domingo, 17 de noviembre de 2019

Cuadro de la vida

Cuadro de la vida



Todos nosotros sin excepción llegaremos al final de nuestra existencia. Las preocupaciones de la vida misma nos distraen y nuestros pensamientos sobre qué encontraremos en el más allá se desvían, pero cuando el final se acerca, muy pocos son los que no se preguntan qué sucederá después de morir. La idea de dejar de existir es algo muy desconsolador. ¿Quién no sentiría vértigo al pensar que llegará el momento en que ya no pensará, ni reirá, ni podrá sentir cerca a aquellos a quienes ama? O ¿quién no sentiría espanto ante la perspectiva de la nada?

“¡Cómo!, después de mí, nada, nada más que el vacío, todo está borrado de la memoria de los que me sobrevivan, pronto no quedará ni huella de mi paso por la Tierra, incluso el bien que he hecho será olvidado por los ingratos a los que he servido y nada podrá compensar todo esto ¡ninguna otra perspectiva que la de mi cuerpo ser roído por los gusanos!” Este cuadro fue descrito por un Espíritu que había vivido con estos pensamientos toda su vida, pensamientos muy materialistas y extendidos entre muchas personas. ¿No tiene algo de terrorífico y espantoso esta reflexión?

La razón nos confirma que esto no puede ser así. Sin embargo, la vida propiamente dicha, nos engendra la duda.

La mayoría de nosotros estamos de acuerdo en que tenemos un alma, pero ¿qué es nuestra alma? ¿tiene una forma, alguna apariencia? ¿un ser limitado o indefinido?

Para unos el alma es un soplo de Dios, para otros una centella, otros creen que es una parte del gran todo, el principio de la vida y de la inteligencia. También se dice de ella que es inmaterial, sim embargo, una cosa inmaterial no podría tener proporciones indefinidas ¿no es así?

La religión por otra parte, nos cuenta que después de morir seremos felices o desdichados dependiendo del bien o el mal que hayamos hecho, pero ¿cómo es esta felicidad? ¿es una beatitud, una contemplación eterna, sin otra labor que la de cantar alabanzas al Creador? y si por el contrario vamos al infierno, ¿las llamas son una realidad o es figurado? La propia religión se decanta por esto último, pero entonces ¿cuáles son esos sufrimientos eternos? ¿dónde está ese lugar de tormentos y castigos imperecederos?

Se nos dice que nadie ha vuelto para contarnos y así contestarnos a todas estas interrogantes que la mayoría hemos podido hacernos en algún momento de nuestras vidas.
Sin embargo, esto es un error. El Espiritismo tiene precisamente como misión, esclarecernos todas estas cuestiones. Su propósito es el de hacernos comprender, no solo con el razonamiento, sino también a través de los hechos este futuro que a todos nos espera. El Espiritismo a través de los ejemplos que se encuentran en las comunicaciones con los que ya partieron, nos devuelve la esperanza que pudimos perder en algún momento de nuestra existencia. Por eso podemos decir que el Espiritismo existe porque Dios lo permite, y lo permite para reanimar nuestras vacilantes esperanzas y reconducirnos hacia el camino del bien.

Es a través de estos relatos que nos podemos acercar a la situación en la que los espíritus se pueden encontrar, revelándonos si son felices o desdichados, dónde se encuentran, además de cuáles son sus ocupaciones. Nos han servido también de gran ayuda para poder asimilar y comprender el destino inevitable que nos aguarda según nuestros propios méritos y nuestras faltas.  Con toda esta información recibida podemos hacernos un cuadro mental y animado de la vida espírita.
Veamos en primer lugar qué sucede en la transmigración del alma cuando deja este mundo. Cuando las fuerzas vitales se extinguen, el espíritu se desliga de su cuerpo material conforme la vida orgánica cesa. Esta separación no es brusca e instantánea, en ocasiones comienza antes de la interrupción completa de la vida, y no siempre es completa en el momento de la muerte.

