con los malos Espíritus?

- No, no existen pactos, sino una índole perversa que simpatiza con los Espíritus malos. Por ejemplo: tú quieres atormentar a tu vecino y no sabes cómo hacerlo. Entonces acudes a Espíritus inferiores que, igual que tú, solo quieren el mal, y estos para ayudarte desean que tú les sirvas en sus malos propósitos. Pero no se deduce de ello que tu vecino no pueda desembarazarse de esos Espíritus mediante una conjura contraria y por imperio de su propia voluntad. El que quiere cometer una mala acción por el mero hecho de desearlo apela a los malos Espíritus para que acudan en su ayuda. Está entonces obligado a servirles, como ellos lo han hecho con él, porque también ellos necesitan de él para el mal que quieren cometer. El pacto consiste solamente en esto.

Aclaración de Kardec: La dependencia en que a veces se encuentra el hombre respecto de los Espíritus inferiores procede de su entrega a los malos pensamientos que ellos le sugieren, y no de estipulación alguna entre ellos y él. El pacto, en el sentido vulgar que se concede a esta palabra, constituye una alegoría que describe a un individuo de mala índole simpatizando con Espíritus malévolos.

A continuación, ese demonio le ofrece no obstante algunas tretas con las que cree poder doblegar su voluntad mediante artimaña y engaño. Para ello entran en escena dos figuras simbólicas: la Ocasión y la Necesidad. Dando lugar a la escena de la obsesión espírita. Dichas figuras le van inspirando frases en la mente, que él razona y repite literalmente como si fueran suyas, encaminadas a agradar a Zahara y yacer con ella. Aquí tenemos portentosamente de una forma intuitiva, la pérfida influencia que sobre nosotros pueden tener los espíritus obsesores si no andamos vigilantes y con disciplina mental suficiente.

Al final estas figuras alegóricas -espíritus obsesores, diríamos los espíritas-, confiadas con su logro acuden a la sala donde está Zahara, y es en ese momento, cuando Aurelio recapacita –ya sin la perniciosa influencia- y se reprende severamente por haber dado lugar a tales pensamientos. Que obviamente piensa que han sido suyos sin ningún tipo de «influencia invisible»(1). 

***

Aquí mostramos completa la escena:
AURELIO: ¿Que no ha de ser posible, pobre Aurelio, el defenderte desta mora infame, que por tantos caminos te persigue? Sí será, sí, si no me niega el cielo el favor que hasta aquí no me ha negado. De mil astucias usa y de mil mañas para traerme a su lascivo intento: ya me regala, ya me vitupera, ya me da de comer en abundancia, ya me mata de hambre y de miseria.
NECESIDAD: Grande es, por cierto, Aurelio, la que tienes.
AURELIO: Grande necesidad, cierto, padezco.
NECESIDAD: Rotos traes los zapatos y vestido.
AURELIO: Zapatos y vestidos tengo rotos.
NECESIDAD: En un pellejo duermes, y en el suelo.
AURELIO: En el suelo me acuesto en un pellejo.
NECESIDAD: Corta traes la camisa, sucia y rota.
AURELIO: Sucia, corta camisa y rota traigo.
OCASIÓN: Pues yo sé, si quisieses, que hallarías ocasión de salir dese trabajo.
AURELIO: Pues yo sé, si quisiese, que podría salir desta miseria a poca costa.
OCASIÓN: Con no más de querer a tu ama Zahara, o con dar muestras sólo de quererla.
AURELIO: Con no más de querer bien a mi ama, o fingir que la quiero, me bastaba. Mas, ¿quién podrá fingir lo que no quiere?
NECESIDAD: Necesidad te fuerza a que lo hagas. AURELIO: Necesidad me fuerza a que lo haga.
OCASIÓN: ¡Oh, cuán rica que es Zahara y cuán hermosa!
AURELIO: ¡Cuán hermosa y cuán rica que es mi ama!

