domingo, 20 de octubre de 2019

El libre albedrío

El libre albedrío



¿Qué significan las palabras "libre albedrío"? libre, de libertad, es la condición necesaria al alma humana que, sin ella, no podría construir su destino. Albedrío viene de “arbitrium” que significa “potestad de obrar por resolución y elección “. El libre albedrío es el concepto que defiende que el ser humano tiene libertad para tomar sus propias decisiones y que los efectos de esas decisiones determinan el futuro.

En "El libro de los Espíritus" en la pregunta 843 se dice: El hombre, ¿tiene el libre albedrío de sus actos? Nos dicen... “Dado que tiene la libertad de pensar, tiene la de obrar. Sin libre albedrío, el hombre sería una máquina. En la siguiente pregunta: El hombre, ¿goza de libre albedrío desde el nacimiento? Contestan: “Tiene la libertad de obrar tan pronto como tiene voluntad de hacer. En las primeras etapas de la vida, la libertad es casi nula. Se desarrolla y cambia de objeto junto con las facultades. Dado que el niño tiene pensamientos acordes con las necesidades propias de su edad, aplica su libre albedrío a las cosas que necesita”.

Para que no nos quede dudas nos lo explica muy bien en el resumen de la 872: La cuestión del libre albedrío puede resumirse así: el hombre no es fatalmente conducido al mal; los actos que realiza no están escritos de antemano; los crímenes que comete no son el resultado de una sentencia del destino. El hombre puede, como prueba o expiación, elegir una existencia en la que sufrirá las incitaciones del crimen, ya sea por el medio en que encuentre, o por las circunstancias que sobrevengan. No obstante, siempre es libre de obrar o no obrar. Así pues, el libre albedrío existe, en el estado del espíritu, en la elección de la existencia y de las pruebas; y en el estado corporal, en la facultad de ceder o resistir a las incitaciones a que nos hemos sometido voluntariamente. Compete a la educación combatir esas malas tendencias. Y lo hará con provecho cuando se base en el estudio profundo de la naturaleza moral del hombre. Mediante el conocimiento de las leyes que rigen a esa naturaleza moral se llegara a modificarla, así como se modifica la inteligencia mediante la instrucción.

El espíritu, desprendido de la materia y en el estado errante, elije sus futuras existencias corporales según el grado de perfección que ha alcanzado, y en eso sobretodo consiste su libre albedrío. Esa libertad no queda anulada por la encarnación. Si el espíritu cede a la influencia de la materia es porque sucumbe ante las pruebas que él mismo eligió, y para que lo ayuden a superarlas puede invocar la asistencia de Dios y de los Espíritus buenos.

Sin el libre albedrío el hombre no tiene culpa por el mal, ni mérito por el bien. Esto es a tal punto admitido, que en el mundo siempre se censura o se elogia la intención, es decir, la voluntad. Ahora bien, quien dice voluntad, dice libertad. Por consiguiente, el hombre no puede valerse de su organización como excusa para justificar sus malas acciones, sin abdicar de su razón y de su condición de ser humano, para equipararse a los animales. Si es así para el mal, lo mismo será para el bien. No obstante, cuando el hombre hace el bien pone mucho cuidado en que se le reconozca el mérito a él mismo, y se abstiene de atribuírselo a sus órganos, lo cual prueba que instintivamente no renuncia, a pesar de lo que opinan algunos sistemáticos, al más bello privilegio de su especie: la libertad de pensar.

La fatalidad, tal como se la entiende vulgarmente, supone la decisión previa e irrevocable de todos los acontecimientos de la vida, cualquiera que sea su importancia. Si ese fuera el orden de las cosas, el hombre sería una maquina sin voluntad. Dado que se hallaría invariablemente dominado en todos sus actos por el poder del destino, ¿para qué le serviría la inteligencia? Tal doctrina, en caso de ser cierta, implicaría la destrucción de toda libertad moral. Ya no habría responsabilidad para el hombre y, por consiguiente, dejaría de existir el bien y el mal, los crímenes y las virtudes. Dios, soberanamente justo, no podría castigar a su criatura por faltas cuya realización no dependería de ella, así como tampoco podría recompensarla por virtudes cuyo mérito no tendría. Semejante ley sería, además, la negación de la ley del progreso, pues el hombre que esperase todo de la suerte no intentaría nada para mejorar su posición, puesto que esta no sería ni mejor, ni peor.
La fatalidad no es, con todo, una palabra vana. Existe en la posición que el hombre ocupa en la Tierra y en las funciones que desempeña en ella, como consecuencia del tipo de existencia que su espíritu eligió, ya sea una prueba, una expiación o una misión. El hombre sufre fatalmente todas las vicisitudes de esa existencia y todas las tendencias, buenas o malas, que le son inherentes; pero la fatalidad se detiene allí, porque depende de su voluntad que ceda o no a esas tendencias. El detalle de los acontecimientos está subordinado a las circunstancias que el propio hombre provoca con sus actos, y en los cuales pueden influir los espíritus mediante los pensamientos que le sugieren.

