miércoles, 5 de diciembre de 2012

¿Penas eternas?



Una persona a quien aprecio, me decía: ¿crees que cuando muera, si fuera al cielo, sería feliz viendo a mi hijo sufrir eternamente en el infierno?

Esta persona con ideas religiosas, se hallaba en situación de desamparo y enferma. Su hijo la había echado de casa y había renegado de ella, cuando  consiguió todos sus bienes y propiedades.

Le pregunté: ¿crees, de verdad, que si así fuera, eso sería un acto de Justicia Divina?

Me respondió que no podía creer en un Dios Justo que permitiera estas circunstancias.

Entonces, ¿de dónde viene la idea o doctrina de las penas eternas?

Habría que remontarse a tiempos remotos cuando el hombre, más material que espiritual, debía tener unas ideas religiosas similares a su naturaleza.

Su Dios sólo podría ser poderoso a través de su fuerza material, porque estaba creado a su imagen, por tanto un Dios misericordioso, sólo sería un ser débil. Siendo el ser humano en su estado primitivo, implacable en sus resentimientos, cruel con sus enemigos, sin piedad para los vencidos, su Dios, muy superior a ellos, debería ser todavía más duro y cruel. De manera que, para ellos, no era extraña la idea de las penas eternas ni la del fuego material, ya que era una manera de someter a una humanidad poco adelantada moral e intelectualmente.

¿Qué argumentos, entonces, pueden apoyar, todavía, en el Siglo XXI semejante idea? ¿Y, habiéndolos, se pueden rebatir?

Allan Kardec, en El Cielo y El Infierno nos deja las siguientes ideas:

-La primera explicación que algunas personas dan a favor es: “que esta admitido entre los hombres que la gravedad de la ofensa es proporcionada a la condición del ofendido”, o dicho con un ejemplo, si la falta cometida contra un soberano, se considera más grave que la realizada contra un particular, la perpetrada contra Dios, que es infinito, debe ser castigada con una pena infinita, es decir, eterna.

Pero si Dios es único, eterno, inmutable, inmaterial, todopoderoso, soberanamente justo y bueno, infinito en todas sus perfecciones, sin lo cual no sería Dios porque habría otro superior a él, ¿cómo va a permitir que por una ofensa, aunque fuera infinita, la castigara eternamente? ¿No le convertiría este acto en un Dios vengativo? Si es así no sería perfecto. No sería Dios.

Porque si Dios impone al hombre como ley el perdón, la razón nos hace pensar que es porque Él debe aplicarla.

-Otra expresión a favor de la condena interminable sería: “Si la recompensa concedida a los buenos es eterna, debe tener por contrapeso una sanción interminable”

Evidentemente la dicha de la criatura debe ser el objeto de su creación, sino, Dios no sería bueno.
Esta recompensa es consecuencia de la inmortalidad. Y para llegar a ella, el ser debe conseguirla por su propio mérito. Para ello debe mantener luchas contra sus imperfecciones, ya que no ha sido creado perfecto. Sus caídas, por tanto, son consecuencia de su debilidad natural.

¿Cómo una de ellas va a ser sancionada para siempre? La corrección debería ser una advertencia para volver al camino adecuado y lograr el objetivo de la Creación, el bien, cuyo precio es lograr la felicidad. 
Por el contrario, el castigo que es un medio para aprender, debe ser temporal.

-Una última teoría, es:

“...el temor del castigo eterno es un freno. Si se quita, no temiendo nada, el hombre se entregará a todos los excesos.”

Ante esto, si no se cree en una penalidad, poca utilidad puede tener. Y aún creyendo en ella, sería preciso ver su eficacia sobre aquellos que la pregonan y se esfuerzan en demostrarla. Sin embargo, ¿cuántos de ellos no demuestran con sus actos que no se asustan? Así pues, ¿qué influjo puede tener sobre los que no creen?
Ante esto, podemos deducir que la doctrina de las penas eternas, ha tenido su utilidad en otros tiempos. Hoy en día no solo carece de razón, sino que además genera más incrédulos que adeptos.

Ana Mª Sobrino Talavera
Centro espírita Entre El Cielo y la Tierra

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