NECESIDAD: Y liberal, que hace mucho al caso, que te dará a montón lo que quisieres.
AURELIO: Y, siendo liberal y enamorada, darame todo cuanto le pidiere.
OCASIÓN: Extraña es la ocasión que se te ofrece. AURELIO: Extraña es la ocasión que se me ofrece, mas no podrá torcer mi hidalga sangre de lo que es justo y a sí misma debe.
OCASIÓN: ¿Quién tiene de saber lo que tú haces? Y un pecado secreto, aunque sea grave, cerca tiene el remedio y la disculpa.
AURELIO: ¿Quién tiene de saber lo que yo hago? Y una secreta culpa no merece la pena que a la pública le es dada.
OCASIÓN: Y más, que la ocasión mil ocasiones te ofrecerá secretas y escondidas.
AURELIO: Y más, que a cada paso se me ofrecen secretas ocasiones infinitas. ¡Cerrar quiero con una! ¡Aurelio, paso, que no es de caballero lo que piensas, sino de mal cristiano, descuidado de lo que a Cristo y a su sangre debe!
NECESIDAD: Misericordia tuvo y tiene Cristo con que perdona siempre las ofensas que por necesidad pura le hacen.
AURELIO: Pero bien sabe Dios que aquí me fuerza pura necesidad, y esto reciba el cielo por disculpa de mi culpa.
OCASIÓN: Agora es tiempo, Aurelio; agora puedes asir a la ocasión por los cabellos. ¡Mira cuán linda, dulce y amorosa la mora hermosa viene a tu mandado!
Sale ZAHARA
ZAHARA: Aurelio, ¿solo estás?
AURELIO: ¡Y acompañado!
ZAHARA: ¿De quién?
AURELIO: De un amoroso pensamiento.
ZAHARA: ¿Quién es la causa? Di.
AURELIO: Si te la digo, podría ser que ya no me llamases riguroso, crüel, desamorado.
NECESIDAD: ¡Obrando va tu fuerza, compañera!
OCASIÓN: ¿Pues no ha de obrar? Escucha en lo que para.
ZAHARA: Si eso ansí fuese, Aurelio, dichosísima sería mi ventura, y tú serías no menos venturoso, dulce Aurelio. Y, porque más de espacio y más a solas me puedas descubrir tu pensamiento, sígueme, Aurelio, agora que se ofrece la ocasión de no estar Yzuf en casa.
AURELIO: Sí siguiré, señora; que ya es tiempo de obedecerte, pues que soy tu esclavo.
NECESIDAD: Por tierra va, Ocasión, el fundamento del bizarro cristiano. ¡Ya se rinde!
OCASIÓN: ¡Tales combates juntas le hemos dado! Entrémonos con Zahara en su aposento, y allí de nuevo, cuando Aurelio entrare, tornaremos a darle tientos nuevos.

Veanse la OCASIÓN y la NECESIDAD, y ZAHARA con ellos, y queda AURELIO solo
AURELIO: Aurelio, ¿dónde vas? ¿Para do mueves el vagaroso paso? ¿Quién te guía? ¿Con tan poco temor de Dios te atreves a contentar tu loca fantasía? Las ocasiones fáciles y leves que el lascivo regalo al alma envía tienen de persuadirte y derribarte y al vano y torpe amor blando entregarte. ¿Es éste el levantado pensamiento y el propósito firme que tenías de no ofender a Dios, aunque en tormento acabases tus cortos, tristes días? ¿Tan presto has ofrecido y dado al viento las justas, amorosas fantasías, y ocupas la memoria de otras vanas, inhonestas, infames y livianas? ¡Vaya lejos de mí el intento vano! ¡Afuera, pensamiento malnacido! ¡Que el lazo enredador de amor insano, de otro más limpio amor será rompido! ¡Cristiano soy, y [he] de vivir cristiano; y, aunque a términos tristes conducido, dádivas o promesa, astucia o arte, no harán que un punto de mi Dios me apar[te]!

***

Recordamos a continuación lo que Kardec nos comenta sobre la obsesión, en el Libro de los médiums, cap. XXIII, ítem 237:
En el número de los escollos que presenta la práctica del Espiritismo, es menester poner en primera línea la «obsesión», es decir, el imperio que algunos Espíritus saben tomar sobre ciertas personas. Esta nunca tiene lugar sino por los Espíritus inferiores que procuran dominar; los Espíritus buenos no hacen experimentar ninguna contrariedad; aconsejan, combaten las influencias de los malos, y si no se les escucha se retiran. Los malos, por el contrario, se unen a aquellos sobre los cuales pueden hacer presa; si llegan a tomar imperio sobre alguno, se identifican con su propio Espíritu y le conducen como a un verdadero niño. La obsesión presenta caracteres diversos que es muy necesario distinguir, y que resultan del grado de opresión y de la naturaleza de los efectos que produce. La palabra obsesión es de algún modo un término genérico por el cual se designa esta especie de fenómeno cuyas principales variedades son: la «obsesión simple», la «fascinación» y la «subyugación».