La fatalidad está, pues, en los acontecimientos que se presentan, dado que ellos son la consecuencia de la elección de la existencia que ha hecho el espíritu. Tal vez no esté en el resultado de esos acontecimientos, pues del hombre depende modificar el curso de los mismos con su prudencia. Nunca hay fatalidad en los actos de la vida moral. En cambio, el hombre en la muerte sí se halla sometido de manera absoluta a la inexorable ley de la fatalidad, pues no puede liberarse de la sentencia que fija el término de su existencia, ni del tipo de muerte que debe interrumpir su curso. Según la doctrina vulgar, el hombre extrae de sí mismo todos sus instintos. Estos proceden de su organización física, de la cual él no es responsable; o de su propia naturaleza, en la que encuentra una excusa ante sus propios ojos diciendo que no es culpa suya ser como es. La doctrina espírita es, evidentemente, más moral. Admite en el hombre el libre albedrío en toda su plenitud. Al decirle que si hace el mal cede a una mala sugestión extraña, le deja la responsabilidad completa, puesto que reconoce en él, el poder de resistir, lo cual es evidentemente más fácil que si tuviera que luchar contra su propia naturaleza. Así según la doctrina espírita, no hay incitación irresistible: el hombre puede siempre cerrar los oídos a la voz oculta que le incita al mal en su fuero interior, así como puede cerrarlos a la voz material de quien habla. Puede hacerlo mediante su voluntad, pidiéndole a Dios la fuerza necesaria y reclamando con ese fin la asistencia de los espíritus buenos. Eso es lo que enseña Jesús en la sublime plegaria de la oración dominical, cuando nos hace decir: “No nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal “. No sólo es sublime en cuanto a su moralidad, sino que (agregamos) eleva al hombre ante sí mismo. Lo muestra libre de sacudirse un yugo obseso, así como es libre de cerrar su casa a los inoportunos. Ya no es una máquina que funciona mediante un impulso independiente de su voluntad, sino un ser de razón, que escucha, juzga y elige libremente entre dos consejos. Añadamos que, a pesar de esto, el hombre no se halla privado de su iniciativa; no deja de obrar por su propio impulso, puesto que en definitiva no es más que un espíritu encarnado que conserva, bajo la envoltura corporal, las cualidades y los defectos que tenía como espíritu. Por consiguiente, la causa principal de las faltas que cometemos está en nuestro propio espíritu, que todavía no alcanzó la superioridad moral que tendrá algún día, aunque no por eso carece de libre albedrío.

La vida corporal le fue otorgada para que purgue sus imperfecciones mediante las pruebas que sufre en ella, y son precisamente esas imperfecciones las que lo tornan más débil y más accesible a las sugestiones de los otros Espíritus imperfectos, que se aprovechan de ellas para tratar de hacerlo sucumbir en la lucha que ha emprendido. Si sale victorioso de esa lucha, se eleva. Si fracasa, sigue siendo lo que era, ni mejor ni peor. Se trata de una prueba que deberá recomenzar, y eso puede durar mucho tiempo. Cuánto más se purifica, tanto más disminuyen sus puntos débiles y menos motivos da a los que lo incitan al mal. Su fuerza moral crece a causa de su elevación, y los Espíritus malos se alejan de él.

Todos los Espíritus, más o menos buenos, cuando están encarnados, constituyen la especie humana. Y como la Tierra es uno de los mundos menos adelantados, en ella se encuentran más Espíritus malos que buenos, por eso vemos aquí tanta perversidad. Nos aconsejan que nos esforcemos, pues, para no tener que volver a este mundo después de la actual estadía, y para que merezcamos ir a descansar en un mundo mejor, en uno de esos mundos privilegiados en los que el bien reina con exclusividad y donde sólo recordaremos nuestro paso por la Tierra como un periodo de exilio.

Resumiendo, un poco lo aquí escrito: Libre albedrío  se entiende la capacidad de optar entre distintas alternativas que se nos ofrecen o crear otras nuevas. Nadie, ni ninguna ley de la naturaleza pueden torcer en principio nuestra voluntad. Nos consideramos capacitados para tomar decisiones. Por ello, va estrechamente vinculado al concepto de responsabilidad (moral, civil, penal etc.). El individuo que actúa según su libre albedrío es también responsable de sus acciones, tanto si cuentan como aciertos o como sus errores.

Por otro lado, según el determinismo, toda conducta o elección humana tiene su raíz en una causa, de modo que nuestras decisiones estarían determinadas indefinidamente por todas las causas que la preexisten, lo cual significa que no hay elección posible y que el libre albedrio en realidad no existe.
Podemos ayudar a otras personas a encontrar el camino hacia lo bueno, pero no le podemos quitar la decisión, ni se le puede obligar a hacer el bien. Cada uno ha de encontrar su propio camino, cada uno de nosotros tenemos que ser los forjadores de nuestra propia “suerte” por decirlo de alguna manera, “lo que siembras recogerás”.

Cualquiera puede cometer un error, sin embargo, tiene que acarrear con las consecuencias, conforme con la ley natural de causa y efecto, según la cual, somos regidos, todos los seres humanos.
El otro día hablando sobre este tema, con una persona del centro espírita, decía que, por sus circunstancias, entre otras familiares, no podía hacer lo que él quisiera, que no tenía libre albedrío. Yo, por el contrario, le conté, mi caso, y a pesar de que, en esta, mi vida, (aparentemente tenía todo lo que una persona puede desear) buena posición social, dinero, bienes, buena vida en general etc. Un buen día, después de muchos meses de darle vueltas y analizando lo que era mi vida y seguramente mi futuro, teóricamente más bueno, llegué a la conclusión de que con este tipo de vida que llevaba, no era feliz, que de alguna manera, vivía la vida que otros querían que viviera, decidí cambiar completamente de vida, cuando digo completamente es porque la vida que vivo ahora es radicalmente opuesta a la de antes, no quiero alargarme contando mi caso, pero esto viene a colación de lo que estábamos hablando con esa persona, de que por sus circunstancias, no tenía libre albedrío y yo le digo que siempre lo tenemos, otra cosa es que por comodidad, por miedo etc., no queramos tomar ciertas decisiones, en nuestra vida…pero de tener, lo tenemos y se mire como se mire, somos creados para que seamos nosotros los que decidamos sobre nuestros actos, esto como hemos dicho, es tener libre albedrío.
Lorenzo
Centro Espírita “Entre el Cielo y la Tierra “

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