Como bien sabemos, hay un lazo semimaterial entre el Espíritu y el cuerpo que constituye una primera envoltura, este no se rompe súbitamente y mientras este subsiste, el Espíritu está en estado de turbación, comparable al estado que acompaña el despertar. Puede incluso dudar de su muerte, siente que existe, se ve y no comprende que pueda vivir sin su cuerpo, del cual se ve separado. Los lazos que le unen a la materia le hacen sensible a ciertas sensaciones que él toma como físicas. Hasta que no está completamente libre, no se reconoce y es entonces cuando se da cuenta de su situación.
Este estado de turbación es muy variable, puede durar varias horas, meses, incluso en algunos casos años. Sin embargo, es raro que al cabo de algunos días el Espíritu no se reconozca más o menos bien, pero como todo es extraño y desconocido para él necesita tiempo para familiarizarse con su nueva situación y forma de percibir las cosas que le rodean.

Es maravilloso pensar en el instante en que el Espíritu es consciente de que su esclavitud ha cesado con la ruptura de los lazos que le unían a su cuerpo, siendo acogido por sus amigos que vienen a recibirlo a su regreso al mundo espiritual. Si su tiempo en la Tierra ha sido empleado de forma provechosa será felicitado por ello, reencontrándose con aquellos que ha conocido, reuniéndose con quienes lo aman y simpatizan con él, comenzando así verdaderamente su nueva existencia.

La envoltura semimaterial del Espíritu es una especie de cuerpo con forma parecida a la nuestra, pero no tiene nuestros órganos y por ello no puede sentir las mismas impresiones. Sin embargo, sí puede percibir todo lo que nosotros percibimos, la luz, el sonido, los olores, etc., siendo estas más claras, sutiles y precisas ya que llegan al Espíritu sin la barrera del cuerpo material. Estas le llegan por todas partes y no a través de los canales determinados.

El Espíritu ve sin la ayuda de la luz y escucha sin necesidad de las vibraciones del aire, por eso, para él no hay oscuridad. Ahora bien, si estas sensaciones no cesaran nunca, serían fatigantes. Es por ello que los espíritus tienen la facultad de suspenderlas a voluntad, pudiendo así dejar de oír, ver o sentir lo que no quieran.

Esta condición es difícil de comprender al principio por el Espíritu. En especial para aquellos cuya inteligencia aún está atrasada. Es esta imposibilidad de concebir, unido a la fanfarronería –compañera muy común de la ignorancia- lo que lleva a algunos espíritus a teorías absurdas que solo inducen al error si fueran aceptadas.

Hay muchas sensaciones que tienen su origen en el propio estado de nuestros órganos, y puesto que el Espíritu no los tiene, no pueden sentirlas, y es por ello que no puede sentir fatiga, ni necesidad de reposo o de comer ya que al no tener desgaste, no tiene nada que reparar. Tampoco padece las enfermedades que sufrimos cuando estamos encarnados. Al igual que está exento de estar atento a negocios, ni a la tribulaciones y tormentos superfluos de la vida. Los espíritus más inferiores sujetos a todas estas pasiones, y deseos como cuando estaban encarnados, sufren al no poder satisfacerlos. Siendo para ellos una verdadera tortura que en muchas ocasiones creen perpetua, ya que su propia inferioridad les impide ver el término, siendo realmente para ellos un castigo.

La palabra articulada también es una necesidad de nuestro organismo, al no precisar de vibraciones sonoras para impresionar sus oídos, los espíritus se comunican a través de la transmisión del pensamiento, como a menudo nos pasa a nosotros mismos cuando nos comunicamos con solo una mirada. Por otro lado, los espíritus hacen ruido, sabemos que pueden obrar sobre la materia y esta nos trasmite el sonido. Es a través de estos sonidos que se hacen escuchar, ya sea con ruidos o gritos, por lo que entonces podemos decir que lo hacen para nosotros y no para ellos.

Los Espíritus se transportan sin fatiga ninguna de un lugar a otro, cruzando el espacio con la velocidad del pensamiento, pudiendo penetrar en todas partes, no siendo un obstáculo para ellos.
Pueden ver todo lo que nosotros vemos, y mucho más claro, ya que no tienen los sentidos tan limitados como nosotros. Al penetrar la materia pueden ver aquello que esta oculta a nuestros ojos.
Por todo lo dicho hasta ahora, los Espíritus no son seres vagos e indefinidos, si no reales, determinados y circunspectos, que poseen nuestras facultades y otras que nos son desconocidas, ya que son inherentes a su propia naturaleza.