***

Hasta aquí, este curioso ejemplo. Porque el espiritismo como ciencia espiritual que es, explica las leyes que rigen el mundo de los espíritus; el cual se manifiesta de un modo natural en miles de procesos de los que no somos conscientes. Nos valga este ejemplo, como una combinación de una intuición literaria, sobre una cuestión que el espiritismo trata a fondo. E instamos a la lectura de los ítems recomendados.

La peculiaridad del caso radica, en lo aparentemente alejado que pueda estar un escritor como Cervantes -y su época- de toda la teoría espiritista. Pero ya hemos dicho que las intuiciones acerca del mundo espiritual, se hayan esparcidas en muchas partes y de muy diversos modos. Y como leyes naturales que son, han existido desde siempre.

Nuestra intención en este tipo de artículos no es otra que despertar la curiosidad, normalizar el fenómeno y mostrar que en todas las épocas han sido tenidos en cuenta. Y a falta de una  mayor claridad de conceptos, vemos como la idea no era tan ajena, ni extraña. Aceptándose con naturalidad la probabilidad de dichos fenómenos, si bien no sabiendo cómo matizarlos desde ese inconsciente colectivo a una fenomenología más clara y patente.

Por tanto nos toca a nosotros, conocedores y estudiosos de las mismas, exponerlas ahí donde las hallamos, separando la verdad de la quimera. Dando a conocer la realidad de dicha influencia del plano espiritual sobre el muestro más material.

Jesús Gutiérrez Lucas

(1) Para más información sobre la influencia de los espíritus en nuestros pensamientos y acciones, véase las cuestiones 459 y ss. del Libro de los espíritus.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Los ángeles guardianes

Los ángeles guardianes



Comenzaremos este artículo explicando quiénes son los ángeles en general, para centrarnos, a medida que avanzamos, en los ángeles guardianes.

La palabra Ángel aparece en casi todas las religiones, teniendo mayor protagonismo en las tres más extendidas, es decir, la Judía, la Católica y el Islam. Su significado etimológico es “mensajero” y su “misión” ha sido la de velar por todos y cada uno de nosotros, o eso se creía hasta ahora.
Para el espiritismo, la palabra Ángel es un sinónimo de Espíritu Puro, que conlleva la idea de perfección moral. Son, por lo tanto, las almas de los hombres que alcanzaron el máximo grado de perfección.

La doctrina espírita nos explica que los espíritus son creados sencillos e ignorantes, esto es, sin conocimiento del bien y del mal, pero aptos para adquirir todo lo que les falta, lográndolo a través del trabajo. La meta, que es la perfección, es la misma para todos, llegando a ella más o menos pronto en virtud de su libre albedrío y en razón a sus esfuerzos. Todos tienen grados que recorrer y el mismo trabajo que realizar.

Según los buenos espíritus, la opinión de creer que fueron creados espíritus puros se basa en que mucho antes de que existiese nuestro mundo ya había espíritus ocupando el grado más alto en la escala, por lo que los hombres pudieron creer que siempre habían estado en la misma altura.
Todos los que hemos oído hablar de ellos en mayor o menor medida, nos imaginamos un gran ser alado, bellísimo, rodeado de una hermosa luz blanca… en definitiva, una criatura de gran pureza.  Si partimos de la base de que es un espíritu corregiremos el error de pensar que se trata de un ser enorme de grandes alas blancas… arpa ¡ni pensar en ello!

Pero, ¿qué es un ángel guardián? Según la doctrina espírita se trata de un espíritu protector de orden elevado (no puro), un guía. No son criaturas perfectas, están también aprendiendo y evolucionando. Necesitan de esa experiencia para comprender el significado de la inter-ligación entre los dos planos de la vida.

Su elevación va a depender de su cometido. El nivel de inferioridad que aún tenemos, no requiere de un espíritu muy elevado para poder orientarnos y su misión es similar a la de un padre con respecto a sus hijos, llevar a su protegido por el buen camino, ayudarle con sus consejos, consolarle y sostenerle en las pruebas de la vida. Para algunos guías, esta tarea es un placer, para otros una misión o un deber.

Por norma general, orientan a personas afines o con las que tienen algún tipo de relación, incluso un padre o una madre podrían llegar a ser el espíritu protector de su hijo, pero la protección supone cierto grado de elevación. Un padre o madre que protege a su hijo puede estar a su vez asistido por un espíritu más elevado.

Los casos en los que el ángel de la guarda no sabe quién es su protegido, son un poco más complicados para ellos, porque no conocen bien a la persona a la que van a ayudar, sus defectos o flaquezas, ni sus virtudes… aunque saben que todo buen espíritu debe cultivar el amor fraterno hacia su semejante, no importando quien sea.

Lo que sí es seguro es que todos tenemos un amigo espiritual que vela por nosotros y aunque a veces no somos conscientes, en el fondo, oímos voces que nos alertan del mal que estamos practicando o recibimos la enhorabuena por el bien que hacemos…

El ángel guardián nos acompaña desde el nacimiento hasta la muerte y, a menudo después de esta, nos sigue en el mundo espiritual e incluso está con nosotros en muchas existencias corporales, porque son fases muy breves comparadas con la vida inmortal. En otras ocasiones, se desligan en el momento de la muerte, aunque nos reencontremos durante el periodo en que estamos en la vida espiritual. Reflexionando acerca de esto nos surge una pregunta: ¿Podría, en algún momento, abandonar a su protegido durante su vida? Podría. A veces sucede porque tienen que cumplir otra misión, se verifica un cambio y otro espíritu guía ocupa su lugar.

Su ayuda es constante, pero debemos saber que los ángeles no operan hechos prodigiosos más allá de lo común, ni invierten el orden natural de las cosas. Cada encarnado tiene su momento de deliberación individual para seguir este o aquel camino, para caminar por lo acertado o lo errado, para lanzarse al bien o al mal.

Durante el sueño, en nuestro desprendimiento, mantenemos largas conversaciones con ellos (siempre que los queramos escuchar). Nos influencian en el día a día, a nosotros, a nuestros familiares, amigos… nos aconsejan a cada paso, siempre recomiendan y jamás se imponen.

Cuando los espíritus inferiores intentan influenciarnos, nuestros ángeles de la guarda trabajan con mucha dedicación y vigor, pero deben aguardar la decisión final de sus protegidos, pues esta proviene siempre del libre albedrío en el cual ellos no pueden intervenir, ni limitar y en el caso en que decidamos no escucharlos, se alejan cuando ven que son inútiles sus consejos porque impera más sobre nosotros el deseo de sufrir la influencia de esos espíritus menos elevados, aunque jamás nos abandonan del todo y vuelven a penas les llamamos.

A veces, los ángeles guardianes sufren y se angustian con las actitudes irreverentes de sus protegidos, se preocupan, incluso lloran cuando nos ven “equivocarnos”. Aun así, nada tiene que ver con las angustias que conocemos nosotros, porque saben que el mal tiene remedio y que lo que no hacemos hoy lo haremos mañana. Son felices cuando sus esfuerzos dan fruto, como un buen profesor siente felicidad con los progresos de sus alumnos, y no son responsables si no consiguen llevarnos por el buen camino, ya que ellos han hecho todo lo que estaba en sus manos.

Se tiene la creencia de que los niños tienen una protección especial por su estado de infancia. Este trabajo de protección se asocia a su guía espiritual o ángel de la guarda. Es cierto que hasta que no alcanzan la edad de los 16 años, cuando el libre albedrío se hace más pleno, los jóvenes son protegidos, por norma general, su ángel de la guarda inspirará a padres, familiares, amigos…para ayudar en el desarrollo saludable del niño.