Componen el mundo invisible que puebla el espacio, rodeándonos y codeándonos sin cesar. Si por un momento el velo material que los oculta desapareciera, nos veríamos rodeados de una multitud de seres que van y vienen, que se mueven a nuestro alrededor y que nos observan, como si nosotros nos encontráramos en una reunión de ciegos. Para los Espíritus nosotros somos los ciegos y ellos son los videntes.

Dijimos anteriormente que el Espíritu tarda algún tiempo en reconocerse y que todo le resulta extraño al principio. Podríamos preguntarnos cómo es posible esto si ya ha tenido otras existencias corporales, y por lógica, han estado separadas por intervalos en el mundo espiritual, luego entonces ya lo conoce ¿no?

Son varias las causas que contribuyen a que las percepciones le parezcan nuevas. Una podría ser que, como dijimos, el Espíritu sufre una turbación al desligarse del cuerpo carnal y según se va disipando esta, las ideas se le van aclarando poco a poco y el recuerdo del pasado le vuelve gradualmente a la memoria. Hasta que no está completamente desmaterializado no se desarrolla el pasado ante él, y es entonces cuando recuerda todos los actos de su última existencia, después de sus existencias anteriores y de sus diversos pasajes en el mundo de los Espíritus. Por eso es que durante cierto tiempo todo lo que le sucede le parce nuevo, hasta que lo reconoce completamente y el recuerdo de las sensaciones que ya hubiera experimentado vuelvan a él de manera más precisa.

Otra de las razones es que el estado del Espíritu, como Espíritu, varía extraordinariamente dependiendo de su grado de elevación y pureza. A medida que se eleva y se depura, sus percepciones y sensaciones son menos groseras, adquieren mayor fineza, sutileza, y delicadeza, viendo, sintiendo y comprendiendo cosas que no podía en una condición más inferior.

Ya que cada existencia corporal es una oportunidad de progresar, si ha aprovechado bien esta y ha progresado, se abrirá ante él un nuevo medio, encontrándose con Espíritus de otro orden, en el cual todos los pensamientos y hábitos son diferentes. Esta depuración le permitirá entrar en mundos inaccesibles a Espíritus inferiores.

Cuanto menos está esclarecido, más limitado es el horizonte para él, a medida que se eleva y se depura, este horizonte se amplía, y con él, el círculo de sus ideas y percepciones. Conforme progresan, sus ideas se desarrollan y la memoria se perfecciona, estando familiarizados con su situación de antemano. Su regreso entre otros Espíritus no tiene nada que les pueda sorprender, vuelven a encontrarse en su medio normal, y pasado el primer momento de turbación, se reconocen inmediatamente.

Hasta aquí hemos hablado de cómo es la situación de la mayoría de los Espíritus en lo que se denomina estado de erraticidad. Pero, ¿qué hacen? ¿cómo pasan su tiempo?

Al igual que ellos nos han desvelado todo lo que ya hemos expuesto, de nuevo nos revelan estas otras cuestiones. Sería un error por nuestra parte pensar que la vida espiritual es ociosa. Todo lo contrario, es activa y ellos nos han relatado sus ocupaciones.

Entre los que han alcanzado cierto grado de elevación, unos velan por el cumplimiento de los designios de Dios en los grandes destinos del Universo, dirigen la marcha de los acontecimientos y ayudan en el progreso de cada uno de los mundos.

Otros ponen bajo su protección a los individuos y se constituyen en sus ángeles guardianes, o guías protectores, acompañándolos desde el nacimiento hasta la muerte, procurando dirigirlos hacia el camino del bien, siendo una gran felicidad para ellos cuando sus esfuerzos son concluidos con éxito.
Algunos se encarnan en mundos inferiores para cumplir allí misiones de progreso, por medio de su trabajo, ejemplo, consejo y enseñanza, buscan hacer que avancen, unos en las ciencias, en las artes y otros en las virtudes morales. Sometiéndose voluntariamente a las vicisitudes de una vida corporal, con el único propósito de hacer el bien.