Pero esta protección es relativa. Por un lado, están los demás espíritus que acompañan a la familia, entorno social… cada uno posee su ángel de la guarda y sus espíritus amigos que pueden ser buenos o malos, y su libre albedrío para escuchar a unos u a otros, aunque no por esto, los ángeles guardianes dejan de trabajar incesantemente en nuestra ayuda.

Por otro, esta protección es relativa al mérito del niño. Y es que no hay que olvidar que el niño es, antes que nada, un espíritu reencarnado, un alma que vuelve a comenzar una nueva existencia en la Tierra. Es, en realidad, un espíritu con una larga historia y una gran cantidad de experiencias, muchas de ellas, comprometedoras.

Es una gran suerte saber que contamos con unos amigos tan sinceros y que nos ayudarán en cada paso que demos, que no nos juzgan y que siempre podemos contar con ellos. Sigamos aprendiendo y evolucionando, ellos son un gran ejemplo. Hablémosles, pensemos en ellos, tengámoslos presentes en cada momento de nuestras vidas, es lo mínimo que podemos hacer, aunque sólo sea por agradecimiento, nuestros ángeles siempre estarán dando señales de su presencia.

Yolanda Durán Ruano
Centro Espírita Entre el Cielo y la Tierra.

domingo, 20 de octubre de 2019

El libre albedrío

El libre albedrío



¿Qué significan las palabras "libre albedrío"? libre, de libertad, es la condición necesaria al alma humana que, sin ella, no podría construir su destino. Albedrío viene de “arbitrium” que significa “potestad de obrar por resolución y elección “. El libre albedrío es el concepto que defiende que el ser humano tiene libertad para tomar sus propias decisiones y que los efectos de esas decisiones determinan el futuro.

En "El libro de los Espíritus" en la pregunta 843 se dice: El hombre, ¿tiene el libre albedrío de sus actos? Nos dicen... “Dado que tiene la libertad de pensar, tiene la de obrar. Sin libre albedrío, el hombre sería una máquina. En la siguiente pregunta: El hombre, ¿goza de libre albedrío desde el nacimiento? Contestan: “Tiene la libertad de obrar tan pronto como tiene voluntad de hacer. En las primeras etapas de la vida, la libertad es casi nula. Se desarrolla y cambia de objeto junto con las facultades. Dado que el niño tiene pensamientos acordes con las necesidades propias de su edad, aplica su libre albedrío a las cosas que necesita”.

Para que no nos quede dudas nos lo explica muy bien en el resumen de la 872: La cuestión del libre albedrío puede resumirse así: el hombre no es fatalmente conducido al mal; los actos que realiza no están escritos de antemano; los crímenes que comete no son el resultado de una sentencia del destino. El hombre puede, como prueba o expiación, elegir una existencia en la que sufrirá las incitaciones del crimen, ya sea por el medio en que encuentre, o por las circunstancias que sobrevengan. No obstante, siempre es libre de obrar o no obrar. Así pues, el libre albedrío existe, en el estado del espíritu, en la elección de la existencia y de las pruebas; y en el estado corporal, en la facultad de ceder o resistir a las incitaciones a que nos hemos sometido voluntariamente. Compete a la educación combatir esas malas tendencias. Y lo hará con provecho cuando se base en el estudio profundo de la naturaleza moral del hombre. Mediante el conocimiento de las leyes que rigen a esa naturaleza moral se llegara a modificarla, así como se modifica la inteligencia mediante la instrucción.

El espíritu, desprendido de la materia y en el estado errante, elije sus futuras existencias corporales según el grado de perfección que ha alcanzado, y en eso sobretodo consiste su libre albedrío. Esa libertad no queda anulada por la encarnación. Si el espíritu cede a la influencia de la materia es porque sucumbe ante las pruebas que él mismo eligió, y para que lo ayuden a superarlas puede invocar la asistencia de Dios y de los Espíritus buenos.

Sin el libre albedrío el hombre no tiene culpa por el mal, ni mérito por el bien. Esto es a tal punto admitido, que en el mundo siempre se censura o se elogia la intención, es decir, la voluntad. Ahora bien, quien dice voluntad, dice libertad. Por consiguiente, el hombre no puede valerse de su organización como excusa para justificar sus malas acciones, sin abdicar de su razón y de su condición de ser humano, para equipararse a los animales. Si es así para el mal, lo mismo será para el bien. No obstante, cuando el hombre hace el bien pone mucho cuidado en que se le reconozca el mérito a él mismo, y se abstiene de atribuírselo a sus órganos, lo cual prueba que instintivamente no renuncia, a pesar de lo que opinan algunos sistemáticos, al más bello privilegio de su especie: la libertad de pensar.

La fatalidad, tal como se la entiende vulgarmente, supone la decisión previa e irrevocable de todos los acontecimientos de la vida, cualquiera que sea su importancia. Si ese fuera el orden de las cosas, el hombre sería una maquina sin voluntad. Dado que se hallaría invariablemente dominado en todos sus actos por el poder del destino, ¿para qué le serviría la inteligencia? Tal doctrina, en caso de ser cierta, implicaría la destrucción de toda libertad moral. Ya no habría responsabilidad para el hombre y, por consiguiente, dejaría de existir el bien y el mal, los crímenes y las virtudes. Dios, soberanamente justo, no podría castigar a su criatura por faltas cuya realización no dependería de ella, así como tampoco podría recompensarla por virtudes cuyo mérito no tendría. Semejante ley sería, además, la negación de la ley del progreso, pues el hombre que esperase todo de la suerte no intentaría nada para mejorar su posición, puesto que esta no sería ni mejor, ni peor.
La fatalidad no es, con todo, una palabra vana. Existe en la posición que el hombre ocupa en la Tierra y en las funciones que desempeña en ella, como consecuencia del tipo de existencia que su espíritu eligió, ya sea una prueba, una expiación o una misión. El hombre sufre fatalmente todas las vicisitudes de esa existencia y todas las tendencias, buenas o malas, que le son inherentes; pero la fatalidad se detiene allí, porque depende de su voluntad que ceda o no a esas tendencias. El detalle de los acontecimientos está subordinado a las circunstancias que el propio hombre provoca con sus actos, y en los cuales pueden influir los espíritus mediante los pensamientos que le sugieren.

La fatalidad está, pues, en los acontecimientos que se presentan, dado que ellos son la consecuencia de la elección de la existencia que ha hecho el espíritu. Tal vez no esté en el resultado de esos acontecimientos, pues del hombre depende modificar el curso de los mismos con su prudencia. Nunca hay fatalidad en los actos de la vida moral. En cambio, el hombre en la muerte sí se halla sometido de manera absoluta a la inexorable ley de la fatalidad, pues no puede liberarse de la sentencia que fija el término de su existencia, ni del tipo de muerte que debe interrumpir su curso. Según la doctrina vulgar, el hombre extrae de sí mismo todos sus instintos. Estos proceden de su organización física, de la cual él no es responsable; o de su propia naturaleza, en la que encuentra una excusa ante sus propios ojos diciendo que no es culpa suya ser como es. La doctrina espírita es, evidentemente, más moral. Admite en el hombre el libre albedrío en toda su plenitud. Al decirle que si hace el mal cede a una mala sugestión extraña, le deja la responsabilidad completa, puesto que reconoce en él, el poder de resistir, lo cual es evidentemente más fácil que si tuviera que luchar contra su propia naturaleza. Así según la doctrina espírita, no hay incitación irresistible: el hombre puede siempre cerrar los oídos a la voz oculta que le incita al mal en su fuero interior, así como puede cerrarlos a la voz material de quien habla. Puede hacerlo mediante su voluntad, pidiéndole a Dios la fuerza necesaria y reclamando con ese fin la asistencia de los espíritus buenos. Eso es lo que enseña Jesús en la sublime plegaria de la oración dominical, cuando nos hace decir: “No nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal “. No sólo es sublime en cuanto a su moralidad, sino que (agregamos) eleva al hombre ante sí mismo. Lo muestra libre de sacudirse un yugo obseso, así como es libre de cerrar su casa a los inoportunos. Ya no es una máquina que funciona mediante un impulso independiente de su voluntad, sino un ser de razón, que escucha, juzga y elige libremente entre dos consejos. Añadamos que, a pesar de esto, el hombre no se halla privado de su iniciativa; no deja de obrar por su propio impulso, puesto que en definitiva no es más que un espíritu encarnado que conserva, bajo la envoltura corporal, las cualidades y los defectos que tenía como espíritu. Por consiguiente, la causa principal de las faltas que cometemos está en nuestro propio espíritu, que todavía no alcanzó la superioridad moral que tendrá algún día, aunque no por eso carece de libre albedrío.