Y otros no tienen atribuciones especiales, simplemente van por todas partes donde su presencia es útil, dando consejos, inspirando buenas ideas, sosteniendo a los desfallecidos, o dando fuerzas a los débiles.

Considerando el número infinito de los mundos que pueblan el Universo y el número incalculable de seres que lo habitan, podemos tener muy claro que los Espíritus tienen en qué ocupar su tiempo, siendo estas ocupaciones motivo de alegría, haciéndolo voluntariamente, y su felicidad es lograr aquello que emprenden. Su vida nada tiene que ver con una ociosidad eterna, que sería más un suplicio que otra cosa. Aunque el espacio entero es de su domino, tiene preferencia por los globos donde están sus objetivos.

Descendiendo en la jerarquía, nos encontramos con Espíritus menos elevados, menos depurados, y por consiguiente menos esclarecidos, aunque esto no significa que sean menos buenos, y que en la esfera en la que se encuentran cumplan con funciones análogas. Su acción, no se extiende a los diferentes mundos, sino que la ejercen especialmente en un mundo determinado, estando relacionado con el grado de su propio adelantamiento, siendo su influencia más individual y como objetivo cosas de menor importancia.

Seguidos a estos nos encontramos con los espíritus más comunes, más o menos buenos o malos que pululan a nuestro alrededor. Ellos se elevan poco por encima de la Humanidad, siendo el reflejo de la misma, ya que tienen todos los vicios y todas las virtudes. Muchos de ellos siguen teniendo los gustos, ideas e inclinaciones que cuando estaban encarnados, sus facultades son limitadas, su juicio es falible como el de los hombres, a menudo erróneo y lleno de prejuicios.

En algunos el sentido moral está más desarrollado, sin tener gran superioridad ni profundidad, frecuentemente condenan lo que han hecho, lo que han dicho y pensado mientras estaban encarnados. Aun entre los más comunes los sentimientos son más depurados como Espíritus que como hombres, la vida espiritual les esclarece sobre sus defectos y lamentan el mal que han hecho, sufriéndolo más o menos. El endurecimiento absoluto es muy raro, siendo temporal, ya que tarde o temprano acaban sufriendo. Todos aspiran a perfeccionarse, comprendiendo que es el único medio de salir de su inferioridad. Instruirse, esclarecerse, es su gran preocupación, sintiéndose felices cuando pueden sumar algunas misiones de confianza, que los elevan a sus propios ojos.

Ellos nos hablan nos observan, y nos ven, entrometiéndose en nuestras reuniones, juegos, fiestas, así como en nuestros asuntos serios. Escuchan nuestras conversaciones, los más ligeros para divertirse y a veces para reírse de nosotros. Otros para instruirse, observan el carácter de los hombres y estudiar las costumbres con miras a elegir su futura existencia.

La necesidad de progresar es general entre los Espíritus, incitándoles a trabajar en su mejoramiento, ya que comprenden que es el precio de su felicidad. Pero no todos sienten esta necesidad, algunos se complacen en una especie de ociosidad, pero que dura tan solo un tiempo, ya que después la actividad se vuelve en una necesidad para ellos también, siendo impulsados también por otros espíritus que les estimulan a ello.

Y por último vienen aquellos Espíritus impuros, cuya única preocupación es el mal. Sufren y desearían ver a todos sufrir como ellos. Los celos les vuelve odiosa la superioridad de los otros, y el odio se convierte en su esencia. Y como no pueden sobreponerse a estos Espíritus lo hacen con el hombre, atacando a aquellos que sienten más débiles. Incitan las malas pasiones, siembran la discordia, provocan riñas, alimentan el orgullo, esparcen el error y la mentira, es decir intentan desviar del bien a todo los que pueden con sus pensamientos dominantes.

Estos Espíritus están en la Tierra porque encuentran simpatías en ella. Por eso, consolémonos en pensar que por encima de ellos se encuentran seres puros y benevolentes que nos aman, que nos sostienen, alientan y nos tienden sus manos para llevarnos hacia ellos, hacia mundo mejores donde el mal no tiene ya lugar. Esforcemos pues, para llegar cuanto antes a estos mundos. De nosotros depende.
Conchi Rojo
Centro Espírita "Entre el Cielo y la Tierra" 

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