La vida corporal le fue otorgada para que purgue sus imperfecciones mediante las pruebas que sufre en ella, y son precisamente esas imperfecciones las que lo tornan más débil y más accesible a las sugestiones de los otros Espíritus imperfectos, que se aprovechan de ellas para tratar de hacerlo sucumbir en la lucha que ha emprendido. Si sale victorioso de esa lucha, se eleva. Si fracasa, sigue siendo lo que era, ni mejor ni peor. Se trata de una prueba que deberá recomenzar, y eso puede durar mucho tiempo. Cuánto más se purifica, tanto más disminuyen sus puntos débiles y menos motivos da a los que lo incitan al mal. Su fuerza moral crece a causa de su elevación, y los Espíritus malos se alejan de él.

Todos los Espíritus, más o menos buenos, cuando están encarnados, constituyen la especie humana. Y como la Tierra es uno de los mundos menos adelantados, en ella se encuentran más Espíritus malos que buenos, por eso vemos aquí tanta perversidad. Nos aconsejan que nos esforcemos, pues, para no tener que volver a este mundo después de la actual estadía, y para que merezcamos ir a descansar en un mundo mejor, en uno de esos mundos privilegiados en los que el bien reina con exclusividad y donde sólo recordaremos nuestro paso por la Tierra como un periodo de exilio.

Resumiendo, un poco lo aquí escrito: Libre albedrío  se entiende la capacidad de optar entre distintas alternativas que se nos ofrecen o crear otras nuevas. Nadie, ni ninguna ley de la naturaleza pueden torcer en principio nuestra voluntad. Nos consideramos capacitados para tomar decisiones. Por ello, va estrechamente vinculado al concepto de responsabilidad (moral, civil, penal etc.). El individuo que actúa según su libre albedrío es también responsable de sus acciones, tanto si cuentan como aciertos o como sus errores.

Por otro lado, según el determinismo, toda conducta o elección humana tiene su raíz en una causa, de modo que nuestras decisiones estarían determinadas indefinidamente por todas las causas que la preexisten, lo cual significa que no hay elección posible y que el libre albedrio en realidad no existe.
Podemos ayudar a otras personas a encontrar el camino hacia lo bueno, pero no le podemos quitar la decisión, ni se le puede obligar a hacer el bien. Cada uno ha de encontrar su propio camino, cada uno de nosotros tenemos que ser los forjadores de nuestra propia “suerte” por decirlo de alguna manera, “lo que siembras recogerás”.

Cualquiera puede cometer un error, sin embargo, tiene que acarrear con las consecuencias, conforme con la ley natural de causa y efecto, según la cual, somos regidos, todos los seres humanos.
El otro día hablando sobre este tema, con una persona del centro espírita, decía que, por sus circunstancias, entre otras familiares, no podía hacer lo que él quisiera, que no tenía libre albedrío. Yo, por el contrario, le conté, mi caso, y a pesar de que, en esta, mi vida, (aparentemente tenía todo lo que una persona puede desear) buena posición social, dinero, bienes, buena vida en general etc. Un buen día, después de muchos meses de darle vueltas y analizando lo que era mi vida y seguramente mi futuro, teóricamente más bueno, llegué a la conclusión de que con este tipo de vida que llevaba, no era feliz, que de alguna manera, vivía la vida que otros querían que viviera, decidí cambiar completamente de vida, cuando digo completamente es porque la vida que vivo ahora es radicalmente opuesta a la de antes, no quiero alargarme contando mi caso, pero esto viene a colación de lo que estábamos hablando con esa persona, de que por sus circunstancias, no tenía libre albedrío y yo le digo que siempre lo tenemos, otra cosa es que por comodidad, por miedo etc., no queramos tomar ciertas decisiones, en nuestra vida…pero de tener, lo tenemos y se mire como se mire, somos creados para que seamos nosotros los que decidamos sobre nuestros actos, esto como hemos dicho, es tener libre albedrío.
Lorenzo
Centro Espírita “Entre el Cielo y la Tierra “